Querido público, dos puntos.

Muchas gracias por venir, coma.

Maestro Juan Luis Guerra,

Lo que quisiera compartir con ustedes en este breve momento es lo que ha significado la obra de Juan Luis Guerra para quienes la descubrimos fuera de la República Dominicana. Juan Luis Guerra logró algo trascendental al resolver un problema histórico. Y para explicarlo, permítanme comenzar con una anécdota.

Cuando yo era estudiante de música, coincidencialmente en la misma universidad donde estudió el Maestro, vivía en una planta baja. Una noche, a la una de la madrugada, una amiga italiana tocó mi ventana. Me levanté extrañado y le pregunté qué pasaba. “Cesare, ¿tú podrías enseñarme a bailar música latina?”, me dijo. “Claro, pero … ¿en este momento?”, respondí. “No, cuando tú quieras. No quiero molestar”, aclaró, y se fue muy tranquila.

Pero yo me quedé intranquilo y desvelado, incluso un poco preocupado, no por tener que enseñarle a bailar, sino porque debía decidir cuidadosamente qué música utilizar. Sabía que lo que escogiera se convertiría para ella en la carta de presentación de toda la música latinoamericana.

Porque si bien para los latinoamericanos un colombiano no se parece a un argentino, ni a un cubano, ni a un venezolano, en muchas partes del mundo todos somos sencillamente “latinos”. Una generalización que tiene cierto fundamento, pues compartimos raíces muy profundas. Claro que a veces se pasan. Por ejemplo, hace poco en los Estados Unidos un señor tocaba un tango precioso con su bandoneón cuando una señora, emocionada, empezó a gritar: “¡Ándale, ándale, arriba!… ¡Ole!”.

Sí, la señora estaba un poco confundida. Pero hay una confusión más delicada, y es la nuestra, porque los latinos hemos estado históricamente confundidos. Para empezar, Latinoamérica nace con un malentendido geográfico: los españoles llegaron aquí creyendo que estaban en la India. Es decir que nuestra historia comienza sin siquiera saber dónde estábamos parados. Luego, América se llenó de fantasías y espejismos producto del imaginario europeo.

Después viene el proceso de mestizaje en el que conviven tres realidades: la española, la indígena y la africana, que estarán en desacuerdo y en pugna, y que terminan creando la compleja realidad cultural de América Latina. Pero lo crucial es que este mestizaje es sobre todo cultural, más allá de la sangre, porque todos llevamos dentro algo de lo europeo, de lo indígena y de lo africano.

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Homenajeado, autoridades y público

Por eso en nuestros países es tan natural ver a un blanco bailando al ritmo de los tambores, algo que no sucede con la misma espontaneidad, por ejemplo, en Suiza o Alemania, sencillamente porque son otras culturas. Aunque dicen que todo el mundo tiene el ritmo en la sangre, pero también sabemos que hay quienes tienen problemas de circulación.

Y, por si fuera poco, encima de todo esto se nos implanta una idea: que lo más avanzado, lo mejor a lo que podemos aspirar, es parecernos a Europa. Con el tiempo, esto se traduce en creer que lo de buena calidad es importado y lo nacional es de segunda categoría. Este es un golpe devastador para la autoestima de una cultura, de un país y de cada uno de nosotros, porque un día despertamos y caemos en cuenta de que nosotros mismos somos “lo nacional”. Y si la única forma de tener valor es pareciéndonos a algo que no somos, estamos hablando del camino seguro hacia el fracaso.

¿Qué tiene que ver todo esto con Juan Luis Guerra? Mucho. Él emprendió una verdadera expedición musical en la que recopiló tesoros con los que construyó, desde las raíces de la cultura dominicana, un modelo de identidad para toda Latinoamérica: la identidad mestiza en su mejor expresión. Esa que reconoce sus orígenes, se nutre del progreso y pertenece plenamente a nuestro tiempo.

¿Y cuál fue ese viaje? Fue un viaje musical que comenzó cuando, de niño, escuchaba bachata en la radio camino al colegio. Ahí se sembró una semilla. Luego llegaron la poesía hecha canción de Silvio Rodríguez y Pablo Milanés, y la voz social de Rubén Blades. Después vinieron los Beatles –porque de los Beatles no se escapa nadie– y el conservatorio, que representa toda esa vena europea tan esencial en nuestra cultura.

Más tarde, al irse a estudiar a Boston, se sumergió de lleno en el jazz, esa meca para tantos músicos que ofrece un lenguaje profundo, elaborado y lleno de complejidades exquisitas. Pero el jazz responde a otro hilo cultural, el de un país distinto, con otra Europa –la británica– y otra raíz africana que creció en los cantos de trabajo de los campos de algodón, evolucionó en blues, soul, gospel y rock and roll, hasta alcanzar las proezas más impensables del jazz. Una historia hermosa, sí … pero la historia de otros.

Juan Luis vuelve con todo ese bagaje cultural y decide que va a ser nacional con calidad de importado. Pero esto no pasó de un día para otro. Fue un proceso de búsqueda. Primero trae el mundo del jazz y las sofisticadas armonías vocales de Manhattan Transfer a la tradición dominicana, cuando crea ese maravilloso arreglo de “Feliciana”. Después, fascinado por el fraseo del saxofón, compone “Soplando”, un tributo donde habla de digitaciones, rearmonizaciones y escalas con la pasión de quien ama profundamente ese instrumento. Sublime y hermoso, sí, pero escrito en un lenguaje técnico que solo los músicos y entendidos podían descifrar.

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Juan Luis Guerra, su esposa Nora, la primera dama de la República Raquel Arbaje, el canciller de la República y los panelistas

Entonces vino el quiebre.

Y decidió hablarles a todos, pero sin renunciar a la excelencia, y empezó a dignificar lo propio con herramientas universales. Ahí fue cuando dijo “Ella dice que me quiere, y que sin mi amor se muere …” y todo coreamos al unísono: “Gracias a la vida por tenerte”.

Fíjense, en el mundo cultural a veces nos topamos con la soberbia intelectual, la del artista pretencioso que, convencido de su superioridad, concluye que el público no está a su nivel. Entonces crea obras deliberadamente incomprensibles para confirmar su tesis, refiriéndose a lo “comercial” como si fuera algo despreciable.

Juan Luis Guerra tuvo la inteligencia, la sabiduría y la humildad de mirar al público con respeto. Y sin subestimarlo, le creó un traje musical a su medida, sofisticado pero accesible, sin sacrificar jamás la calidad. Demostró que lo popular no tiene por qué ser mediocre, y que la excelencia no tiene por qué ser elitista. Partió de algo muy simple. Para que el público valore al artista, el artista debe primero valorar al público. Así fue como tomó los avances culturales del mundo y los incorporó a nuestra historia.

Y el resultado fue explosivo, tan contundente que desbordó los límites de la isla. Cuando afuera lo escuchamos por primera vez pasó algo extraordinario, y fue que aun sabiéndolo profundamente dominicano, todos nos sentimos identificados. Y mientras él se iba haciendo universal, nosotros nos íbamos volviendo un poco dominicanos.

Por eso fue tan importante elegir a Juan Luis Guerra como carta de presentación de Latinoamérica cuando le fui a enseñar a bailar a mi amiga italiana. Por cierto, ella no solo aprendió a bailar muy bien, sino que años después me llamó para decirme: “Cesare, me estaba acordando de ti, porque tú fuiste quien me enseñó la música de Juan Luis Guerra, y acabo de grabar con él una canción para su nuevo disco”. Resulta que mi amiga, Chiara Civello, se convirtió en una de las pocas mujeres ajenas a la agrupación que ha tenido el honor de grabar junto al Maestro en uno de sus discos.

¿Qué problema histórico resolvió entonces? ¡Nos sacó de la confusión! Nos demostró que el mestizaje es una potencia, pero que hay que abrazarlo en su totalidad. Que no tenemos que parecernos a nadie. Cambió la pregunta “¿cómo nos parecemos a ellos?” por “¿cómo somos la mejor versión de nosotros mismos?”. Y al responderla, nos demostró lo mucho que nos parecemos entre nosotros. Logró con su música lo que tantos luchadores y libertadores soñaron: unir a todos los pueblos hispanos bajo un mismo techo. Con la diferencia de que este es un techo hecho de canciones… y de burbujas de amor.

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César Muñoz, escritor y divulgador musical, estudió en la Berklee Music School en Boston. Es también comunicador.