No opongo una resistencia ciega al paso del tiempo ni rechazo la naturaleza efímera de las modas. En el arte y la literatura, comprendo que la ley imperante es la cinética –ese movimiento perpetuo de ruptura–, incluso cuando deriva en formas que cuestionan los límites de lo que consideramos perdurable.
A lo largo de mi trayectoria intelectual, he transitado las grandes tensiones del siglo: desde la irrupción de Altazor, que desafiaba la hegemonía de Rubén Darío, hasta el laconismo lúdico de las greguerías de Gómez de la Serna y la irreverencia de los «artefactos» de Nicanor Parra. He observado la marea metafórica de Neruda, la experimentación de los concretistas –herederos del azar de Mallarmé– y la instrumentalización del verso como arma de combate. No obstante, sigo convencido de que gran parte de esta pirotecnia estética, aun siendo lícita e innovadora, suele agotarse en un ejercicio de ingenio fugaz, huérfano de la trascendencia que caracteriza a la verdadera poesía atemporal.
Esta misma lógica ha regido las artes visuales. La invención de la fotografía desplazó la necesidad de representar la realidad de forma fidedigna, abriendo paso a la subjetividad y al surrealismo freudiano. Este proceso nos condujo de la luz fragmentada de los impresionistas a la gestualidad del expresionismo, y de la abstracción de Kandinsky a la ironía del readymade de Duchamp (inspirado en gestos como el urinario, inicialmente atribuido a la baronesa Elsa von Freytag-Loringhoven). Posteriormente, Warhol serializó la imagen bajo la lógica del consumo, iniciando una deriva hacia la banalización. En el arte contemporáneo, acciones como exponer latas de desechos humanos, tiburones en formaldehído o esculturas invisibles confirman este movimiento perpetuo, aunque a menudo parezcan agotarse en el propio gesto efímero. Aun así, persisten obras de gran potencia crítica, como las de Marina Abramović o la complejidad conceptual de Hito Steyerl, que logran hibridar la vanguardia con la profundidad.
En la música, la ruptura del canon convirtió el ruido y el silencio en categorías estéticas. Desde que John Cage afirmó que el silencio no existe –pues siempre late el pulso del entorno–, la historia sonora ha sido una evolución constante: la espiritualidad del gospel mutó en el country, mientras que el jazz y el rock allanaron el camino hacia el brillo sintético de la música disco. En las últimas décadas, el pulso se ha desplazado hacia el síncope del reggae y la crudeza del rap, derivando en la actual hegemonía global del reguetón y el dembow. Aunque esta evolución ha priorizado el impacto inmediato y la repetición sobre la arquitectura melódica, no ha erradicado del todo la experimentación: aún existen productores que integran capas rítmicas sofisticadas con exploraciones emocionales.
Es aquí donde mi capacidad de asimilación encuentra su límite. Puedo entender la ruptura, el azar e incluso la banalidad como formas de protesta, pero me cuesta aceptar plenamente el fenómeno de Bad Bunny. En sus inicios, su propuesta priorizaba el impacto rítmico sobre la complejidad melódica, empleando el autotune más como marca estilística que como corrección técnica. Aunque en álbumes posteriores, como Un verano sin ti (2022), ha incorporado una mayor diversidad armónica y letras con cierta densidad narrativa, el núcleo de su sonido sigue anclado en una arquitectura reduccionista que privilegia la inmediatez sobre la síntesis poética tradicional.
Si el arte es una búsqueda de sentido, este fenómeno parece, en parte, una aceptación del ruido como fin en sí mismo. Su éxito no radica en la virtuosidad académica, sino en una instintiva capacidad para el marketing cultural y una autenticidad que conecta con la era de la inmediatez. Ha democratizado el acceso a la fama, validando una estética de lo cotidiano que resuena en una generación que rechaza los filtros pretenciosos. Su vocabulario, a menudo directo y agresivo, se percibe como una transgresión liberadora en un mundo saturado.
El hecho de que esta aproximación constituya hoy la máxima representación de la música popular señala un cambio de paradigma: la industria premia la capacidad de convertir el ritmo en un producto viral. Es inevitable preguntarse si Umberto Eco fue más lúcido que profético cuando advirtió sobre la «invasión de los necios»: las redes sociales otorgan derecho de palabra a legiones de personas que antes solo hablaban en la barra del bar sin dañar a la comunidad y que ahora reclaman el mismo peso que un premio Nobel. En esta horizontalidad absoluta, la jerarquía del talento se diluye en el estrépito. ¿El mundo contemporáneo, representado en la opulencia de un Super Bowl, contiene una clave de lectura que se nos escapa o simplemente asistimos a la institucionalización de la simplificación masiva?
Sin embargo, debo admitir que, a pesar de mi escepticismo, disfruté del espectáculo. Hubo algo en su carga simbólica que me pareció oportuno: esa ruidosa reivindicación de la identidad latinoamericana. En un contexto geopolítico en el que parecen cobrar fuerza versiones anacrónicas de la Doctrina Monroe, la irrupción de esta figura –ajena a cualquier idealismo quijotesco, pero imponente en su presencia– funcionó como una respuesta visceral y un muro de contención cultural. Su presencia en el corazón del imperio, sin traducir su lengua ni suavizar su idiosincrasia, constituye un acto de afirmación que trasciende sus propias limitaciones formales.
Es la paradoja de nuestro tiempo: lo que desde el rigor técnico tildamos de simplista, en el plano de la resistencia simbólica se convierte en un acto de soberanía. Ver cómo una lengua se impone en los epicentros del poder anglosajón es un triunfo identitario que logra convivir con mis dudas sobre su excelencia estética. Quizás, después de todo, el arte no solo se mide por su arquitectura formal, sino también por su capacidad para actuar como escudo y lanza ante el empuje de quienes aún consideran nuestras geografías mestizas como su patio trasero. En esta tensión reside, quizá, su mayor fuerza actual.
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Fernando Cabrera es poeta y académico. Posee un Doctorado (PhD) en Estudios de Español: Lingüística y Literatura. Maestría en Administración de Empresa e Ingeniería de Sistemas y Computación.