Llueve café en el campo
cae un aguacero de yuca y té
del cielo una jarina de queso blanco
y al sur una montaña de berro y miel.
Un pobre corazón no atrapa su cordura
y hay manantiales pintados con óleos de cielo azul
un amor que contamina
otro al que nacen alas y vuela sobre el mar.
Estamos en el universo Juan Luis Guerra, orbe creativo donde la poesía surge del encuentro entre la realidad y el deseo, entre la imaginación y la palabra de hondas resonancias dominicana y caribeña, expresión de un sincretismo construido con las tradiciones culturales que definen nuestra identidad nacional, principalmente indígena, africana y europea: “Somos una raza encendida –dice en “El costo de la vida”– negra, blanca y taína, pero ¿quién descubrió a quién?”. Mestizaje manifiesto gloriosamente, tanto en la música como en la lírica de sus canciones. Güiro y tambora confundidos con los metales del jazz, enlace del piano con el acordeón popular, poesía del campo dominicano, de Meso Mónica a Juan Antonio Alix, fusionada con Lorca, Neruda, Borges y la vanguardia en español.
Sincretismo, mezcla, hibridación, son los conceptos que, a mi juicio, mejor definen el arte de Juan Luis Guerra, mismos que también definen la cultura nacional. De ahí que uno y otra sean equivalentes a dominicanidad, y que Guerra, como portador de la misma frente al mundo, y por la fusión que hace de música y poesía, sea para nosotros la encarnación del aeda griego, poeta que iba por los caminos cantando y contando historias de su pueblo, como Homero con La Ilíada y La Odisea. O acaso nos remite también al trovador de la juglaría medieval, poeta músico del amor cortés, fin’amor entre el deseo erótico y la entrega espiritual a su dama.
La relación entre música y poesía, distintiva de Juan Luis Guerra, ha sido, a través del tiempo, una de las más fructíferas colaboraciones entre manifestaciones artísticas distintas. Relación tan íntima que Jorge Luis Borges, al recordar la definición platónica de poesía (“esa cosa liviana, alada y sagrada”), dice que es falible, ya que esa cosa liviana, alada y sagrada podría ser la música, salvo que la poesía es una forma de música.
Si la poesía ha inspirado a la música aportándole temas y profundidad, los poetas han utilizado recursos provenientes de la música: ritmo, rima, estribillo, aliteración, en busca de efectos sonoros y de mayor expresividad: de crear una experiencia que involucre tanto al intelecto como a los sentidos.
Juan Luis Guerra es el músico de la poesía y el poeta de la música que nace del surco de la tierra, del roce de la palma con el viento; de la cadencia inefable del rumor del mar; canto de grillos, sonar de palos “pa’ que me quiera por siempre”. Poeta orfebre capaz de transmutar el lenguaje en experiencia estética a través de la alquimia de las figuras poéticas que, desplegadas en toda su obra, nos dicen que Juan Luis no es poeta por azar, producto solo de la sensibilidad y la inspiración. Detrás del merengue que bailamos para celebrar el amor y denunciar la injusticia, de la bachata del desengaño emparejada con la invocación de Dios, está el trabajo solícito y cuidadoso de Juan Luis con las llamadas figuras poéticas, en las que reside en buena parte el “secreto” de la poesía –recursos familiares al especialista en literatura, pero también al lector asiduo del género, que seguro él es.
Basten unos cuantos ejemplos, que elijo entre muchísimos otros, para apreciar el armazón de su arte:

La aliteración, por ejemplo, repetición de uno o varios sonidos iguales dentro de una frase para lograr mayor musicalidad, la encontramos en “A pedir su mano” cuando dice: “Voy a bajar por los yayales en una yagua de tul”. O en “woman del Callao”: “Tiene mucho down, woman del callao”.
La antítesis: unión de dos palabras que expresan lo opuesto aparece en ese “mar desierto” de “estrellitas y duendes”; y en “frío frío, como agua del río/ o caliente, como agua de la fuente”.
En “La cosquillita” encontramos la anáfora: repetición de una palabra o frase: “Me suena un pitico aquí en el costao/ me suena un grillito aquí en el costao”.
En “Las avispas” otra figura poética, el hipérbaton, alteración del orden sintáctico lógico de una oración: “de su imagen soy un reflejo / que me lleva por siempre en Victoria” —en vez de soy un reflejo de su imagen.
Mientras la hipérbole, recurso basado en la exageración de las cualidades de un sujeto o de un objeto la encontramos en “La bilirrubina”, merengue que es una hipérbole lúdica de comienzo a fin. Desde la entrada: “Me dio una fiebre el otro día por causa de tu amor, cristiana”, hasta la enumeración de los múltiples avatares de ese amor al que le inyectaron suero de colores, le sacaron la radiografía, le trastearon hasta el alma con rayos X y cirugía.
El paralelismo, repetición de una oración o estructura sintáctica particular para generar ritmo, aparece en varias canciones, entre ellas en “Ay, mujer” cuando dice:
Es que tu amor me queda grande ya lo sé
Es que tu amor se multiplica y crece
Es que a tu amor le nacen alas y vuela sobre el mar.
La personificación, asignación de cualidades humanas a otros seres vivos u objetos, aparece hermosamente manejada en “Amapola”:
Una amapola me lo dijo ayer
que te voy a ver, que te voy a ver
y un arcoiris me pinto la piel
para amanecer contigo.
Y en “Amor de conuco” la elipsis, omisión de manera voluntaria de una palabra: “Y la luz de la mañana/ que entra por mi ventana/ cielo”.
Están además las onomatopeyas: “cada vez que yo te veo caminar/ mi corazón retozón hace pum kitipum kitipum”, y esas vocalizaciones rítmicas de ascendencia Beatles que podríamos definir simbólicas de la cultura dominicana: “Aqueleyoyo, aqueleyoyo”; o el despliegue fónico que remite a la cultura taína en “Areíto”, canción en el álbum del mismo nombre; mientras en “Naboria daca, mayanimacaná” la hermosa defensa de nuestros aborígenes y de la naturaleza es también invocación a la humanidad compartida: “naboria daca aé, soy un siervo/ mayanimacaná, no me mates”.
Pero entre todas las figuras poéticas, la esencial, la más significativa en Juan Luis Guerra, movilizadora de su mundo lírico e incluso de su pensamiento es la metáfora, recurso por excelencia de la poesía, que podríamos definir, de la manera más simple a pesar de su complejidad, como la comparación y traslación de las cualidades de una cosa a otra, estableciendo entre ellas una relación de semejanza que nos revela la relación secreta entre todo lo creado: entre la falda de una mujer y una montaña, por ejemplo, cuando decimos la falda de la montaña; o entre el amor y la miel, cuando Juan Luis canta, en “Como abeja al panal”, la semejanza entre la abeja y el enamorado –“ese corazón que no encuentra quien lo sepa acotejar”– y entre el amor y la miel, por su dulzura y pureza.
La metáfora fluye, reverbera, ilumina todo Juan Luis, aporta sentido simbólico a su poesía. La metáfora común, la metáfora pura, sinestésica, proposicional, de oposición. En “Carta de amor” el cariñito es “un agujero que atraviesa el querer”; en Rosalía el conuco un “arco iris bajo el arroyo”; crítica mordaz y satírica al sistema de salud en la metáfora hecha imagen de pasar “El Niágara en bicicleta”. En “Burbujas de amor” el deseo, la pasión amorosa y el encuentro erótico alcanzan las más altas cotas de calidad estética, y en “Amores”, la metáfora continuada se convierte en reflexión profunda sobre las múltiples maneras de amar.
El uso del lenguaje metafórico y de motivos de larga tradición poética –la rosa, la luna, el agua, el amor, la naturaleza– tienden un puente entre Juan Luis Guerra y los grandes poetas. De Neruda y Franklin Mieses Burgos, la rosa como símbolo de belleza; de Borges, la luna y el cuestionamiento metafísico: “cuál es la raíz cuadrada de mí mismo” se pregunta Juan Luis; de Lorca también la luna, el verde, la albahaca: como en “Rompiendo fuente” cuando dice: “Mi mujer con yerba de luna va rompiendo fuente”. De Julio Cortázar el motivo de la boca “llena de flores o de peces –“Quisiera ser un pez”– y del inolvidable capítulo siete de Rayuela y su antológica frase, verso final: “y yo te siento temblar contra mí como una luna en el agua”, la resonancia en Juan Luis Guerra en la frase, también final, de la hermosísima canción “Cuando te beso”, que dice: “Tiembla la luna sobre el agua, y se rebosa.” Poesía también de resonancia clásica en el casi perfecto poema de amor que es la canción “Sobremesa”:
Una mujer sin condición me dijo:
sírvete de mí lo que quieras
y tanto me serví que hoy nubla mi razón
no sé si vivo fuera o dentro de su corazón.
Aunque la metáfora y la poesía forman parte de la vida y de nuestra realidad cotidiana, cada vez más, en el mundo contemporáneo delirante de consumismo y de hipertecnología, somos menos conscientes de su presencia y necesidad. En la orfandad espiritual que vivimos, Juan Luis Guerra, con su música y su poesía de amor, de denuncia social, de defensa de la identidad y búsqueda de lo sagrado, nos convoca con exultante alegría a la esperanza, a ser mejores dominicanos, mejores seres humanos: más sensibles y solidarios. Por ello, nuestra agradecimiento y admiración sin límites.
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Soledad Álvarez (1950), poeta y ensayista dominicana, Premio Nacional de Literatura 2022. Autora, entre otros, de Autobiografía en el agua (2015) y Después de tanto arder (XXII Premio Casa de América de poesía americana).