Hubo un tiempo en que el mar Caribe, vasto y adornado de islas como un collar de perlas rotas, fue escenario de sinfonías naturales —el oleaje, los vientos alisios, las voces del cacao y del ron fermentando en tinajas— que aguardaban, desde siglos atrás, un oído capaz de convertirlas en música humana. De ese silencio preñado de ritmos surgió, con la exactitud tardía de los astros, la música de Juan Luis Guerra: un milagro de equilibrio entre lo culto y lo popular, entre el salmo y el tambor, entre el ingenio de la letra y la transparencia de la emoción.

No se entiende su obra, con todo, si acaso la excluimos de la gran tradición americana del asombro; esa que, desde los taínos que soplaban caracolas, hasta los negros que templaban cueros bajo la luna, fue acumulando los materiales de un porvenir musical. En Santo Domingo —donde la historia parece sonar en compases alternos de esplendor y naufragio— nació el joven que habría de unir el merengue y el bolero con la arquitectura tonal aprendida en las aulas de Berklee, para luego devolverlos al mundo con el sello de un Caribe espiritualizado.

Nada más ajeno al arte de Juan Luis Guerra que el simple entretenimiento. Su música no distrae: más bien, enaltece. En ella vibra la gramática del asombro americano, la tierra que canta a través de sus pueblos; adonde lo maravilloso no es invención ni artificio, sino sustancia de lo cotidiano. Así lo atestiguan los azules y amarillos de *Ojalá que llueva café*, donde una lluvia mítica de fresas y miel redime las sequías de un país y de un tiempo. Aquello no era metáfora, sino profecía del pan compartido.

Sus inicios fueron modestos y casi litúrgicos. Hijo de un educador y de una pianista, creció entre los himnos de la iglesia y los pregones de la calle. Estudió filosofía antes de entregarse a la música, y cuando viajó a Boston (a esa catedral sonora llamada Berklee) descubrió que el Caribe podía medirse con el pentagrama del jazz y que las síncopas del merengue contenían una sabiduría ancestral no menos compleja que las fugas de Bach. Y volvió a su isla con una convicción de profeta: también con el tambor podía hacerse teología. Con 440 (nombre que alude a la frecuencia sonora del “La”, símbolo exacto de afinación universal) comenzó, entonces, a cincelar su propio recinto expresivo.

Cada disco era un retablo en el que convivían la bachata, el son, el bolero y la poesía. En sus letras había el aliento de un predicador ilustrado y la ironía de un juglar urbano. En *Bachata rosa*, el erotismo y la elegancia se fundieron en un lenguaje sin precedentes; en *Areíto*, el artista volvió la mirada hacia las raíces indígenas y africanas, convocando los espíritus del tambor mayor y los ancestros del canto colectivo.

Aunque es en la estructura de su música donde emerge el verdadero artificio del Caribe profundo: esa capacidad de elevar lo popular a categoría de rito. Sus arreglos, complejos y transparentes, son arquitecturas sonoras en las que cada trompeta y cada coro obedecen a un principio de orden cósmico. Como en los templos coloniales del trópico, donde el dorado barroco no era lujo sino fervor, en sus canciones el exceso es armonía, la abundancia es medida y la devoción es euritmia.

Juan Luis Guerra pertenece a esa estirpe de creadores que devuelven al arte su sentido original: el de testimoniar una visión del mundo. En su caso, una mirada del Caribe como espacio metafísico, donde el gozo y la tristeza conviven con naturalidad; y en la que el baile es, al mismo tiempo, oración y conjuro. Sus canciones han cruzado los océanos sin renegar del origen; como esos árboles de manglar que, hundiendo raíces en la sal, levantan su verde intacto hacia el sol.

Y hay en su figura, además, un misterio de equilibrio: un hombre profundamente religioso, pero de una fe abierta a la belleza; un músico de multitudes que compone en silencio; un dominicano universal cuya humildad parece desafiar la lógica del éxito. Ha hecho de la música un ministerio del alma y del cuerpo, reconciliando las pulsiones del tambor africano con la verticalidad de la plegaria cristiana. En esa síntesis reside su genio y su legado: haber descubierto que el destino del Caribe no sería imitar, sino revelar al mundo su originalidad.

Cuando en sus conciertos la multitud canta al unísono, no se asiste a un espectáculo, sino a una ceremonia de identidad. Allí el Caribe se reencuentra consigo mismo y se reconoce en su palabra, en su cadencia, en su milagrosa alegría. Es el mismo pueblo que un día inventó la güira y la tambora para domesticar el tiempo; y que hoy, guiado por la música de uno de los suyos, se contempla en un espejo sonoro de esplendor y dignidad.

Juan Luis Guerra no ha hecho otra cosa que escuchar: al viento del trópico, a las campanas del alma, a las voces antiguas que todavía susurran bajo las ceibas. Y de esa percepción ha brotado un arte que, más que música, es una manera de entender el mundo: el Caribe como partitura, la historia como ritmo y la fe como acorde mayor.

Porque, en definitiva, hay en su música una conciencia del tiempo americano: ese devenir cíclico y voluptuoso en que la historia, el mito y la melodía se abrazan en un mismo compás. Escuchar a Juan Luis Guerra es oír al continente que despierta; es asistir, deslumbrados, a la reaparición de lo real maravilloso del Caribe.

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Pedro Delgado Malagón, ensayista y columnista de múltiples revistas y diarios dominicanos; catedrático universitario y autor de Turismo dominicano: 30 años a velocidad de crucero (2018).