Siendo estudiante de literatura en la universidad yo había oído hablar mucho sobre la vida del escritor argentino Julio Cortázar, hasta que tuve mi primer encuentro con él. Aunque puede parecer un poco extraña esta vana pretensión mía fue así. Sobre todo porque este autor nunca viajó a la República Dominicana. Fue a través de un ejemplar de la revista “Ahora!’’, un medio que circulaba semanalmente en Santo Domingo, en la que encontré un texto bajo el título ‘’Julio Cortázar habla de los cuentos’’. Lo que leí a continuación era una entrevista que le hacía un periodista extranjero y se reproducía en el medio ya citado. De inmediato descubrí  en sus respuestas que el escritor tenía una  clara visión del género y advertía que el cuento, a diferencia de cualquier otro medio de expresión literaria, se sustentaba en trampas verbales y estructurales que atan a los lectores a la silla hasta hacerlo participar de la aventura narrada, y que todo buen cuento deberá estar dotado –advertía el autor– de una significación que rebase las propias palabras, en un mero ejercicio de dialéctica literaria, no importa el tema a elegir, ya que no hay temas malos ni temas buenos, seguía apuntando Cortázar: lo que hay es buen tratamiento del tema y mal tratamiento del tema.

Para Cortázar, el cuento debe escribirse de una sola vez. Es un aquí que exaspera el teclado a todo dar, en tanto que el escritor debe colocar cada pieza en su justo lugar y debe crear un vasto universo en la memoria de los lectores hasta hacerlo vacilar entre la realidad y la fantasía. En última instancia dice: ‘’el cuento se mueve en ese plano del hombre donde la vida y la expresión escrita de esa vida libran un batalla fraternal y el resultado de esa batalla es el cuento mismo, una síntesis viviente a la vez que una vida sintetizada, algo así como un temblor de agua dentro de un cristal, una fugacidad en una permanencia’’.

Luego cayó en mis manos un ejemplar de Ceremonias, editado por Seix Barral, un libro que reúne dos colecciones de sus relatos más importantes: Final del Juego y Las Armas Secretas. Desde esa época no dejo de leer sus cuentos y de estudiar su literatura en la que hay ciertas complicidades secretas entre lo que escribe y los lectores. De ahí que algunos críticos advierten una huella digital en su escritura. En este trayecto sí he descubierto algo que de verdad me asombra: inmediatamente después de una lectura suya el lector queda como fecundado, como contaminado de algo que nunca debió suceder pero que en definitiva sucedió. Por eso fue que el escritor uruguayo Mario Benedetti llegó a afirmar que Julio Cortázar es un escritor para lectores machos. Yo digo lo contrario: Cortázar es un escritor para lectores hembras. Sus fantasías narrativas dejan en la memoria esa sensación de sabiduría vital propia de los escritores clásicos, aquellos cuyos sueños y laberintos, extraídos de lo más hondo del alma humana, perduran en la memoria de los lectores como una mancha indeleble a través del tiempo.

En todo este devenir, se ha descubierto que la obra de Julio Cortázar es una de las más estetizantes revoluciones de la narrativa latinoamericana del siglo XX.  Poner de manifiesto su vanguardismo a ultranza, en el que planteó sus concepciones sobre la poética narrativa, le valió “el tardío reconocimiento de los lectores y de la crítica’’. Sobre todo porque, en ese momento, la literatura latinoamericana no tenía registros de corrientes extremas y mucho menos de la arriesgada revolución del lenguaje de la que fue capaz.  Los cuentos de Cortázar son dueños de una atmósfera lúdica, en la que poesía e ironía se conjugan para crear el universo de un juego tramposo, cuyas reglas los lectores desconocen y no tienen salida posible, sino la de hacerse cómplices de aquellos ritos, de aquellas las manías inasibles de personajes degradados por la náusea y las complicaciones de la vida moderna. En ese sentido, se puede citar cualquier texto suyo, pero me parecen emblemáticas las audacias formales de Rayuela, Bestiario, El Río, La autopista del sur, Historia con migalas, Las armas secretas y No se culpe a nadie. O como apunta muy bien Mario Vargas Llosa en el prólogo a sus cuentos completos editados por Alfaguara (1994), cuando afirma: ‘’Esa libertad que tenía para violentar las normas establecidas de la escritura y la estructura narrativa, para reemplazar el orden convencional del relato por un orden soterrado que tiene el semblante del desorden, para revolucionar el punto de vista del narrador, el tiempo narrativo, la psicología de los personajes, la organización espacial de la historia y su ilación’’ (pág 23). Advierte el autor que “gracias a Rayuela aprendimos que escribir era una manera genial de divertirse, que era posible explorar los secretos del mundo y del lenguaje pasándola muy bien, y que, jugando, se podía sondear misteriosos estratos de la vida vedados al conocimiento racional, a la inteligencia lógica, simas de la experiencia a las  que nadie puede asomarse sin riesgos graves, como la muerte y la locura’’ (pág. 25).

Julio Cortázar fue un polemista rabioso y personalidad de una vasta cultura. Uno de los teóricos más finos de la literatura latinoamericana del siglo XX, capaz de abordar los temas más insospechados. Escribió varios libros de cuentos, innumerables ensayos, novelas, cartas y libros de viajes como Autonautas de La Cosmopista –un famoso recorrido que hiciera desde París a Marsella con su esposa de entonces, la canadiense Carol Dunlop–, confirman la labor escritural de un hombre que amó intensamente la vida, la política y el arte en todas sus dimensiones: La música (se consideraba un melómano), la pintura y el cine. Cortázar fue un humorista fino: ahí están las Historias de Cronopios y de Famas. Fue un creador de tramas desconcertantes y de mundos absurdos.  En su pequeña obra maestra que lleva por título Axolotl, se cuenta la historia de aquel hombre que iba todas las tardes al Acuario del jardín des Plantes en París a contemplar a una especie mexicana de peces: los Axolotl; esos peces ejercían tanta fascinación en este personaje, que se quedaba horas enteras mirándolos, observando sus rituales y sus “oscuros movimientos’’. Y, de tanto mirarlos ya, él, el narrador protagonista, se imaginaba dentro de la pecera. Siendo él, se imaginaba ser un Axololt que miraba al hombre fuera de la pecera pero que, en definitiva, era él mismo. “Mi cara estaba pegada al vidrio del acuario, mis ojos trataban una vez más de penetrar el misterio de esos ojos de oro sin iris y sin pupila. Veía muy de cerca la cara de un axolotl inmóvil junto al vidrio. Sin transición, sin sorpresa, vi mi cara contra el vidrio, en vez del axolotl vi mi cara contra el vidrio, la vi fuera del acuario, la vi del otro lado del vidrio. Entonces mi cara se separó y yo comprendí. Sólo una cosa era extraña: seguir pensando como antes, saber. Darme cuenta de eso fue en el primer momento como el horror del enterrado vivo que despierta a su destino. Afuera mi cara volvió a acercarse al vidrio, veía mi boca de labios apretados por el esfuerzo de comprender a los axolotl. Yo era un axolotl y sabía ahora instantáneamente que ninguna comprensión era posible. Él estaba fuera del acuario, su pensamiento era un pensamiento fuera del acuario. Conociéndolo, siendo él mismo, yo era un axolotl y estaba en mi mundo’’.

Collage de Romina Cazón

Estamos en presencia de un antropomorfismo al mejor estilo kafkiano. Hablando de que un hombre que de repente se ha trasformado en un pez. Precisamente a ese cambio inhabitual de la naturaleza humana.  A esa metamorfosis es a lo que Mario Vargas Llosa le llama muda del nivel de realidad. Una mutación que se consolida en la mente del lector y crea a su vez un tiempo diferente y un pensamiento diferente en la psiquis profunda del personaje. Esa aptitud cortazariana de apelar a la violación de las leyes naturales para trasladarnos a lo no convencional, a lo estrictamente sobrenatural, no es casual. En Clases de literatura (Alfaguara 2013), Cortázar nos habla de su labor escritural cuando dice lo siguiente:  “Casi todos los cuentos que he escrito pertenecen al género llamado fantástico por falta de mejor nombre, y se oponen a ese falso realismo que consiste en creer que todas las cosas pueden describirse y explicarse como lo daba por sentado el optimismo filosófico y científico del siglo XVIII, es decir, dentro de un mundo regido más o menos armoniosamente por un sistema de leyes, de principios, de relaciones de causa y efecto, de psicologías definidas, de geografías bien cartografiadas, han sido algunos de los principios orientadores de mi búsqueda personal de una literatura al margen de todo realismo demasiado ingenuo.’’ (pág 66)

En los mejores ejemplos de la obra cortazariana lo fantástico no está sujeto al sometimiento de lo milagroso, ni a la existencia del mito como un imperativo de las leyes naturales, mucho menos a las leyes de la rigurosidad como realidad que se impone de manera violenta.  Su mundo va más allá, porque explora rigurosamente el plano de la ficción y es a esa ley, a ese juego innominado de lo imaginario posible, al que el universo de su literatura somete a los lectores. Por ejemplo, en La noche bocarriba, otra de sus obras maestras, Cortázar explora una nueva modalidad de lo fantástico. En Clases de Literatura (Alfaguara 2013), explica el mecanismo de manera más detallada: La noche bocarriba es casi un sueño y es quizás todavía más complejo. Tuve un accidente de motocicleta en una calle de París en el año 1953. Como verán, los sueños han sido pues uno de los motores principales de mis cuentos fantásticos y lo seguirán siendo” (pág 65),  como lo fueron para Franz Kafka y para Robert Louis Stevenson.

Tzvetan Todorov es bastante claro en su Introducción a la literatura fantástica (Paidós 2011), cuando refiere que el plano de lo fantástico opera de varias maneras: “En primer lugar, es necesario que el texto obligue al lector a considerar el mundo de los personajes como un mundo de los personajes vivientes y a vacilar entre una explicación natural y una explicación sobrenatural de los acontecimientos evocados. Luego esta vacilación puede ser sentida también por un personaje’’. (Pág. 32)

Veamos este caso: un hombre sufre un aparatoso accidente en una motocicleta y es trasladado a un hospital cercano de la ciudad. Desde el accidente hasta el hospital estamos en el plano de lo real, sin embargo, en el hospital va sufriendo sucesivas pesadillas producto de la fiebre, que lo trasladan a diferentes escenarios de la selva mexicana. Se duerme y entra en la situación de ser un indio mexicano huyendo en plena noche y está siendo perseguido por unos caníbales. Como en los sueños las cosas no tienen explicación posible, él es un indio de la tribu de los motecas. El moteca se siente perseguido por los aztecas, que han entrado en un período importante de su civilización que se conoce como la guerra florida: Llega un momento en que para ofrecer sacrificios a sus dioses, los aztecas persiguen a sus enemigos, los capturan vivos los envuelven en flores y los guardan en una mazmorra, al otro día les arrancan el corazón y se lo comen.

Para un lector no avezado es muy difícil percibir estos cambios del nivel de realidad, porque la maestría del lenguaje en la que narra Cortázar es tan sutil y crea una atmósfera tan envolvente que apenas uno la percibe. Lo que quiero significar aquí es que en este cuento la vacilación también se apodera del personaje en un momento en que la trama va ganado terreno tanto en el lector como en el protagonista. Lo que no hay es solución de continuidad para la vida real del personaje, porque de lleno está metido “en un pasado remoto y feroz de dioses sangrientos que deben ser saciados por víctimas humanas’’. Veamos la parte final del cuento: “Alcanzó a cerrar otra vez los párpados, aunque ahora sabía que no iba a despertarse, que estaba despierto, que el sueño era maravilloso había sido el otro absurdo como todos los sueños, un sueño en el que había andado por extrañas avenidas de una ciudad asombrosa, con luces verdes y rojas que ardían sin llamas ni humo, con un enorme insecto de metal que zumbaba bajo sus piernas. En la mentira infinita de ese sueño también lo habían alzado del suelo, también alguien se le había acercado con un cuchillo en la mano a él tendido bocarriba, con los ojos cerrados entre las hogueras”. (Ceremonias, pág 77).  Lo que implica que en lo fantástico hay una inversión de la realidad, pues en la vida real él era un indio moteca que había soñado dar un paseo en motocicleta por las calles de París.

En Casa tomada, primer cuento de la colección Bestiario y uno de los más antologados del autor, la casa está habitada por dos hermanos que han contraído matrimonio, un acontecimiento contrario a las leyes de la lógica (toda vez que sabemos que se han embarcado en unas relaciones incestuosas). Una situación que de inmediato modifica la conciencia del lector, y que al mismo tiempo que los personajes debe sentir el horror del incesto. Sin embargo, amén de que en los hechos cotidianos el cuento está contaminado con la idea del absurdo (toda vez que se sabe que dos hermanos no pueden contraer matrimonio). El absurdo se complementa con la aparición de unos fantasmas que van tomando la casa por partes. La significación de lo fantástico irrumpe aquí en un cambio tempo-espacial. Hechos en los que se involucra a los lectores, los personajes y el narrador. Al final, la sola aparición de un elemento inesperado –como cuando los fantasmas toman la última parte de la casa– es una muestra de que estas vidas, al igual que la del hombre moderno, viven sometidas al universo del azar, y con esto el autor se acerca a la idea de Ortega y Gasset: “hay una hora en la que se anhela ser uno mismo y lo inesperado’’, lo que implica que en  este cuento los personajes de Cortázar, como casi todos los personajes de la vida moderna, deslindan en aventuras imprevisibles, de las que ellos no tienen el menor de los dominios.

El territorio de lo absurdo en Cortázar como clave efectiva de lo fantástico es bastante amplio y variado por sus múltiples efectos contaminantes. Tenemos que la simple violación del drama de lo netamente cotidiano y real hasta la anulación de la razón. Se parte de la idea de que no sabemos cuándo estamos en el plano de lo real y cuándo estamos en el plano de la fantasía. En Las ménades se cuenta la historia de un concierto musical que, de buenas a primeras, se convierte en tragedia y muerte, cuando los músicos y el director de la orquesta terminan devorados por un público pletórico de emoción.   Podemos encontrarnos también con tramas altamente desconcertantes como la del hombre que vomita conejitos mientras le escribe una carta a su amiga desde Argentina a París, en Cartas a una señorita en parís. El hombre que está leyendo una novela y sin saberlo se convierte en secreto protagonista de la propia historia que lee en Continuidad de los parques, o mejor, el acto canallesco de Luís quien, estando en París, se casa con su cuñada Laura y cuyo fantasma sugerido del hermano aparece en cada carta que le envía su madre desde la Argentina en Cartas de mamá.

En estos cuentos, Cortázar –que siempre fue un agudo observador del drama del hombre moderno– examina de manera minuciosa los vericuetos de la falsa moral de los hombres. Explora con perspicacia la suciedad de las almas humanas y su trágico destino ante lo insignificante de la vida cotidiana como producto de un juego tramposo y macabro. Sin embargo, estos juegos, estos motivos y azares son vasos comunicantes que nos trasladan al mundo de los cronopios (palabra inventada por él) y de los famas, seres citadinos quienes desde el lado de lo absurdo se niegan a ser parte de toda lógica posible, mientras tanto el autor los acompaña desde el ámbito de la burla, el sarcasmo y la ironía como en las más divertida de las comedias bufas. Finalmente, yo creo que, salvo casos excepcionales, ningún escritor latinoamericano ha explorado tanto como Julio Cortázar las posibilidades de una imaginación abierta y desenfrenada desde la más alta concepción de la libertad creativa y estética.

Bibliografía consultada

  • Cortázar, J. (1990). Ceremonias. Seix Barral. Madrid
  • Cortázar, J. (2013). Clases de literatura. Alfaguara. México D.F.
  • Todorov, V. (2011). Introducción a la literatura fantástica. Paidós. Buenos Aires.
  • Vargas Llosa, M. (1994). Prólogo a los Cuentos completos de Julio Cortázar. Madrid, España

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Eugenio Camacho. Escri­tor y cuen­tista. Nació en Moca, Repú­blica Domi­ni­cana. Ade­más de haber estu­diado dere­cho y edu­ca­ción, tiene maes­trías en Len­gua y lite­ra­tura y Edu­ca­ción Supe­rior por la Uni­ver­si­dad Autó­noma de Santo Domingo.