Hablar de lo fantástico en Julio Cortázar no es simplemente examinar un conjunto de procedimientos literarios destinados a introducir un elemento extraño en la realidad, sino intentar comprender una manera de estar en el mundo, un modo de sentir su fragilidad, sus intersticios, sus zonas no formuladas. Lo fantástico en su obra no es un género, ni un artificio, ni una excepción en la lógica del relato; es, sobre todo, un estado de percepción, una forma de sensibilidad, una disposición interior que, más que trastocar la realidad, la abre. Cortázar no utiliza lo fantástico para suspender la razón, sino para expandir sus límites; no para negar el mundo, sino para revelar que el mundo es, en sí mismo, una textura incompleta, una superficie porosa atravesada por fuerzas y resonancias que no caben del todo en la mirada cotidiana. Lo fantástico, en la literatura cortazariana, es la respiración secreta de la realidad, el ritmo que late detrás de lo visible, la señal de que la existencia tiene capas superpuestas que rara vez advertimos pero que pueden irrumpir cuando menos se espera.

Hay en Cortázar una convicción profunda: la realidad no es una estructura cerrada, sino un organismo en perpetua vibración. Por eso lo fantástico no aparece como ruptura violenta –un monstruo, un espectro, un prodigio– sino como un desplazamiento leve, un corrimiento apenas perceptible que desajusta la estabilidad de lo cotidiano. Lo fantástico funciona como una modificación mínima, como una alteración de la mirada que inicia un proceso de transformación del mundo. Lo que importa no es el suceso extraño, sino la nueva relación que establece entre el sujeto y su entorno. En lugar de postular una ontología sobrenatural, lo fantástico en Cortázar propone una epistemología inquieta: el mundo es más amplio de lo que creemos, pero no porque contenga seres ajenos, sino porque nuestra percepción es insuficiente, estrecha, habituada a la rutina de lo evidente. Cortázar concibe lo fantástico como una pedagogía del asombro, como un ejercicio de apertura sensorial y mental. Su literatura no busca demostrar nada; busca que sintamos, por un instante, que vivimos en un universo infinitamente más vasto y misterioso del que solemos admitir.

Este concepto nace de una concepción existencial: el mundo es inestable. No es inestable por su composición material, sino por la forma en que lo habitamos. Los seres humanos, en la visión cortazariana, sostenemos un equilibrio precario entre lo que vemos y lo que no vemos, entre la superficie y la profundidad, entre la experiencia y su trasfondo simbólico. Lo fantástico funciona como una especie de vibración que se produce en ese punto de contacto. Es el temblor que se desencadena cuando la conciencia percibe que algo no encaja del todo, que una fisura se abre, que algo que siempre estuvo allí revela su presencia. No es una irrupción externa, sino un desdoblamiento del mundo. Lo fantástico no llega: se manifiesta. No irrumpe: se delata. Es la luz inesperada que cae sobre un objeto cotidiano y lo convierte en algo inquietante. Es el gesto mínimo, la sombra dudosa, la palabra que parece contener una resonancia desconocida.

Por ello, Cortázar entendió lo fantástico no como un hecho excepcional, sino como una disposición permanente del mundo. La vida cotidiana está llena de signos que no sabemos leer, de presencias que no sabemos nombrar. Lo fantástico es el lenguaje silencioso con que la realidad comunica su excedente, aquello que escapa a nuestra capacidad de ordenación racional. De aquí surge una idea esencial: lo fantástico no pertenece al dominio de lo sobrenatural; pertenece al dominio de lo no percibido. El horror clásico solía introducir criaturas o hechos imposibles; la literatura fantástica de Cortázar, en cambio, introduce fisuras en el modo de percibir. No se trata de violar las leyes de la naturaleza, sino de demostrar que esas leyes son insuficientes para explicar la totalidad del ser. El problema no reside en el mundo, sino en el sujeto. Lo fantástico es, por tanto, un ejercicio ontológico que se desplaza al terreno de la percepción.

Este lúdico procedimiento en Cortázar irrumpe siempre allí donde lo real parece haber alcanzado su mayor estabilidad. No se proclama, no se anuncia: simplemente acontece, como una inflexión imperceptible que altera la textura misma de la experiencia. En ese sentido, Cortázar no concibe lo fantástico como un género, sino como un modo de percepción, como una forma de dejar que la realidad revele sus costuras ocultas. Y es precisamente en la minucia narrativa donde esa alteración adquiere cuerpo. Basta observar cómo, en “Casa tomada” lo fantástico nace sin artificios, deslizado en una frase que parece inocente: “No se oía nada, pero el ruido venía a través del pasillo, y se sentía que avanzaba contra la puerta.” El misterio no se da como espectáculo, sino como una presencia sin rostro, cuya fuerza radica no en lo que hace, sino en la disponibilidad de los personajes a aceptarla. En esa aceptación se encuentra la clave cortazariana: lo fantástico es el lugar donde la razón deja de custodiar el mundo, donde la explicación se vuelve irrelevante.

Esa misma operación, pero llevada al extremo, aparece en “Axolotl”, donde el narrador declara sin sobresalto: “Ahora soy un axolotl y antes fui un hombre que visitaba a los axolotls.” Aquí lo fantástico no irrumpe desde afuera; se disuelve desde adentro. La metamorfosis no es un acontecimiento prodigioso, sino un punto de pasaje entre dos estados de ser. Cortázar no busca convencer al lector de lo imposible: busca, en cambio, que lo imposible se vuelva la forma más natural de percibir. El tránsito entre lo humano y lo animal ocurre sin ritual ni violencia: es la conciencia la que se desplaza, como si lo fantástico fuera un lento desdoblamiento de la identidad, un abandono silencioso del yo en dirección a otro ser. Lo fantástico, entonces, adquiere el rostro de la intimidad, de aquello que sucede cuando la mente deja de obedecer a la lógica de lo verosímil y se entrega a la lógica secreta de lo sensible. La metamorfosis es, ante todo, un cambio de mirada.

Ese desplazamiento perceptivo aparece también, aunque de manera más tenue y atmosférica, en Rayuela. No se trata de un texto convencionalmente fantástico, pero la sensibilidad de sus personajes –y en particular de la Maga– introduce una forma de habitar el mundo donde lo imposible no es excepción, sino posibilidad latente. Por eso, cuando Cortázar escribe: “La Maga vivía en un mundo donde ocurrían cosas como si tal cosa”, no señala un suceso extraordinario, sino una disposición a la extrañeza. La Maga no es testigo de lo fantástico: es su encarnación, su umbral. En ella se manifiesta lo que en toda la obra de Cortázar constituye el corazón del fenómeno: la percepción como conocimiento, la mirada como instrumento que abre puertas donde otros solo ven muros. Lo fantástico deja de ser un acontecimiento y se vuelve un clima, un estado de disponibilidad hacia lo insólito. Allí, lo fantástico no rompe la realidad, sino que la amplía.

De modo más radical, “La noche boca arriba” profundiza esta noción cuando el protagonista es arrancado de un sueño para caer en otro, descrito como el verdadero: “Sintió que algo lo arrancaba bruscamente de su sueño y lo lanzaba a otro sueño, pero ahora era el verdadero.” Lo fantástico opera aquí como una oscilación entre mundos, una suerte de bisagra ontológica que hace tambalear la estabilidad de lo real. Cortázar no presenta la dualidad entre sueño y vigilia como una oposición, sino como un sistema de vasos comunicantes donde una realidad se filtra en la otra hasta que el lector –y el protagonista– queda suspendido en ese espacio sin fondo donde ambas realidades conviven. Lo fantástico, entonces, aparece como una relación entre planos, no como la irrupción violenta de uno sobre otro. Es el instante en que la conciencia deja de distinguir y empieza a habitar la frontera.

La “invasión” de lo fantástico, así entendida, no constituye un acto violento. Si hay una violencia, es la que sufre la conciencia cuando se da cuenta de que su marco de referencia ya no alcanza para sostener lo que siente. Pero esta violencia es interna, íntima, casi espiritual. Lo fantástico, en la obra de Cortázar, no provoca miedo; provoca inquietud. No paraliza: disloca. No aterra: problematiza. El lector, al entrar en sus relatos, no experimenta el sobresalto típico del horror sobrenatural, sino la turbación de quien descubre que lo familiar puede tornarse extraño, que el orden puede resquebrajarse sin anuncio, que la identidad misma puede ser un territorio más inestable de lo que creíamos. En ese sentido, lo fantástico es la conciencia de la fragilidad del yo, de sus límites, de su vulnerabilidad ante aquello que no controla.

Cortázar no busca explicar lo fantástico porque sabe que su fuerza reside en la experiencia, no en la teoría. Lo fantástico es la respiración secreta de la realidad: un ritmo que no se oye siempre, pero que está allí, palpitando bajo la superficie, esperando que alguien, en un instante de lucidez o de fragilidad, logre escucharlo. Y cuando lo escucha, aunque no lo entienda, sabe que el mundo acaba de abrirse. Y que esa abertura, por mínima que sea, cambia para siempre la manera de estar en él.

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Plinio Chahín, poeta, crítico, docente y ensayista dominicano, autor de Pensar las formas (2017).