Cuba


La muerte,

oveja sin hierba ni pelaje se ha ido para amueblar su sillón,

para alimentar su cuerpo maltratado.

Un poeta con su boina bolchevique recita sus derrotas y no quiere volver,

otro pasea recitando el lupus de su inquietud amada.

Qué hacer para que la muerte no tome el lugar de los poetas.

Jóvenes poetas que trascienden en la noche donde sus ojos ya no están para verla.

Gran mal o pequeño mal y sus daños colaterales…Sé que la causa de mi muerte verdadera será el mal que padezco.

Una vez conocí al que declama,

el que jugaba a ser un poeta sin sentido.

Prefiero llamarle poeta de la noche,

loco poeta que se adhiere a la piel de una oveja que huye.

Compartimos un largo viaje por carretera y la arena ya sabía de su muerte,

sabía del espacio gris que deja la hojarasca.

Es el poeta que sueña y hace temblar los cristales de cualquier restaurante cubano.

Diría que un restaurante arruina el bolsillo del cubano,

que un poeta que entra a un restaurante sufre de insomnio cuando ve la carne de res.

La muerte y la carne de res pueden parecerse al poeta cubano.

Los amigos que han muerto saben de lo que hablo. 

Un poeta muerto ya no puede pensar en la carne de res,

ni en el restaurante que construyen cada día.

Solo han muerto,

y casi nadie los recuerda cuando pasan los años.

En Alamar me leyó sus poemas grises y el hambre que padecía,

mi casa fue su escudo en las noches de invierno,

su poesía el guardador de mi rebaño.

La idea de la muerte y sus trampas me devuelven al mismo sitio 

donde mi escondite ya no está.

Yo también moriré,

tal vez hoy cuando acabe la noche, 

o mañana cuando vuelva a pensar en mi país,

en aquel restaurante y la silla del cobrador que se sienta encima de la piel de mi oveja.

Mi hermano y su casa

Tengo un hermano alcohólico que teme a las hormigas, 

ha quemado su cama y vendido las luces de la casa. 

Mi hermano y su casa sin luces comienzan a quebrarse, 

a hundirse sin su canción de cuna. 

Él espera por mí,

sabe que guardo el secreto que lo ahuyenta, 

que lo lanza al vacío sin velas ni colores.

Lo lanza como si fuera un pollo muerto, 

degollado y perdido. 

Es su tiempo de correr hacia la puerta virgen. 

El médico lo mira, 

ve en su rostro algo diferente a los demás enfermos: 

un niño que grita y pone al revés a una isla que dibuja en su mano. 

Al entrar a su cuarto siento olor a cenizas, 

ha quemado su cama,

las fotos de familia tampoco se verán porque han huido con la lluvia. 

No distingue mi hermano su dolor, 

no sabe de lo ausente. 

Solo pide limosnas para sobrevivir con el trago que lo aguarda en su barca, 

en la Guarida de Los Castellanos. 

Ya no importa su piel mugrienta por las calles, 

ni el polvo en su camisa. 

Es su angustia el ave milagrosa que lo esconde de la política, 

de los que manipulan el poder. 

Ya no importa lo que piense sobre la emigración y los suicidios,

él espera por mí. 

Un hermano es la puerta por donde salimos a jugar.

Paseo por Madrid

Recorro sus calles,

una abuela pela manzanas en un callejón,

un joven guarda la armónica en el Metro

y saca su violín Stradivarius.

Sueña que toca en la Parroquia de San Sebastián. 

Mi piel anduvo fría entre Estación de Atocha y Museo del Prado,

mis manos se enredaron con los guantes de estambre.

Un señor conversa sobre el tiempo que queda a las gaviotas

mientras todo parece una postal.

Sujeté mi bufanda como si no existiera otro regreso,

como si hubiese arena bajo mis pies.

En Mariano de Cavia guardé una imagen del vendedor de frutas.

Me detuve a pensar en mi río Ariguanabo,

en esos recortes de madera antigua,

en los que vinieron a mi isla en busca de fortuna.

Pensé que estaría por siempre,

y volvería como esa golondrina en primavera

que mi madre guardaba en sus bolsillos.

No me iré de Madrid como se van los barcos, 

los árboles, los padres, los abuelos.

Me iré cantando un fado de mi amiga,

un zapateo feliz abanicando al dorso las calles de Segovia.

Herminio Alberti León, fotógrafo artístico merecedor de reconocimientos nacionales e internacionales.