Cuando inicié mis estudios de literatura y me convertí en un inquieto lector, siempre me acompañó una pregunta que era, a la vez, inquietud y deuda: ¿qué se estaba escribiendo en la otra parte de esta isla que compartimos? Haití no era para mí una abstracción geográfica ni un referente histórico distante; era una presencia cotidiana y, sin embargo, literariamente desconocida.

Recuerdo con claridad que fue en la antigua Librería La Trinitaria donde encontré una edición de Mi compadre el general sol, de Jacques Stephen Alexis, publicada por Editora Taller y comentada por José Alcántara Almánzar. Aquella lectura fue una revelación. Entré, sin saberlo, en un mundo insospechado donde la historia, la épica popular y la imaginación política se fundían con una intensidad poco frecuente. Luego busqué más de Alexis: En un abrir y cerrar de ojos, El romancero de las estrellas y otros textos que ampliaron esa primera conmoción.

Continué explorando. Leí El palo ensebado, de René Depestre; más tarde, Gobernadores del rocío, de Jacques Roumain, novela imprescindible para comprender el vínculo entre comunidad, tierra y dignidad. Y ni decir del poeta Frankétienne, a quien conocí personalmente en la Feria Internacional del Libro de Santo Domingo en el año 2017, y quien, en un acto cargado de rito y palabra, me habló de mi poesía y de mi andar, como si la literatura fuera también un espacio para la profecía. Hay encuentros que permanecen como signos extraños en la memoria.

Años después, mientras cursábamos una maestría en la Universidad Católica de Santo Domingo, conocí al escritor y educador haitiano Gaston Saint-Fleur. Con él se renovó en mí el impulso por leer y difundir la poesía y la narrativa haitiana. Recuerdo que, en nuestras conversaciones, solía decirme, con una mezcla de ironía y generosidad, que yo sabía más de literatura haitiana que él. Con Saint-Fleur y otros escritores de Haití he cultivado una amistad fecunda que me ha llevado junto a amigos como Pedro Antonio Valdez, León Félix Batista, Rannel Báez, Noé Zayas y otros, a integrarlos en festivales de poesía, ferias del libro y publicaciones.

Lo anterior tiene como precedente al poeta Mateo Morrison, quien durante toda su vida nos ha enseñado que la inclusión es vital a la hora de una buena gestión literaria y cultural. Resalto aquí que años más tarde, el poeta Basilio Belliard y Gahston Saint-Fleur harían una formidable antología de poesía dominicana y haitiana, titulada Palabras de una isla (Paroles d’une île).

Luego vendría Samuel Gregoire, a quien he adoptado como hermano casi de sangre; y también Bertoni Estimable y Jhak Valcourt, poetas que mantienen una activa vida cultural de este lado de la isla.

Cuando, junto a Pedro Antonio Valdez, dirigí la Feria Internacional del Libro, creamos un espacio titulado “Poesía haitiana en la FIL”, orientado a visibilizar la literatura de ese país en nuestro magno evento. Entonces, como ahora, muchos de los participantes eran profesores de francés en centros educativos o estudiantes en universidades dominicanas. Integrarlos ha sido de gran beneficio, ya que nos ha permitido conocerlos de cerca y colaborar en importantes proyectos culturales. Quienes me conocen saben que, cuando una literatura me toca, me convierto en su propagador natural. Así fue como, a través de redes sociales y contactos personales, comencé a conocer escritores haitianos contemporáneos e invitarlos a publicar en diarios y revistas dominicanos. Con la colaboración de mi hija, la escritora e ilustradora Sarah Amaro, y del escritor y médico haitiano Philippson Juste, hemos traducido y difundido a varios poetas haitianos que insisten en la poesía como arma de futuro.

Los poetas reunidos en esta muestra son evidencia de un trabajo que aspiramos continuar: tender puentes y revelar la riqueza de una literatura que, pese a la cercanía geográfica, sigue siendo leída como lejana.

Iniciamos este recorrido con Jeannie Bogart, cuya poesía es intensa y confesional, pero nunca se repliega en un intimismo cerrado. Su escritura entrelaza lo personal y lo colectivo mediante imágenes de gran potencia sensorial y simbólica. Oscila entre la reflexión existencial, la memoria afectiva y la denuncia social. En su voz convergen la identidad caribeña, la herencia africana, la migración, el tiempo y la pérdida. Su palabra es torrencial: convierte lo cotidiano en metáfora y el lenguaje en espacio de confrontación y celebración.

En Richardson Auguste, particularmente en “Viaje para degollar la noche”, el sujeto lírico aparece atravesado por una fuerte carga emotiva y un apego profundo al lugar de origen. El viaje no es simple desplazamiento: es herida, recuerdo, desgarradura. Su poesía reflexiona sobre el tiempo y la identidad mientras lucha entre el deseo de escapar y la imposibilidad de desprenderse de sus raíces. El poema se convierte en escenario de esa tensión irreconciliable.

La obra de Philippson Juste configura un mosaico lírico marcado por el exilio y el desarraigo. Poemas como “Náufrago”, “Exilio” o “Letanía de las cenizas” construyen un duelo colectivo y personal donde la identidad se teje y desteje entre cicatrices y nostalgias. La ciudad, especialmente Puerto Príncipe, sobresale como símbolo de belleza herida: promesa rota y pertenencia persistente. Su lenguaje es ritual y exorcismo, pero también consuelo; la voz se levanta como franca oposición frente a la fragmentación de la patria.

En la poesía de Marie-Ange Claude, la experiencia vital se transforma en materia ardiente. Su voz no se repliega en la intimidad, sino que se levanta como conciencia herida de una comunidad atravesada por la violencia y la incertidumbre. La ciudad se vuelve cuerpo mutilado; la imaginería áspera (alambres, brasas, ganglios, ceniza), intensifica la dimensión ética del poema. Sin embargo, en medio del cataclismo, sobresale una esperanza obstinada: recuperar la voz, la luz, la posibilidad de una aurora distinta.

Cherlie Rivage indaga en el amor, la identidad, el exilio y la evocación como ejes de una misma búsqueda interior. En su poesía se percibe la tensión entre el deseo de libertad y las restricciones culturales o históricas. El cuerpo, la ciudad y el lenguaje se funden para expresar tanto el dolor de la pérdida como la fuerza de la esperanza. Lo erótico, lo espiritual y lo existencial dialogan en una sensibilidad que afirma la posibilidad de renacer aun en medio de la ruina.

En Adlyne Bonhomme, la poética se construye desde la materia mínima: la piedra, la mano, el silencio. Las manos, asociadas a la infancia, oscilan entre juego y amenaza, entre ligereza y peso, cargadas de una memoria que no termina de decirse. La reiteración metafórica crea una respiración insistente donde el silencio es herida. La ciudad aparece como organismo cansado, hecho de gritos y ceniza, mientras el yo lírico borda imágenes táctiles que convierten el paisaje en experiencia corporal. Su escritura asume su precariedad y, desde ella, nombra la vida que persiste entre las ruinas.

En la voz de Reynaldo Pierre Louis, el poema se vuelve territorio visceral y visionario. Paisajes oníricos, islas heridas, cuerpos-refugio e identidades desgarradas configuran un universo donde la palabra se debate entre delirio y rebeldía. Frente a la opresión y el absurdo, el poema surge como único espacio de revelación y rebeldía. Hay en su escritura una celebración de la imaginación como fuerza transformadora.

La poesía de Jhak Valcourt articula una mirada crítica hacia la violencia estructural, las desigualdades sociales y los conflictos globales, integrando lo íntimo y lo colectivo en una poética de denuncia y sensibilidad histórica.

Los poemas de Berthony Jean Richelieu Lanot abordan la explotación y la deshumanización que atraviesan la vida de los sujetos de nuestro Caribe, especialmente en contextos de plantación, pobreza y exclusión social. A través de una voz poética intensa y cruda, se denuncia la herencia colonial, el racismo, la marginalidad y la perversión del poder que convierte los cuerpos en mercancía. y el lenguaje en un espacio de resistencia.

La poesía de Samuel Gregoire se inscribe en una poética de alta densidad simbólica que articula la experiencia insular desde una perspectiva crítica, donde el cuerpo, la historia y la espiritualidad afrocaribeña funcionan como ejes estructurantes del discurso.

Finalmente, Eliezer Young articula una poética del vínculo: con la tierra, con el cuerpo, con la memoria y con la ciudad como lugar simbólico del dolor y la esperanza. Su lenguaje oscila entre lo íntimo y lo colectivo. El cuerpo es territorio político y afectivo; el paisaje, espejo emocional del sujeto. En su obra, amar, recordar y nombrar no son gestos románticos, sino actos de supervivencia. La palabra poética se convierte en refugio, protesta y reconstrucción simbólica.

Este recorrido no pretende ser exhaustivo ni definitivo. Es, más bien, el testimonio de una experiencia lectora que comenzó como curiosidad y se transformó en compromiso. Leer a los poetas haitianos ha sido, para mí, cruzar una frontera invisible que la historia y la política han endurecido, pero que la literatura insiste en desdibujar.

En un tiempo marcado por la incertidumbre y la fragmentación, estas voces nos recuerdan que la poesía sigue siendo un acto radical: una forma de memoria, resistencia y esperanza. Y en esta isla compartida, donde las heridas son comunes, aunque los relatos hayan sido distintos, la palabra puede ser el puente más firme hacia el reconocimiento mutuo.

Esta labor no solo la hago con ellos, sino que la hago y seguiré haciendo con otros escritores de este inmenso caribe.

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Valentín Amaro (Gaspar Hernández, República Dominicana, 1969). Educador, poeta, narrador y gestor cultural. Coordinador en la Dirección General de Cultura del Ministerio de Educación y profesor de Lengua y Literatura en las universidades Iberoamericana (UNIBE), Autónoma de Santo Domingo (UASD), Pontificia Universidad Católica Madre y Maestra (PUCMM), y el Instituto de Formación Docente Salomé Ureña (ISFODOSU).