Pasada la primavera del año 2004, me encontré sin saber qué paso hacia adelante dar; paralizado, literalmente, frente una de las más cruciales encrucijadas (valga el juego de palabras) de mi existencia.
Otra estación de la esperanza, una esperada primavera democrática, había hecho eclosión en mayo, cuando Leonel Fernández ganó las elecciones, y el carruaje desbocado de la nación empezara a librar sus ruedas de aquel fangal histórico. De este lado del mar, me alborozó saberlo: presenciar a distancia una hecatombe no la hace menos trágica.
Y fue entonces que ocurrió: el escritor José Rafael Lantigua, amigo desde mis años bisoños, fue señalado para ser el secretario de Cultura de la República Dominicana. Nuevo regocijo, conociendo su capacidad gestora. Pero dicha alegría se me heló con una simple llamada: Lantigua me pidió que lo acompañara al frente de la Editora Nacional. Lo cierto es que yo había formado una familia, desarrollaba un trabajo estable y remunerado, y me acercaba a las dos décadas de extrañamiento en Nueva York. Decía “encrucijada” al principio de este escrito para ilustrar lo complejo de mi estado vital de entonces, pero el término más lícito sería “bifurcación”: quedarse o irse, a la derecha o a la izquierda, continuar o desviarse, saltar de mi trapecio esperando que abajo hubiera red. Los senderos de mi jardín de repente se bifurcaron, hubiera escrito Borges.
La asamblea familiar convocada en consecuencia arrojó un rotundo “sí”. Había llegado el momento de habitar –por primera vez– la casa que habíamos comprado 10 años antes y, al mismo tiempo, una oportuna ocasión de devolver a mi país natal una cuota de lo que me éste me había otorgado. Acepté aplicar in situ lo aprendido en otras tierras. Y, así, sin pretenderlo, me convertí en el hombre-libro de José Rafael Lantigua. Estaba entrando en la boca del lobo (cosa que supe después: homo homini lupus), aunque no me arrepentiría.
La Editora Nacional, que me tocó dirigir, había sido fundada mediante el Decreto No. 243-02, de fecha 10 del mes de abril del año 2002, como el órgano de la Secretaría de Estado de Cultura (hoy Ministerio) “encargado de ejecutar sus políticas, programas y proyectos de publicación de obras de autores dominicanos, así como de extranjeros cuyos aportes literarios contribuyan de manera significativa a nuestra cultura, especialmente de aquellas que constituyen el Patrimonio Bibliográfico Dominicano, con el fin de rescatar, preservar y difundir nuestra memoria histórica”. A pesar de este mandato la criatura, con dos años, no se ponía de pie, no andaba. La teoría no había aún cuajado en praxis.
Al poeta (director que había sido de la Editora de la UASD) Enrique Eusebio correspondió la conducción en primera y cuesta arriba. Estuvo poco tiempo dirigiendo la Editora, pero sin duda le dio forma, y publicó el primer libro de su catálogo: La patria montonera, de Ramón Francisco. En 2003, ya el director era otro: Alexis Gómez Rosa, también poeta, igualmente editor, creador en los 80 de la exquisita colección poética Luna Cabeza Caliente. Escarbando por recursos, contendiendo con la desidia y la burocracia, mi querido maestro Alexis realizó una decena de publicaciones, modestas en formato, pero sobriamente impresas.
Extendí la mano y recibí la posta casi al principio de la pista. Yo también, como mis predecesores, era poeta y editor. Había fundado la editorial Cantus Firmus en Nueva York –efímera precisamente porque me fui, no sin antes alumbrar libros de José Kozer, Eduardo Espina y Silvia Guerra–, pero estaba también formado como gerente, desde mi Bachillerato en Estudios Comerciales en “La Perito” y mi licenciatura en Economía y Contabilidad por Mercy College. —No se hable más —argumentó Lantigua: —serás el hombre-libro.

Pese a haber transcurrido más de 20 años, esas palabras resplandecen en la memoria con la misma claridad que si hubieran sido dichas ayer. Ya en faena, en una corta reunión me trazó sus directrices, casi cercanas a cero: su idea era publicar por colecciones, dos de ellas mandatorias (Premios Nacionales y Pensamiento Dominicano). Por lo demás, yo tendría toda la libertad de maniobra en la reestructuración de la alicaída institución. Así lo hice: me puse el casco de seguridad, montamos los andamios, añadimos más columnas. Ocho años durante los cuales Lantigua no me impuso un solo colaborador, jamás me conminó a publicar a un autor en particular y avaló casi todas mis propuestas sin contraponerles otras, sin neutralizarlas.
Juntos, dedicamos el tercer cuatrimestre de 2004 al rediseño de toda la estructura editorial y gráfica. Con su visto bueno, ideé un nuevo logo general para la institución y establecí 10 colecciones con diseño único, fondo de color distinto, y sus respectivos logos, representativos de nuestra esencia: Premios Nacionales (una palmera y color dorado, refiriendo el mérito de una presea), Jóvenes Autores (dos árboles de pino y color rojo, emulando el ímpetu de la sangre nueva, ), Infantil y Juvenil (una flor de cayena y color violeta, apelando a la frescura de esa tonalidad), Ultramar (un coral y color azul, en alusión a las aguas oceánicas que nos separan y unen a la vez), Pensamiento Dominicano (una espiga de trigo y color gris, como el órgano del pensamiento), Antologías (un árbol roble y color anaranjado, expresión de madurez y afianzamiento), Clásicos Dominicanos (una flor de caoba y color amarillo, como el paso sólido del tiempo), Provincias (un mapa de la República Dominicana y color verde, evocando el trópico), Colección Especial 30 de Mayo: Puerta a la Libertad (una paloma blanca y el color blanco de la inocencia mancillada por la tiranía) y Patrimonio Cultural (el baluarte de la Puerta del Conde y color cobrizo, propio del ladrillo y barro coloniales). Para las Coediciones con otras editoras, decidimos utilizar el logo general.
Ahora bien, para ser de verdad el hombre-libro, faltaba hacerme cargo de la revista País Cultural y de todos los sellos editoriales del ministerio. En tal virtud, Lantigua me responsabilizó también de Ediciones Ferilibro, Ediciones de Cultura y Ediciones Rumbo Este, Norte y Sur. Con el eficientísimo capital humano que componía la Editora Nacional, editamos cerca de 421 libros: 52 por año, 4 por mes, uno por semana, redondeando la cifra en contra.
Fue duro, arduo, pero satisfactorio. Y, por fortuna, Lantigua escribió el elogio de su hombre-libro: “Nuestro reconocimiento a todo el equipo que ha laborado durante la gestión cultural 2004-2012 en la Editora Nacional, en especial a su director, el laureado poeta León Félix Batista, que a sus condiciones literarias de extraordinaria valía, une su calidad humana y su profesional experticio de editor meticuloso, creativo y sapiente, paciente orfebre de la más calificada labor editorial realizada desde el plano oficial en la historia dominicana, hasta hoy”. (Ver Catálogo de Publicaciones Ministerio de Cultura 2004-2012). Y allí mismo: “Ocho años de gestión han logrado consolidar la Editora Nacional que se deseaba, mediante un intenso, dinámico y organizado ejercicio, que asumió este compromiso con una efectiva calidad gerencial y una norma general que ha reunido, de manera demostrable: una plural apertura a todas las corrientes de pensamiento y del ejercicio literario; un conjunto de colecciones seleccionadas temáticamente con equilibrada y justa empuñadura; una línea gráfica propia que permite hoy distinguir y singularizar sus ediciones; y una calidad indiscutible en todos los aspectos de la edición, como quizás rara vez se había visto en otros proyectos editoriales dominicanos, y nunca, con toda seguridad, en el escenario cultural oficial”.

De tanto pronunciarlo en alta voz, otros gestores, contagiados, me tildaban de hombre-libro. Y es que además cumplí con el amigo, el compañero escritor, en esa fase que me adjudicara. Me requirió la edición de tres libros de su autoría: La conducta literaria: el discurso fundacional (Discurso de ingreso a la Academia Dominicana de la Lengua, Santo Domingo, Mediabyte, 2008); Un cuento de Navidad: El niño que no pudo ser censado (ilustraciones de Henry Cid, Búho, 2009) y La palabra para ser dicha (Santuario, 2012). Cada gesto y acto suyo refrendaban su designio. Así, en 2008, ante la renuncia de Franklin Gutiérrez y el consecuente vacío, Lantigua me pidió considerar que lo sustituyera como Comisionado de Cultura en los Estados Unidos, “aunque la ausencia del hombre-libro me resulta inconcebible”, dijo. Lector que es uno de gestos y no solo de palabras, no acepté, y respiró aliviado: “eso esperaba”.
Pero aquella aventura editorial solamente fue posible porque él la concibió. Me permitió forjarla, pero me entregó la arcilla. En cuanto percibí su voracidad lectora, su erudición inagotable, su increíble biblioteca, su historial como editor, comprendí la verdadera dimensión de aquel apelativo que me endilgara, el sobrenombre de hombre-libro –el cual me satisfacía no por el aire a superhéroe que evoca el título sino por cuanto indica de misiones que cumplir. ¡Porque es una imagen especular de su propia vocación libraría!
Acaso sea verdad que fui el hombre-libro de José Rafael Lantigua. Pero él, sin duda, ha sido un magnífico hombre-libro del país.
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León Félix Batista. Poeta, editor y traductor. Dirigió la Editora Nacional y el Festival Internacional de Poesía de Santo Domingo. Obtuvo el Premio Nacional de Poesía en 2021, por Poema con fines de humo.