Julio Cortázar nunca consideró la lectura como un acto pasivo o puramente intelectual. Para él, leer significaba entablar una relación viva con el libro: aceptar una invitación que demandaba no solo atención, sino también asumir el riesgo de participar y sostener una experiencia.
En Clases de literatura (Berkeley, 1980), Cortázar recoge esta idea de una manera muy directa: «Un libro no se lee desde afuera; hay que meterse en él, dejarse tomar por la historia.»
Lejos de ser una consigna vacía, esta afirmación condensa el núcleo de su propuesta creativa. Desde allí, Cortázar reclama un lector dispuesto a pasar al adentro del texto, a abandonar la distancia cómoda de quien observa para asumir una forma de presencia activa.
Ese adentro no remite solamente a una operación mental ni a un gesto abstracto, sino a una manera de estar: una permanencia que exige del lector algo que va más allá de la comprensión intelectual. Desde la idea de habitar el texto, leer es poner el cuerpo y la atención al servicio de la lectura, dejarse afectar por la experiencia que propone.
Si leemos Rayuela en clave de metaliteratura, podemos extraer algunas de las ideas más radicales de Julio Cortázar sobre lo que para él es –y lo que exige– la literatura. Estas ideas se articulan, sobre todo, a través de Morelli, el personaje que encarna la voz de la conciencia teórica y crítica de la novela. Al reflexionar sobre la figura del lector, Morelli advierte que muchos abandonan los textos cuando estos no les ofrecen soluciones ni certezas. A ese lector lo llamó “lector-hembra”: alguien que busca en la lectura seguridad.
En contraste con la pasividad y la distancia de ese tipo de lector, Morelli –y con él el propio Cortázar– propone otra figura: el lector cómplice. Un lector que no se limita a recibir el texto, sino que acepta participar activamente en su construcción. El lector cómplice no espera que el sentido le sea entregado de forma cerrada ni definitiva; asume la lectura como un espacio de búsqueda, de corresponsabilidad y de juego serio, en el que leer implica tomar decisiones, sostener la incertidumbre y permanecer corporalmente presente, entregándose a la incomodidad de que el texto se resista a ser comprendido o interpretado de manera inmediata.
El lector que Cortázar reclamó intuitivamente desde su propuesta estética y formal hoy es pensado, desde otros lenguajes, por la neurociencia cognitiva. Científicamente, leer no es solo decodificar un texto, sino sostener una determinada forma de presencia en la que cuerpo y mente participan activamente en la construcción del sentido.
Investigaciones como las de la neurocientífica española Nazareth Castellanos muestran que la lectura sostenida requiere estados de atención profunda que implican cambios medibles en la actividad cerebral y en la regulación corporal. En ese estado, la duda o la incertidumbre no interrumpen la lectura: la organizan, porque obligan a mantener la atención abierta allí donde el sentido aún está en juego. En este punto, la afirmación de Cortázar resulta especialmente precisa: para que la literatura ocurra, el lector debe vivir el texto desde adentro.
Podemos afirmar con suficiente claridad que la lectura no es una capacidad biológicamente programada, sino una práctica cultural adquirida que exige aprendizaje, entrenamiento y tiempo. Sin embargo, esta concepción de la lectura como experiencia corporal, más cercana a la vida misma que a las matemáticas, no siempre ha sido el punto de partida desde el cual se nos ha enseñado a leer.
La educación tradicional ha tendido a presentar la lectura como un proceso lineal, objetivo y verificable, orientado desde etapas tempranas a la interpretación correcta. Leer bien suele asociarse más al horizonte del texto que al horizonte del lector. Desde edades tempranas, la enseñanza de la lectura tiende a privilegiar la identificación de ideas principales, el reconocimiento de estructuras y la demostración de comprensión mediante respuestas adecuadas, mucho antes de que se legitime la experiencia subjetiva de quien lee. En este modelo, la experiencia lectora queda subordinada a la demostración analítica.
Esta manera de abordar las obras y estudiarlas ha sido –y sigue siendo– una herramienta fundamental para pensar la literatura. Mi mirada no se enfoca en la validez de estos modelos, sino en su exclusividad. Cuando interpretar se convierte en el punto de partida –y no en el resultado–, la experiencia lectora se ve comprometida. Bajo estos paradigmas normativos, la confusión, la duda o la incertidumbre que surgen durante la lectura suelen percibirse como un déficit o como una incapacidad para “interpretar correctamente”.
Sin embargo, investigaciones recientes señalan que la incertidumbre no interrumpe necesariamente los procesos de comprensión, sino que, por el contrario, los organiza. La duda y la incomprensión activan los estados de atención, obligando al lector a permanecer presente allí donde el sentido aún no se ha estabilizado. Desde la perspectiva de la neurociencia cognitiva, no comprender de inmediato no es un error, sino una fase legítima –e incluso necesaria– del proceso lector.
Pongo mi atención en aquellos lectores de Cortázar que sienten que el descolocamiento o la imposibilidad de descifrar un texto a tiempo constituye un fracaso. Cuando no poder explicar, línea por línea, lo que el texto “quiere decir” se vuelve una señal de incompetencia, la lectura deja de ser una experiencia para transformarse en una prueba. En este punto, lo que el lector suele adolecer no es de capacidad interpretativa, sino de tolerancia para permanecer sin respuestas mientras el texto hace su trabajo.
De este modo, muchos lectores –incluso atentos y experimentados– quedan excluidos del disfrute de obras cuya propuesta formal se resiste a los modelos más habituales y que, por esa misma razón, suelen ser rápidamente clasificadas mediante etiquetas que funcionan casi como advertencias.
El propio Cortázar fue muy consciente de esta tensión. Insistió en que muchos lectores abandonaban sus textos no porque fueran difíciles, sino porque esperaban de la literatura algo que él no estaba dispuesto a ofrecer: seguridad. Esperaban que el relato los condujera con firmeza hacia una interpretación clara.
Es desde esta tensión –entre cómo aprendemos a leer desde el cuerpo y la experiencia, y cómo se nos entrena para leer desde la interpretación y el rendimiento– que emerge el título de este ensayo: Leer cuentos de Cortázar sin salir ilesos: un juego no tan inocente.
¿Por qué juego? ¿Por qué no tan inocente? Julio Cortázar define la literatura como un juego peligroso en los ensayos reunidos en Último round, y con ello deja clara una posición estética decisiva. Desde su lógica, si bien es cierto que espera la colaboración del lector, esa colaboración supone algo fundamental y profundamente cortazariano: aceptar un pacto lúdico cuyas reglas no se anuncian de antemano.
El juego no remite aquí a la ligereza ni al mero entretenimiento, ni tampoco a un gesto de arbitrariedad formal. No es inocente porque no deja intactos los hábitos de lectura ni la posición del lector que busca domesticar la obra. Aceptar el juego implica exponerse a la incertidumbre que todo juego verdadero conlleva: no se trata de llenar un vacío de sentido, sino de entrar y participar en una lógica que no se ofrece como garantía.
Cortázar lo dijo con claridad: sus cuentos no quieren ser explicados, quieren ser vividos. Esta afirmación, lejos de rechazar la reflexión, desplaza el orden de la lectura. Primero la experiencia; luego –si llega– la interpretación. El lector que se pierde no es un lector incompetente, sino un lector expuesto. Perderse, en este marco, no es desorientación vacía: es entrar en una zona de tránsito donde el sentido todavía no se deja nombrar, pero ya empezó a transformarnos. Y esa exposición, incómoda y desestabilizadora, forma parte del proyecto literario de Cortázar.
El famoso “knock out” no es una metáfora exagerada, sino una poética de la lectura: el cuento, debe actuar primero, afectar, desestabilizar, antes de permitir cualquier intento de ordenamiento racional.
Esta lógica explica una de las paradojas más desconcertantes de sus cuentos: la combinación de un lenguaje accesible con una profunda desestabilización de la experiencia lectora. Cortázar escribe desde registros cotidianos, escenas reconocibles, situaciones aparentemente estables. Todo invita al lector a confiar, a avanzar con seguridad. Y es precisamente esa confianza la que hace más eficaz el desplazamiento posterior.
Casa tomada es una buena forma de entender este fenómeno. El cuento avanza esperando una resolución causal que nunca se cumple. La inquietud no proviene de lo que ocurre, sino de la negativa del texto a justificarlo. Unos hermanos que viven en una casa notan que algo o alguien la ha ocupado. Se adaptan, retroceden hasta que, sin más remedio que salir de ella, la abandonan sin resistencia ni explicación. En ese gesto final, el lector aprende algo esencial: no todo texto está interesado en responder las preguntas que el propio lector formula.
Algo distinto ocurre en Todos los fuegos el fuego. Aquí la desestabilización no proviene de la ausencia de causas, sino de la superposición de planos narrativos que avanzan simultáneamente. El lector reconoce escenas y personajes, pero no logra establecer una jerarquía clara. El desconcierto no surge de no entender lo que ocurre, sino de no saber desde dónde leerlo: presentimos que en algún punto las historias deben encontrarse, pero este choque no ocurre materialmente, sino de forma sustancial.
En Axolotl, uno de sus cuentos más geniales, la experiencia de lectura se desplaza hacia otro territorio: el de la percepción y la identidad. El narrador comienza observando a los axolotl tras el vidrio del acuario, con una mirada aparentemente objetiva y controlada. Poco a poco, sin estridencias, esa mirada se invierte. Se voltea como un guante. El lector asiste a un pasaje que no se anuncia ni se explica: el yo que observa se transforma en aquello que es observado. La lectura pierde su lógica no por falta de claves, sino porque las fronteras entre sujeto y objeto, entre lector y texto, se vuelven porosas. Leer Axolotl implica aceptar que el texto no solo cuenta una historia, sino que reorganiza la posición desde la cual se mira. No es casual que muchos lectores recuerden este cuento más como una experiencia que como un argumento.
Si leyéramos Axolotl en el aula –o en otros espacios formativos– y, en lugar de explicar de antemano el cambio de lógica del relato, hiciéramos que el lector lo experimente desde adentro, preguntándole, por ejemplo, “¿qué te ocurrió a ti, lector?”, la experiencia no sería solo lúdica, sino también profundamente didáctica. Implicaría desaprender ciertos automatismos de lectura y aceptar el juego que el texto propone: un juego del que no siempre se sale ileso.
No me refiero únicamente a lectores jóvenes, sino también –y quizá, sobre todo– a lectores adultos entrenados, disciplinados, incluso adoctrinados en una forma de leer que privilegia el control del sentido, la clausura interpretativa y la respuesta correcta.
La noche boca arriba condensa de manera ejemplar esta experiencia. Durante buena parte del relato, el lector avanza con la tranquilidad de quien cree interpretar correctamente lo que ocurre. Distingue planos, jerarquiza lo real y lo soñado, se siente orientado. El texto acompaña esa lectura. Solo al final, esa seguridad se derrumba y obliga a releer todo el recorrido. El lector descubre que ha leído desde un lugar equivocado. Pero ese error no invalida la experiencia: la constituye.
Entendida así, la lectura deja de ser un acceso inmediato a un significado disponible y se convierte en un proceso que se despliega en el tiempo. El sentido aparece, muchas veces, de manera diferida. Algo de eso comprendí una tarde, atrapada durante horas en un embotellamiento interminable. La frustración y la sensación de tiempo suspendido me llevaron, de pronto, a recordar Autopista del Sur. Ese recuerdo no explicó la experiencia, pero la iluminó. Me permitió habitarla de otro modo, reconocerme en ella y aceptar su lógica absurda y compartida.
Leer a Cortázar implica aceptar una forma de lectura que renuncia a la seguridad inmediata y se sostiene en la incertidumbre. Implica leer desde otros registros, permitir que el texto nos afecte, incluso aceptar que, en algún punto, el texto también nos lea a nosotros. Tal vez por eso, aquello que al comienzo aparece como rechazo –ese “esto no es para mí”– no sea un obstáculo, sino una puerta: una invitación a leer de otro modo, a tomarse la literatura como un juego serio, a entrar en el texto sabiendo que no se sale intacto, pero sí transformado.
Desde mi trabajo como animadora de lectura, considero importante cuestionar la idea –todavía muy extendida– de que toda narración debe jerarquizar el sentido, conducirlo con claridad y clausurarlo rápidamente. Vivimos tiempos que nos empujan a comprender de inmediato, a cerrar conclusiones y a producir interpretaciones urgentes, como si el tiempo fuera un obstáculo y no una condición de la experiencia.
Leer a autores como Julio Cortázar nos enseña, por el contrario, a demorarnos, a perder el control, a sostener la promesa de un sentido sin exigirle una resolución inmediata. Nos invita a dejar de ver el tiempo como enemigo y a pensarlo como un camino: un espacio necesario para que el lector –como el ser humano– pueda pensarse a sí mismo.
Cierro esta intervención recordando al propio Cortázar: «La explicación es una cortesía que el cuento no siempre está dispuesto a conceder.»
Y agrego: vivir la lectura como se vive la vida implica aceptar que muchos de los momentos más inexplicables de nuestra existencia no se aclaran de inmediato; es el tiempo –y no la prisa– el que, a veces, los transforma en sabiduría.
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Yulissa Álvarez Caro es una animadora de lectura, escritora y gestora cultural dominicana. Diseña y coordina espacios de formación lectora para jóvenes y adultos, con especial interés en la relación entre experiencia estética, educación literaria y pensamiento crítico. Es directora ejecutiva de Tertulia Urbana y del Festival Internacional de Literatura Mar de Palabras.