La poesía de Roberto Juarroz (1925-1995) se sitúa en un cruce profundo entre filosofía y literatura, donde el lenguaje no es un mero vehículo de comunicación, sino un espacio de creación ontológica y reflexión metafísica. Desde esta perspectiva, el lenguaje poético se convierte en una herramienta para explorar la condición del ser, su finitud y sus tensiones internas, estableciendo un diálogo constante entre lo dicho y lo que permanece en el silencio o la sombra.
El uso del lenguaje en Juarroz es deliberadamente austero y concentrado, casi matemático en su precisión. Esta economía expresiva no busca la exuberancia retórica, sino la depuración hasta alcanzar la esencia. Cada palabra, cada línea, está calibrada para desplegar un significado que va más allá de lo inmediato, que abre una ventana hacia lo inefable. En este sentido, el lenguaje poético actúa como un lenguaje filosófico que no se limita a describir o nombrar, sino que participa en la construcción misma del ser. Es un lenguaje performativo, que no solo dice sino que hace, que funda un espacio de existencia.
Esta función del lenguaje poético enlaza con una tradición filosófica que reflexiona sobre el poder y el límite de la palabra, desde Heidegger hasta Wittgenstein. Heidegger, por ejemplo, pensaba la poesía como el lugar donde el ser se revela, donde el lenguaje no es un instrumento neutral, sino el hogar del ser. Juarroz retoma esta idea en su insistencia en la palabra como memoria, como síntesis del tiempo y nada, donde el poema se vuelve un “silogismo filosófico” que intenta dar cuenta de lo ontológico desde su especificidad poética.
La dimensión metafísica en la obra de Juarroz se presenta como una meditación sobre el misterio del ser y su relación con la muerte. Esta dialéctica se manifiesta en la manera en que el poema articula imágenes y conceptos que apuntan hacia un espacio donde lo temporal y lo eterno se entrelazan, donde la huella que deja el yo es al mismo tiempo una puerta hacia lo infinito y hacia la pérdida.
La poesía de Juarroz se caracteriza por la atemporalidad que conecta lo mundano con lo trascendente, no en el sentido religioso tradicional, sino como una búsqueda de profundidad y sentido que atraviesa la superficie de las cosas. La fugacidad poética se traduce en la estructura misma del poema, en su ritmo, en su modo de condensar el pensamiento y la imagen en una unidad inseparable. La poesía se vuelve entonces un acto metafísico, una experiencia que trasciende la soledad y ofrece un acceso privilegiado a la condición humana y a la realidad última.
Este enfoque se distancia de una poesía verbalista y sentimental para situarse en un espacio donde el decir se convierte en pensamiento, que utiliza la palabra no solo para comunicar sino para cuestionar, abrir interrogantes y desafiar los límites del conocimiento. Así, la obra de Juarroz se inscribe en la tradición de los poetas-filósofos que han entendido la poesía como un modo singular y privilegiado de conocimiento, capaz de expresar lo que la lógica formal no puede abarcar plenamente.
La poesía de Juarroz es una búsqueda constante que se despliega en el terreno del lenguaje como acto creador y en la errancia como experiencia del ser, el vacío y la nada. Su obra representa una profunda reflexión sobre la existencia, que abraza la finitud y la incertidumbre, y que encuentra en el poema un espacio para pensar y sentir lo que la razón, sola, no alcanza a aprehender.
La mirada de Juarroz no se detiene: capta el vértigo desde la quietud, la inmensidad desde la serenidad. Su escritura transita una órbita inmóvil, donde se condensa un sustrato lírico que revela el misterio de la intuición de la creación verbal. No es solo un son sonante que gira sobre su eje; es un sueño instantáneo e inquietante que depura la forma y despierta la crítica. Juarroz busca despojar la expresión para crear una experiencia poética vital, intensa, donde la palabra se sostiene en la delgada línea entre el pensamiento y la imagen.
Así como no podemos
sostener mucho tiempo una mirada,
tampoco podemos sostener mucho tiempo
la alegría,
la espiral de amor,
la gratitud del pensamiento
la tierra en suspensión del cántico
No podemos ni siquiera sostener mucho tiempo
las proposiciones del silencio
cuando algo la visita.
Y menos todavía
como nada la visita
y sin embargo puede
sostener el peso inexorable
de lo que no existe
Su obra es lúcida, lúdica y económica en recursos. Construye espacios donde la página se vuelve terreno de juego a través de imágenes que dialogan, para un decir sin exceso y un ritmo que aprende a desentonar con humildad y claridad despiadada. En este tejido, la poesía se ofrece como un oxímoron vivo, una danza entre paradojas y anáforas que se abren y cierran, unidad de intuición inexplicable. Sus versos emergen como haces de luz en la indefinición e incertidumbre, modulando un léxico que se alinea sin esfuerzo para dar sentido a la multiplicidad de horizontes verbales.
Ir al origen: ahí comienza el ser. Preguntar es siempre desenterrar lo subterráneo. La crisis de la existencia es la respiración oculta del nihilismo. El hombre roza la nada porque el ser ya estaba antes.
Esta concreta conspiración de desacierto
indica que la historia aún no ha empezado
y el hombre registra en sus anales
inciertos simulacros de antihistoria.
Tan sólo una imaginación regenerada
que trace los movimientos del regreso
puede iniciar la historia verdadera
El mundo está repleto de anodinos fantasmas.
Hay que hallar los fantasmas esenciales.
En Juarroz, el olvido y la muerte son puertas de entrada. Su poesía no embellece: piensa. Nietzsche le presta la fuerza para enfrentarse a la soberbia de la vida. El pensamiento se vuelve imagen; la imagen, pensamiento. Dios es interrogado hasta que la muerte retrocede. La idea se aleja de lo sagrado y se amplifica. El saber de la imaginación no renuncia: se rebela contra la condición humana.
En la obra poética de Juarroz, el asombro no es una reacción: es una señal. Llega como un golpe de luz en el centro de la noche, un filo que corta el tejido del mundo y deja que se asome lo que yace más allá de toda forma. No es un gesto inocente: cada revelación trae consigo la gravedad de lo irrepetible. Allí, donde la física tropieza con la poesía y la razón se enciende en el abismo, se abre un claro imposible: el límite último del universo. Quien lo ve queda marcado; ya no se regresa indemne de ese lugar.
Esta epifanía, como toda visión verdadera, está atravesada por historia y poder. No hay revelación pura: toda claridad viene manchada por las sombras que la sostienen. Así lo sabían otros caminantes del misterio. Borges encierra el infinito en un punto perfecto, como si la eternidad fuera un cristal que cabe en la mano. Lezama Lima hace del asombro una selva inagotable, donde cada luz engendra un nuevo secreto. Juarroz toma de cada uno algo y lo transmuta: de Borges, la precisión; de Lezama, el espesor y la fractura. Pero en su centro arde otra cosa: la certeza de que no hay revelación sin herida.
Porque la sombra que Juarroz convoca no es ausencia, sino guardiana. En ella el sentido se repliega para salvarse de su propia clausura. Allí, el lector entra como quien pisa un territorio sagrado, donde todo puede ser y dejar de ser en el mismo instante. El asombro, entonces, no es un adorno del poema, sino su llave secreta: la apertura que deja entrar el mundo y lo desarma, para que podamos verlo, aunque sólo sea un instante, en su verdad desnuda.
Aquí, la subjetividad se vuelve extrañeza, indiferencia, resistencia. No habita sólo en el sujeto: rescata una infancia hecha de instinto, deseo, miedo, frustración. La duda se instala en el poema como un “absoluto real”. El idealismo se transmuta: renuncia a la armonía y abraza el antagonismo. El razonamiento cede a las creencias, las ilusiones se afirman contra la evidencia. La vida es crisis: crisis de valores, crisis más allá del yo cartesiano. El yo se destruye para inventar un sujeto errante. Ese sujeto busca un centro que no existe, un lugar que la intuición no alcanza. Sólo queda la voz, la huella: exigencia moral, reclamo de dignidad. En su decir, Juarroz recoge el mundo entero y a veces lo deja peor que el vacío. La poesía de Roberto Juarroz se articula como un espacio de problematización ontológica, en el que la palabra no es mero vehículo expresivo, sino herramienta de indagación filosófica. Su escritura se nutre de la tradición de la poésie de la pensée –tal como la ha descrito Georges Bataille–, donde el verso se convierte en una forma de pensamiento que interroga, más que enunciar, la condición del ser. La duda que atraviesa sus textos no es episódica, sino estructural: remite a un estado de fractura ontológica que encuentra afinidad con la noción heideggeriana de Geworfenheit (arrojamiento), en la que el sujeto poético se descubre arrojado al mundo y confrontado con su propia finitud.
Este diálogo constante entre mundo y muerte remite también a la categoría de ser-para-la-muerte (Sein-zum-Tode), donde la conciencia del límite último funda la posibilidad de autenticidad. Sin embargo, en Juarroz, esta conciencia no se resuelve en una clausura existencial, sino que se abre a la dimensión del misterio, entendido en el sentido kierkegaardiano: como aquello que no puede ser agotado por el pensamiento lógico, sino habitado por una fe trágica o una espera vigilante.
En este sentido, la obra de Roberto Juarroz podría situarse en una intersección entre la fenomenología de la existencia y una mística negativa que recuerda a Simone Weil, donde el acto de nombrar no ilumina plenamente el objeto, sino que preserva su opacidad. El poema se convierte así en un lugar de tránsito hacia “otro ser” –una alteridad radical– que nunca se deja asir del todo, pero cuya búsqueda constituye el núcleo de la experiencia poética.
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Plinio Chahín, poeta, crítico, docente y ensayista dominicano, autor de Pensar las formas (2017).