La decisión de dedicar la XXVIII Feria Internacional del Libro Santo Domingo 2026 a José Mármol constituye mucho más que un reconocimiento institucional: es la confirmación pública de la importancia de una obra que, durante más de cuatro décadas, ha transformado de manera decisiva la poesía dominicana contemporánea. La escogencia de Mármol fue aprobada unánimemente por la Comisión de Selección del Autor Homenajeado, y reconoce precisamente la dimensión poética, intelectual y crítica de una trayectoria que ha desbordado los límites de la literatura para instalarse en el territorio más amplio del pensamiento.

Este homenaje resulta particularmente significativo porque Mármol pertenece a una generación que modificó el curso de la poesía dominicana. Su aparición en los años ochenta supuso una ruptura con determinadas formas de poesía de expresión ideológica, y abrió el poema hacia una zona donde pensamiento, lenguaje, filosofía, experiencia existencial y conciencia de la escritura comenzaron a convivir de una manera nueva. El propio itinerario bibliográfico permite advertir esa transformación: El ojo del arúspice (1984), Encuentro con las mismas otredades I (1985), Encuentro con las mismas otredades II (1989), La invención del día (1989), Lengua de paraíso (1992), Deus ex machina (1994) y posteriormente Criatura del aire (1999), Torrente sanguíneo (2007), Lenguaje del mar (2012), entre otros títulos.

Leer la poesía de Mármol desde sus comienzos hasta su madurez implica, por tanto, seguir una aventura del lenguaje. No se trata solamente de observar cómo cambian sus temas, sino de comprender cómo el poema va modificando su propia arquitectura para poder pensar aquello que quiere decir. En Mármol la sintaxis nunca es un simple procedimiento formal: es una manera de representar la crisis, la incertidumbre y la búsqueda del ser. La frase se rompe cuando el mundo que intenta nombrar también aparece roto; la continuidad verbal se interrumpe porque la conciencia no posee una continuidad absoluta. De ahí que desde sus primeros textos pueda hablarse de una poesía donde la fractura sintáctica funciona como correlato de una fractura ontológica.

El ojo del arúspice, publicado en 1984, constituye el punto de partida de esa aventura. El título mismo anuncia una concepción visionaria del poeta: el arúspice era aquel que interpretaba las entrañas para encontrar en ellas signos del porvenir. Mármol convierte esa imagen en una metáfora de la poesía: mirar hacia dentro para intentar descubrir aquello que permanece oculto en la existencia.

En este primer Mármol resulta evidente la proximidad espiritual con César Vallejo. No se trata de una imitación superficial ni de una reproducción de su léxico, sino de una afinidad más profunda: la posibilidad de utilizar la fractura del lenguaje para expresar la fractura del ser. Vallejo había demostrado que la sintaxis podía convertirse en territorio de la angustia, que la gramática podía quebrarse cuando el sujeto se encontraba ante la muerte, el dolor, el tiempo o la imposibilidad de comprender la existencia. Mármol recoge esa lección y la transforma desde su propia circunstancia histórica, filosófica y caribeña.

Por eso El ojo del arúspice es un libro de densidad verbal, de asociaciones inesperadas, de desplazamientos semánticos y de una sintaxis que, en determinados momentos, parece caminar al borde de su propia disolución. La muerte, el dolor, la infancia, el tiempo, la memoria, el desamparo, la certeza y la incertidumbre constituyen algunos de los grandes núcleos de esa primera escritura. Pero todos ellos convergen en una pregunta mayor: ¿qué puede conocer el hombre de sí mismo cuando el lenguaje que utiliza para conocerse también es inestable?

 

fragmentación adrede y no solo ready made con la

                                                                             palabra

estacionaria sombra del artista contra el agua.

 

Aquí comienza una de las características fundamentales de toda la obra de Mármol: el poema no es simplemente el lugar donde se expresa un pensamiento; es el lugar donde el pensamiento se produce. De ahí que su poesía pueda ser entendida como una auténtica poesía del pensar. La crítica ha señalado justamente esa integración entre pensamiento y sensibilidad, escritura y reflexión, lenguaje y conceptualización.

En Encuentro con las mismas otredades I, publicado en 1985, se produce una modificación importante. El lenguaje conserva su densidad, pero adquiere una mayor movilidad coloquial. La poesía comienza a incorporar con mayor intensidad la ciudad, la cotidianidad, la soledad, el tedio y la experiencia concreta. El sujeto poético ya no se encuentra únicamente frente a las grandes interrogaciones metafísicas: está también frente a los objetos, los cuerpos, las habitaciones, las calles, los días que transcurren.

 

en mi antigua casa de palos pintados con verde y azul

voces de padre y madre en las noches lluviosas de diciembre

coronaban la hora de completas diciendo

la pobreza es en este hogar una virtud y una conquista.

 

El concepto de “otredad” resulta esencial. El otro no aparece simplemente como una persona distinta del sujeto, sino como aquello que revela al sujeto su propia incompletud. El yo se reconoce porque se encuentra frente a aquello que no es él. En este sentido, Mármol transforma la experiencia cotidiana en una experiencia ontológica: la ciudad, la mujer, la familia, la memoria, la habitación o el cuerpo se convierten en signos de una realidad que siempre remite a otra realidad.

En Encuentro con las mismas otredades II, publicado en 1989, esa exploración continúa y adquiere una mayor amplitud. La cotidianidad se vuelve materia metafísica. Los días, las costumbres, la ciudad, la pesadilla, el tiempo, la soledad, la nada y el ser aparecen vinculados por una conciencia que intenta encontrar una estructura secreta detrás de lo aparentemente ordinario. El poema deja de ser exclusivamente confesional para convertirse en una forma de interrogación.

La soledad, la ciudad, las voces de la calle y la incertidumbre se entrecruzan para llevarnos a lo más íntimo, a ese mundo interior donde aparecen el ser mismo y el otro.

Es también un recorrido por esas zonas de la experiencia cotidiana donde la ciudad deja de ser simplemente un espacio exterior y se convierte en una resonancia interior. Las voces, los encuentros, los desplazamientos y los silencios van construyendo una sensibilidad que recoge tanto la presencia del otro como la propia intimidad.

fui lo siempre otro todavía. a veces el pájaro. el canto. a veces el vuelo. el reposo. a veces el viento. el vacío. fui siempre lo mismo de jamás. por qué del sin porqué sin responderse.

En ese tránsito, la experiencia adquiere una dimensión profundamente humana: el yo, la ciudad, la calle y la soledad terminan revelando aquello que llevamos dentro, nuestras dudas, nuestras fragilidades y nuestra manera de relacionarnos con los demás. Es allí donde el mundo exterior y el mundo interior se tocan y donde la escritura encuentra su verdadera intensidad.

Y es precisamente entonces cuando aparece La invención del día, publicado en 1989 y ganador del Premio Anual de Poesía Salomé Ureña correspondiente a 1987.  Este libro representa una verdadera vuelta de tuerca en la trayectoria de Mármol. Aquí se consolidan la forma, el ritmo, la estructura y, sobre todo, los grandes hallazgos lingüísticos y semánticos que caracterizarán su madurez.

El título es revelador: La invención del día. El día no es simplemente una unidad cronológica; es algo que debe ser inventado por la conciencia. El tiempo deja de ser un escenario exterior y pasa a convertirse en materia poética. El sujeto vive dentro del tiempo, pero al mismo tiempo intenta detenerlo mediante la palabra. Es allí donde aparece una de las grandes paradojas de Mármol: escribir significa intentar conservar aquello que inevitablemente desaparece.

 

para qué preguntar por la salida si la entrada fue un don de lo desconocido. para qué los intentos por descifrar la vasta superficie de un milagro. para que presumir sabiduría y dominio. sabio es el viento que no tiene memoria. que solo cuando pasa es.

 

El amor, el cuerpo de la mujer, los viajes, el hogar, la infancia, el temor, la pesadilla, lo extraño y lo banal ingresan en este universo, pero nunca permanecen en su dimensión puramente anecdótica. Todo está atravesado por la conciencia del tiempo. La experiencia cotidiana se convierte en una forma de conocimiento de la existencia. El poeta parece preguntarse continuamente qué significa vivir cuando cada instante contiene ya la posibilidad de su desaparición.

En este punto puede percibirse una afinidad con Pedro Salinas: no tanto por una semejanza formal, sino por la manera en que el amor y la experiencia cotidiana pueden convertirse en instrumentos de conocimiento. En Salinas, la relación amorosa descubre una realidad que parecía oculta detrás de las apariencias; en Mármol, el cuerpo, el deseo y la memoria también funcionan como vías hacia una realidad más profunda. Pero mientras Salinas tiende a una celebración de la presencia amorosa, Mármol introduce con mayor insistencia la sombra de la pérdida, del tiempo y de la muerte.

 

tu cuerpo es un deseo de ti por todas partes. tu cuerpo es un imán tensando mis rodillas. eternidad de un día desde que borracho de urgencias me disuelvo. fugacidad con brazos para estrecharme a un fuego. tu cuerpo es una flor brotando de un espejo. un temor con esperma recogido en el vientre. tu cuerpo es la noche con su nada redonda. el sonido. el metal. la soledad.

 

Algo semejante ocurre con Roberto Juarroz. La cercanía no debe entenderse necesariamente como influencia directa, sino como convergencia de dos poéticas que hacen del poema un espacio de pensamiento. Juarroz convirtió la poesía en una exploración vertical de las relaciones entre palabra, realidad, vacío y conciencia; Mármol desarrolla una operación semejante desde una experiencia histórica y cultural dominicana, incorporando además el cuerpo, la ciudad, la soledad, la religión, el desamor y la problemática del deseo. La poesía de Juarroz, como la de Mármol, demuestra que pensar no significa abandonar la poesía: significa llevar el lenguaje poético hasta una zona donde la imagen comienza a producir conocimiento.

Lengua de paraíso, libro con el que obtuviera el Premio de Poesía Pedro Henríquez Ureña, de 1992, constituye otro momento decisivo. El título mismo plantea una tensión entre lenguaje y trascendencia. ¿Puede la lengua recuperar un paraíso perdido? ¿Puede la palabra nombrar aquello que se encuentra más allá de la palabra?

Aquí Mármol se aproxima a una suerte de “teología negativa”. Dios aparece como presencia y ausencia, como aquello que se busca precisamente porque no puede ser plenamente alcanzado. El poema se convierte entonces en una forma de interrogación religiosa sin convertirse necesariamente en una poesía confesional. Dios es interrogado, desafiado, invocado y negado; es decir, es convertido en problema.

Dios es como el fuego, cuya pasión redime,

Como el viento poderoso, cuyo ardor desnace todo,

Dios, temor y fuerza de seguirle o acosarlo,

Como el tiempo, como el sueño y como el baño santo de las termas paganas.

Es como un fuego Dios, su amor devora y crea.

¿Dónde a Dios buscar sin vano desafío?

 

Esta tensión aproxima su poesía a una tradición filosófica que va desde la mística negativa hasta Bataille: aquello que no puede ser conocido positivamente se convierte en el centro de la búsqueda. El lenguaje se aproxima a su límite y, al aproximarse, descubre su propia insuficiencia.

También aquí aparecen la errancia, el exilio, la patria, el castigo, la plegaria, los mitos, el amor y el deseo. Pero el amor ya no es simplemente una experiencia sentimental. Es una confirmación de la falta. El deseo desea aquello que no posee y, precisamente por eso, revela la condición incompleta del ser.

Deus ex machina, publicado en 1994, radicaliza esta búsqueda. El libro obtuvo el Premio de Poesía Casa de Teatro y el Accésit del Premio Internacional de Poesía Eliseo Diego, de la revista Plural, de México. Su estructura en poemas en prosa representa otra transformación fundamental. Mármol abandona parcialmente las convenciones del verso para explorar una zona donde la prosa adquiere condensación poética y donde el poema puede desplegarse como monólogo, pensamiento, relato fragmentario y visión.

Mármol ha reflexionado sobre el poema en prosa como una evolución del versolibrismo hispanoamericano y ha relacionado su genealogía con Baudelaire y el simbolismo francés. Esto resulta importante porque Deus ex machina no debe entenderse como una simple ruptura formal: la transformación de la estructura responde a la transformación del pensamiento.

El título latino significa literalmente “dios salido de la máquina”, pero en Mármol adquiere una dimensión óntica y metafísica. El Dios que aparece no resuelve el conflicto del mundo; al contrario, lo profundiza. La divinidad se convierte en una interrogación sobre el misterio, el pecado, la creación y la existencia. El poeta parece situarse ante un Dios que puede ser simultáneamente fundamento y ausencia, totalidad y vacío.

 

Arrójalos tú esta vez, Señor, la semilla y el varón de la especie más sana. No lo anuncies al azar, porque deviene llanto y se alza con el tibio rumor del pavimento, y otra vez se nos pierde, nos castiga, nos repudia. Arrojas tú los dados, Señor, que ha llegado el turno de lo ineluctable. Despídelos sin miedo de tu anchurosa mano, porque a los ocho lados de la suerte nada espera, y hacia la muchedumbre y el desastre apunta el cielo.

 

En este libro el drama del ser adquiere una intensidad nueva. La mujer, el deseo, el amor, la memoria y el olvido continúan presentes, pero quedan atravesados por una experiencia del misterio. El poema se convierte en una especie de escenario donde Dios, el hombre y el lenguaje se enfrentan.

José Mármol también ha desarrollado una importante obra ensayística que permite comprender con mayor profundidad el sistema de ideas que sustenta su escritura. En Mármol, poesía y pensamiento no constituyen dos actividades independientes. El poeta que desde el aforismo y verso interroga el tiempo, la muerte, el deseo, el lenguaje, el mundo, la realidad y el ser es también el ensayista que desde la prosa examina la literatura, la cultura, la modernidad, la crítica, la sociedad y las condiciones históricas en las que se produce la escritura.

Su obra ensayística constituye, por ello, una suerte de segunda cartografía de su pensamiento. Si sus poemas representan la experiencia del misterio mediante la imagen, el ritmo y la condensación verbal, sus ensayos intentan organizar conceptualmente aquello que el poema experimenta. En uno predomina la intuición poética; en el otro, la reflexión crítica. Pero ambos parten de una misma necesidad: comprender la condición humana a través del lenguaje.

Esta dimensión aparece de manera programática con Ética del poeta, publicado en 1997. El título resulta particularmente revelador. Mármol no habla simplemente de una estética del poeta, sino de una ética. La poesía implica para él una responsabilidad frente al lenguaje, frente a la cultura y frente al mundo. Escribir no significa únicamente producir belleza: significa asumir una posición ante la existencia.

Ética del poeta reúne ensayos, reflexiones y textos críticos escritos a lo largo de los años anteriores y ofrece un amplio panorama de sus preocupaciones intelectuales. Allí aparecen reflexiones sobre la poesía dominicana, la narrativa, el aforismo, la enseñanza, la cultura, la situación de los escritores y los problemas que enfrenta la literatura en la sociedad contemporánea. También encontramos aproximaciones a autores dominicanos y extranjeros, así como textos dedicados a las artes visuales.

Su crítica de la literatura dominicana parte precisamente de esa concepción. No se limita a establecer jerarquías entre autores o libros. Intenta comprender las condiciones de posibilidad de la escritura. ¿Qué significa ser poeta en una sociedad determinada? ¿Qué relación existe entre literatura y nación? ¿Qué papel desempeña la educación en la formación de los lectores? ¿Cómo puede sobrevivir la imaginación en una cultura dominada por la trivialización?

Son preguntas que reaparecerán, con distintas modulaciones, en buena parte de su obra ensayística.

Con Criatura del aire, publicado en 1999, José Mármol introduce otra inflexión decisiva en su trayectoria. Después de la densidad metafísica de El ojo del arúspice, de la exploración de la cotidianidad en Encuentro con las mismas otredades I y II, de la construcción temporal de La invención del día, de la interrogación religiosa de Lengua de paraíso y del drama ontológico de Deus ex machina, aparece ahora una poesía de mayor celebración sensorial, de respiración más musical y de extraordinaria intensidad erótica.

No significa esto que Mármol abandone sus preocupaciones anteriores. Por el contrario, las desplaza hacia el cuerpo. El erotismo se convierte en otra vía de acceso al misterio. La mujer, el deseo y el amor dejan de ser solamente motivos de la experiencia sentimental para convertirse en formas de conocimiento. El cuerpo deseado es también un territorio desconocido, un lugar donde el ser intenta afirmarse frente al tiempo y la muerte.

Criatura del aire posee, en ese sentido, una atmósfera de fiesta, pero se trata de una fiesta atravesada por la conciencia de su propia fugacidad. La celebración contiene la tristeza; el amor lleva en sí la posibilidad de la pérdida; el deseo está acompañado por la impotencia; la belleza se encuentra amenazada por la muerte. De ahí que en el poemario convivan la exaltación cósmica de la mujer y temas como la desesperanza, el azar, el misterio y la inutilidad.

El aire del título es también una metáfora de aquello que no puede poseerse. El deseo quiere apresar lo que, por naturaleza, se escapa. La criatura del aire es la criatura del instante, de la belleza fugitiva, del amor que solamente existe plenamente mientras está siendo vivido. Mármol convierte así el erotismo en una experiencia temporal: amar es también experimentar la fragilidad de aquello que se ama.

 

Nada pesas en mis labios, criatura del aire.

Al toque de mi mano te vuelves fugaz, temblor desvanecido en un clamor de olas, cuchillo que pendula y destaja una canción. Nada pesas en mis manos, en mi tacto, entre mis piernas, criatura del aire, del destino, de mi azar.

 

Esta dimensión erótica no es, sin embargo, una aparición aislada dentro de su obra. Toda la poesía de Mármol se encuentra atravesada por el deseo. Lo que cambia es su intensidad y su lugar dentro de la arquitectura del poema. Si en sus primeros libros el deseo aparecía subordinado a una problemática más abiertamente metafísica, en Criatura del aire adquiere una centralidad corporal y musical. El poema se acerca al canto.

La aparición de Premisas para morir. Aforismos y fragmentos, en 1999, introduce otra dimensión: el aforismo. Aquí el pensamiento de Mármol se vuelve fragmentario, incisivo, paradójico. El fragmento funciona como una especie de bisturí intelectual. En lugar de construir largas demostraciones, el escritor concentra la reflexión hasta convertirla en una frase capaz de producir una ruptura en la conciencia del lector.

El aforismo se corresponde profundamente con su concepción de la modernidad. Una época fragmentada requiere también una escritura fragmentaria. Frente al discurso totalizador, Mármol propone la interrupción, la paradoja, la sospecha y la ironía. El fragmento no es una carencia de pensamiento: es una forma de pensamiento que desconfía de las respuestas definitivas.

En Premisas para morir aparece con especial intensidad su crítica al hombre moderno. La apariencia, la trivialidad, el consumo, la pérdida de valores, la soledad y el desasosiego se convierten en objetos de interrogación. Mármol observa una modernidad que ha multiplicado las posibilidades materiales del individuo mientras, paradójicamente, parece haber disminuido su capacidad de encontrar sentido.

El aforismo se convierte entonces en una forma de resistencia. La frase breve interrumpe el automatismo de la vida cotidiana. Obliga al lector a detenerse. Frente a la velocidad del mundo contemporáneo, el fragmento introduce una pausa reflexiva.

Pero el escritor no se limita a denunciar la modernidad. También se interroga a sí mismo dentro de ella. El aforismo no ocupa una posición exterior al mundo que critica. El propio sujeto está implicado en aquello que cuestiona. De ahí su tono de irreverencia, pero también de autocrítica.

La enfermedad, la soledad, el cansancio, la angustia y la muerte aparecen como experiencias límite. El hombre descubre sus propios límites cuando comprende que ninguna construcción social puede eliminar la condición mortal de la existencia. En ese punto, el aforismo vuelve a encontrarse con la poesía: ambos se sitúan ante el mismo abismo.

 

Tengo la soledad y el desasosiego. No pido a la vida nada más. La muerte, en cambio, no es sólo misteriosa, sino sorpresiva. Nada le podría sugerir.

 

En Las pestes del lenguaje, publicado en 2004, Mármol regresa con mayor amplitud a la crítica literaria. El título constituye ya una provocación: ¿qué ocurre cuando el lenguaje, en lugar de revelar, oculta? ¿Cuándo la proliferación de palabras termina produciendo precisamente una pérdida de sentido?

La pregunta posee una dimensión estética y también ética. El lenguaje puede convertirse en mercancía, en retórica vacía, en discurso repetido. Frente a esa degradación, Mármol reivindica una palabra capaz de recuperar su capacidad de nombrar, interrogar y transformar.

Por eso sus ensayos sobre poetas dominicanos y extranjeros no son simples reseñas. Son ejercicios de lectura. Mármol lee buscando el lugar donde una obra encuentra su necesidad. Lo que le interesa no es solamente qué dice un escritor, sino qué hace con el lenguaje, qué concepción del mundo se encuentra detrás de su escritura y qué relación establece con la tradición.

En este punto aparece una de las constantes de su pensamiento crítico: la literatura no puede separarse de la filosofía. Heidegger y otros pensadores forman parte de ese horizonte intelectual porque Mármol encuentra en la filosofía una manera de profundizar las preguntas que la poesía plantea intuitivamente.

El placer de lo nimio (2004) prolonga esa búsqueda. La crítica aparece allí no como tribunal, sino como ejercicio de imaginación. Criticar significa volver a mirar. El crítico no es simplemente quien juzga una obra: es quien intenta descubrir aquello que la obra todavía no ha dicho completamente.

Esta concepción convierte la crítica en una actividad creadora. El crítico debe poseer intuición, sensibilidad, imaginación y capacidad analítica. No basta con aplicar categorías previamente establecidas. La obra literaria exige que el crítico invente también una manera de leerla.

Mármol reivindica así una crítica que se encuentra en las fronteras entre literatura y filosofía. El sentido, el ritmo, la estructura, la poesía, la tradición, la literatura dominicana y las transformaciones de la sociedad se convierten en objetos de una reflexión que nunca renuncia a la dimensión estética.

También resulta significativa su preocupación por la relación entre literatura y capitalismo. La obra literaria no aparece aislada de las condiciones materiales de producción y circulación. La cultura está atravesada por intereses económicos, por instituciones, por mercados y por formas de poder. Pensar la literatura implica, por tanto, pensar también la sociedad que la produce.

En Cansancio del trópico, publicado por la Editorial Bartebly en Madrid, España, en 2006, esta preocupación adquiere una dimensión panorámica. El libro funciona como una antología de textos y reflexiones que permite observar buena parte de las preocupaciones intelectuales de Mármol hasta ese momento. El propio título introduce una metáfora poderosa: el trópico como espacio geográfico, cultural y mental, pero también como territorio de agotamiento.

 

El “cansancio” puede ser leído como una crítica a ciertas inercias de la cultura dominicana: repetición, conformismo, precariedad institucional, falta de continuidad y dificultad para construir una tradición crítica sólida. Mármol no contempla la cultura dominicana desde una perspectiva complaciente.

En La poética del pensar y la generación de los 80, publicado en 2007, José Mármol reúne y sistematiza buena parte de sus reflexiones sobre lo que él mismo ha denominado la poesía del pensar. El libro recoge sus ensayos sobre la poesía, el poema, el conocimiento y la relación entre pensamiento y lenguaje, al tiempo que examina la aparición de una nueva sensibilidad poética en los autores surgidos después de un período de profundas dificultades políticas y sociales.

Mármol analiza la literatura desde el pensamiento y el conocimiento, preguntándose por la naturaleza de la poesía y por las posibilidades del poema como espacio de reflexión. La poesía deja de ser entendida únicamente como expresión emocional para convertirse también en una forma de pensamiento: una manera de conocer, de razonar y de interrogar la realidad a través de la imagen, el lenguaje y la experiencia poética. Además, examina lo que significó este grupo de poetas dentro del desarrollo de la poesía dominicana. Se trata de una generación que, después de la poesía de la posguerra, plantea otras formas de sensibilidad, otros modos de relacionarse con el lenguaje y una concepción distinta del hecho literario.

Con Torrente sanguíneo, ganador del Premio Anual Salomé Ureña, de 2007, esta exploración adquiere una nueva intensidad. El título vuelve a situar el cuerpo en el centro, pero ahora el cuerpo aparece atravesado por la historia, la ciudad, la memoria y la muerte. El torrente sanguíneo es flujo vital, pero también es violencia, herencia, desgaste y tiempo. La sangre circula como circula la memoria.

El libro retoma algunos de los grandes temas de Mármol: la vida, el amor, el furor, la incertidumbre, el desasosiego, la sombra, la nada y la muerte. Pero incorpora con mayor fuerza la ciudad como organismo. La ciudad aparece herida, destruida, fragmentada, sometida a las fuerzas del tiempo. Frente a ella, el poeta desarrolla una mirada nostálgica, crítica y, en determinados momentos, pesimista.

 

Soy la probabilidad de una contingencia.

Brota la muerte de su propio misterio con la voracidad exacta de un pensamiento… Contendría, de forzarme, la palabra hasta morir.

 

El mar adquiere aquí una importancia particular. Si en otros libros había sido paisaje, memoria u horizonte, ahora comienza a funcionar como símbolo de pérdida y de arraigo simultáneamente. El mar separa y une; es movimiento y permanencia; contiene la posibilidad del viaje y la imposibilidad del regreso. Es, por tanto, una de las grandes metáforas ontológicas de Mármol.

También en este libro se advierte una inesperada búsqueda hacia el dolor, la caída, el misterio, la imaginación, la muerte, el destino y la contingencia de la vida. Son zonas de la experiencia humana que aparecen exploradas desde una mirada que no rehúye la incertidumbre ni las contradicciones de la existencia.

En el libro Maravilla y furor, publicado en 2007, Mármol continúa profundizando su crítica a las distintas dimensiones de la vida, el pensamiento y la existencia. Sus interrogaciones y sus dudas sobre el mundo, sobre Dios y sobre la condición humana adquieren aquí otro tono, más filosófico y reflexivo, pero sin abandonar la actitud crítica que atraviesa su obra. La realidad vuelve a aparecer como un territorio de preguntas antes que de certezas, y la escritura se convierte en un espacio de búsqueda, de confrontación con aquello que permanece enigmático.

En este sentido, el pensamiento de Mármol mantiene una continuidad esencial: cuestionar lo establecido, interrogar las apariencias y explorar los límites de la razón frente al misterio de la existencia. Su mirada sobre Dios, el mundo y el destino humano no pretende ofrecer respuestas definitivas, sino abrir nuevas interrogaciones. Es precisamente en esa tensión entre certeza y duda, entre pensamiento y misterio, donde su escritura adquiere una dimensión filosófica más profunda y donde su crítica encuentra una de sus expresiones más significativas.

 

Me aterra, me intimida y lacera todo el sentido de la vida contra el vasto sinsentido de la muerte. Hay un tal vez en cada nuevo día, un quizás en lo que escribo y pienso, un último suspiro como rastro de la vida en el infinito paréntesis de la muerte. Me aterra, intimida y lacera el sinsentido útil de vivir para la muerte.

 

En esta obra Mármol se adentra en territorios más sombríos de la existencia: la soledad, el horror, la muerte, la gula, el tedio, la religión y la vida entendida como accidente. El aforismo se convierte nuevamente en una herramienta de penetración filosófica: breve, incisiva y cargada de ironía, capaz de condensar en pocas palabras una reflexión sobre las contradicciones del ser humano y sobre las falsas certezas con las que intenta ordenar su existencia.

Con publicación de Miradas paralelas, de 2009, en colaboración con el artista y fotógrafo español Ángel A. Martínez, José Mármol establece una especie de diálogo creativo en el que cada fotografía se encuentra acompañada por un texto que explora la mirada y diversas situaciones cotidianas vinculadas a la imagen. Esta relación entre fotografía y escritura hace de este libro una propuesta particularmente interesante, donde ambas disciplinas se complementan y se interrogan mutuamente.

En sus páginas transitan los caminos y los abismos, la luz y su opuesto, lo contradictorio, la sospecha, el estancamiento, lo inmenso y lo pequeño. Cada texto evoca, a través de la imagen, la pasión y el hastío, la huella y el silencio que deja aquello que la mirada captura. Mármol parece escuchar en cada fotografía una resonancia poética, una voz secreta que transforma la imagen en experiencia y hace que la escritura dialogue con aquello que permanece oculto detrás de la apariencia.

Este libro explora la pasión y el hastío, la vigilia y el sueño, la duda y la sospecha; se pregunta por el existir, por lo contradictorio y lo limitado, por aquello que permanece como huella del ser. En ese tránsito entre la imagen y la palabra, el libro convierte la experiencia cotidiana en una indagación sobre la condición humana, sobre sus incertidumbres, sus silencios y sus formas de permanencia.

 

Una marca que atestigua la pregunta por el duelo de existir. Un vestigio evocando vasijas silvestres, fósiles claves de un alfabeto sordo, una perdida nuez de Adán, una impronta difusa como última sospecha de la duda y el escarnio.

 

Esta concepción alcanza una expresión particularmente importante en Lenguaje del mar, libro que recibió en el 2012 el XII Premio Casa de América de Poesía Americana. Aquí Mármol vuelve a modificar su relación con el lenguaje. La poesía se hace más directa y coloquial, sin perder su profundidad conceptual. El poeta parece acercarse deliberadamente a una expresión más transparente, como si después de haber sometido el lenguaje a múltiples procesos de densificación quisiera recuperar la conversación con el mundo.

Pero la aparente sencillez es engañosa. Bajo esa expresión más coloquial permanece la compleja arquitectura intelectual de su poesía. El mar se convierte en una especie de interlocutor. Habla, recuerda, guarda secretos, contiene cuerpos, criaturas, tormentas, canciones y abandonos. El mar es también una toponimia de la memoria. Cada costa, cada puerto, cada horizonte contiene una historia personal. En Mármol, el paisaje nunca es puramente descriptivo. El paisaje piensa. El mar recuerda por el sujeto aquello que el sujeto quisiera olvidar.

Aquí reaparece una de las grandes constantes de su poesía: la relación entre memoria y pérdida. Recordar significa comprobar que algo ya no está. La memoria es, paradójicamente, una forma de presencia de la ausencia. De ahí la nostalgia que recorre buena parte de estos poemas.

En sus páginas aparecen vidas que parecen dirigirse hacia la nada, seres solitarios, extraviados, desesperados y atormentados, instalados en una atmósfera de profunda desolación. La vida y la muerte se encuentran constantemente bajo la presencia del mar, que funciona como paisaje, símbolo y fondo existencial.

 

Navegaron el nervio de la noche, para nada.

Adónde suponer la parada del destino.

Una pequeña lámpara en medio del océano.

Para encontrar a quién, qué alimentos, cuáles sueños.

Las simas de las aguas, estruendo de la espuma.

El pasadizo lúgubre de los naufragios.

 

El libro explora también la experiencia de la separación, lo fugaz, las cosas elementales y mínimas, el tiempo de la infancia y la memoria. La decepción ocupa un lugar importante, así como la nostalgia, que recorre muchos de los poemas como una forma de retorno hacia aquello que se ha perdido. El sexo aparece igualmente como una experiencia atravesada por la fragilidad y el deseo, mientras que la vocación del desamor se convierte en una de las fuerzas que articulan esta poesía.

En Estación de perplejos (Aforismos, sentencias y fragmentos), publicado en 2012, reaparecen muchos de los temas de Maravilla y furor; la modernidad, el hombre contemporáneo, la apariencia, la soledad, la muerte, el vacío, la moral, el poder y la existencia. Pero ahora la experiencia acumulada del poeta y del ensayista hace que la mirada resulte todavía más corrosiva.

El fragmento es, en Mármol, una forma de libertad. No está obligado a cerrar el pensamiento. Puede dejarlo abierto. Puede terminar en una paradoja. Puede formular una pregunta allí donde otro escritor habría intentado colocar una respuesta. Por eso su aforismo tiene una naturaleza esencialmente filosófica. No pretende explicar el mundo, sino producir una fisura en nuestras certezas acerca de él.

 

El tedio es, para mí, el vacío instantáneo, la incertidumbre, el grado cero de sentido que me inquieta y provoca entre un latido y otro, entre un abrir y cerrar de ojo.

 

El libro examina con particular agudeza la sociedad del espectáculo, sus mecanismos de representación y la transformación de la realidad en apariencia. Lo espectacular, lo mediático y lo inmediato terminan imponiéndose sobre la reflexión, mientras las verdades aceptadas se convierten en lugares comunes que rara vez son sometidos a cuestionamiento. Frente a esa comodidad intelectual, el aforismo funciona como una provocación: corta, interrumpe, desestabiliza.

En Estación de perplejos, el fragmento adquiere así una dimensión crítica y epistemológica. Lo fragmentario no significa falta de unidad; cada fragmento funciona como una pieza de un pensamiento mayor que se construye por aproximaciones, intuiciones, contradicciones y desplazamientos. El lector no recibe una doctrina cerrada, sino que es obligado a participar en el ejercicio de pensar.

En Defensa de la poesía: defensa de la vida, publicado en 2012, Mármol continúa profundizando en la relación entre poesía, filosofía y pensamiento, al tiempo que desarrolla una reflexión crítica sobre la escritura y sus responsabilidades. La poesía aparece no solo como una experiencia estética, sino como un ejercicio de conocimiento y de trabajo personal, una práctica que exige disciplina, conciencia y una determinada posición ética frente al mundo. Desde esa perspectiva, aborda también la esperanza, el sentido de la creación y el desafío ético que plantean los medios de comunicación en una época marcada por la velocidad, la saturación de información y la transformación de los valores culturales.

Defensa de la poesía: defensa de la vida, puede leerse también como una toma de posición frente al lugar que ocupa la poesía en la cultura contemporánea. Mármol reivindica la palabra poética como un espacio de resistencia frente a la superficialidad, la fragmentación y las crisis de sentido de la posmodernidad. La poesía no se limita a describir el mundo: lo interroga, lo confronta y, en cierta medida, intenta transformarlo mediante una conciencia crítica del lenguaje. De ahí que su reflexión sobre la escritura tenga también una dimensión ética: escribir supone asumir una responsabilidad frente a la palabra, frente al otro y frente a una realidad que necesita ser pensada más allá de sus apariencias inmediatas.

En 2013 José Mármol publica Casa de sombras, en colaboración con el artista visual Herminio Alberti. Este libro supone un giro importante hacia una poesía de testimonio y denuncia, que pone en cuestión la dictadura de Rafael Leónidas Trujillo y explora las formas extremas de violencia y sometimiento ejercidas por el poder. A través de una serie de poemas, la obra evoca la muerte, la tiranía y el horror vivido por jóvenes mujeres víctimas de abusos y violaciones, cuyos cuerpos aparecen como espacios de dominación, destrucción y humillación.

 

La muchacha muy triste, con la sonrisa tenue del miedo en la mirada, se amolda en la imagen de un gusano avergonzado,

El séquito burlesco se solaza, celebra lo virtuoso del macho en la danza.

En estos textos se configura una atmósfera marcada por el miedo, la ira, el temor, el acoso, la depravación y el delirio de un poder tiránico que convierte la violencia en mecanismo de control. La memoria de las víctimas emerge, así como una forma de revelación y resistencia frente al silencio. Casa de sombras establece, por tanto, otro registro dentro de esta poesía: una escritura que abandona parcialmente la intimidad y la exploración existencial para asumir la memoria histórica, el testimonio y la denuncia como materia poética.

Aquí se produce otro desplazamiento fundamental: la poesía abandona parcialmente la interioridad individual para confrontarse directamente con la memoria histórica dominicana.

La casa deja de ser únicamente espacio doméstico. Se transforma en metáfora de una nación atravesada por la violencia. Las sombras son las de la historia que permanece ocultándose bajo la superficie del presente. La referencia a la dictadura de Trujillo, a las violaciones, los abusos, la arrogancia del poder, la persecución y el miedo introduce una dimensión política que, aunque no sea completamente nueva en Mármol, adquiere aquí una intensidad distinta.

La fotografía contribuye a esa operación. La imagen fija aquello que la memoria quisiera borrar. La palabra interpreta aquello que la fotografía muestra. Entre ambas se produce un diálogo: una ve; la otra piensa lo visto.

Con la publicación de A través de mis ojos, en 2014, José Mármol vuelve a colaborar con el artista visual Herminio Alberti en un libro en el que se establece un diálogo entre la prosa, la imagen y la reflexión filosófica. La obra reúne prosas y fragmentos que, acompañados de imágenes alusivas a diversos temas, exploran cuestiones vinculadas con el pensamiento, la nada, lo fatal, el alma, el tedio, la duda, el consumismo, el desastre y el sentido mismo de existir. También aparecen interrogaciones sobre la incertidumbre, el culto al desarrollo y al mercado, el capitalismo, la naturaleza y, de manera persistente, la pregunta por el ser y por aquello que somos.

 

El hombre ha seguido siendo lobo feroz contra el hombre mismo; su semejante, su idéntico, su opuesto, su víctima de la mayor vileza. El ser humano es el más predador de entre todas las especies del planeta. El ambiente es fuerza motriz de mi presencia en el mundo. El consumismo nos consume, nos enferma, nos vacía. Las ciudades son antros de despojos, almacenes sin paz ni hogar. Descalzo camino por las playas y la respiración del mar se apaga en un sofoco. Las nubes se alzan como ennegrecidas manchas de un extenso dolor.

 

Los fragmentos se sitúan así en una zona fronteriza entre la reflexión filosófica y la poesía. Cada texto propone una interrogación, un desplazamiento del pensamiento, mientras las imágenes evocativas amplían o contradicen aquello que las palabras plantean. A través de mis ojos construye, de este modo, una experiencia de lectura en la que pensamiento e imagen se encuentran para explorar la vida, sus paradojas, sus incertidumbres y las preguntas fundamentales que permanecen abiertas ante la existencia.

No se trata simplemente de un libro que ilustra fotografías con palabras: es una obra en la que texto e imagen establecen una relación de complicidad, donde la escritura interpreta, prolonga y, en ocasiones, interroga aquello que el fotógrafo ha capturado con su cámara.

La colaboración artística permite que Mármol dialogue con una tradición filosófica que se remonta a los presocráticos. Tales de Mileto, Heráclito y otros pensadores aparecen como antecedentes de una pregunta que atraviesa toda la obra: ¿qué significa existir dentro de un universo que se encuentra permanentemente en transformación?

Heráclito resulta particularmente próximo a esta sensibilidad. El mundo es devenir, flujo, transformación. Nada permanece idéntico a sí mismo. La mirada intenta fijarlo, pero lo que mira ya está desapareciendo.

La duda, el tedio, el desasosiego, la fatalidad, el oprobio y la incertidumbre reaparecen, pero ahora vinculados a una conciencia ecológica y existencial. El mundo exterior ya no es un escenario indiferente: es un organismo vulnerable cuya destrucción compromete también la existencia humana.

En este punto se puede establecer nuevamente una relación con Roberto Juarroz. La mirada de ambos poetas no se limita a observar las cosas: intenta atravesarlas. El objeto visible funciona como una puerta hacia aquello que no puede verse. La poesía se convierte en una operación de profundidad.

Yo, la isla dividida, publicado en 2019, es un poemario en el que José Mármol parece culminar un ciclo vinculado estrechamente con el entorno inmediato en el que vive. El libro recoge, desde una perspectiva profundamente crítica y existencial, la herencia de una realidad marcada por el tormento, el dolor, la pobreza, el hambre y las fracturas sociales. La isla aparece no solo como espacio geográfico, sino también como metáfora de una sociedad dividida, atravesada por contradicciones, desigualdades y formas persistentes de desarraigo.

En este escenario reaparecen la memoria de la niñez, la familia, los sueños y los miedos, pero también la experiencia de la pérdida, la nada, el temor y la fatiga. El mar vuelve a ocupar un lugar central, como una presencia que remite al desarraigo, a la separación y a una condición insular que parece condenar al sujeto a contemplar constantemente sus propias fracturas. La experiencia personal se entrecruza así con el paisaje colectivo, con una realidad donde aparecen el caos, el desconcierto, la pena, el espanto y los tormentos cotidianos.

Los soberbios, sombríos, balbucientes, los que babean todo cuando nombran las cosas.

Los brotados de hongos, no hay sorpresa, del lodazal febril de la ignorancia.

 

Mármol desciende así progresivamente hacia una zona de mayor oscuridad existencial: la palabra vacía, el abismo, el sinsentido, el tiempo y la otredad se convierten en motivos de una poesía que interroga los límites de la existencia. Yo, la isla dividida es, en este sentido, un libro de desasosiego y de desarraigo, pero también una tentativa de comprender, mediante la palabra poética, aquello que permanece oculto detrás del dolor, de la memoria y de la experiencia de vivir en una isla atravesada por sus propias contradicciones.

En sus comienzos, Mármol necesitó fracturar la sintaxis para expresar la fractura del ser. Después necesitó ampliar el poema hacia la cotidianidad para descubrir que lo metafísico también habita en las cosas ordinarias. Más tarde convirtió el tiempo en materia poética, interrogó a Dios, exploró el misterio y llevó el poema hacia la prosa. Después descubrió en el erotismo una forma de conocimiento, en el mar una metáfora del tiempo y de la memoria, en la fotografía una posibilidad de diálogo entre imagen y palabra, y en la historia una dimensión ética de la poesía.

Por eso su evolución es simultáneamente sintáctica, semántica, temática y filosófica. La sintaxis pasa de la fractura a una mayor fluidez; el verso se abre hacia la prosa; el lenguaje densamente metafórico se acerca en determinados momentos a una expresión coloquial; la poesía abandona la página aislada y entra en diálogo con la fotografía y otras artes; la intimidad se abre hacia la historia; el cuerpo se convierte en territorio ontológico, político y metafísico.

Sin embargo, debajo de todas esas transformaciones permanece una misma pregunta: ¿cómo puede el lenguaje dar cuenta de una existencia que se encuentra siempre al borde de su propia desaparición?

La respuesta de Mármol ha sido construir una poesía donde la palabra no describe simplemente el mundo, sino que lo interroga. De César Vallejo aprendió la posibilidad de romper el lenguaje para revelar la herida; de Pedro Salinas, la posibilidad de convertir el amor en conocimiento; de Roberto Juarroz, la verticalidad de una poesía que piensa desde el vacío. Pero esas influencias fueron transformadas por una sensibilidad propia. Mármol hizo de ellas una poética dominicana y universal al mismo tiempo.

Su poesía puede leerse, entonces, como una larga travesía: del ojo al cuerpo, del cuerpo al deseo, del deseo al mar, del mar a la memoria, de la memoria a la historia y de la historia nuevamente al ser. Una travesía donde cada libro modifica el anterior, pero ninguno lo cancela.

Así, poesía y pensamiento no aparecen en su obra como territorios separados, sino como dos dimensiones de una misma búsqueda intelectual: comprender al ser humano, sus contradicciones y su lugar en una sociedad cada vez más compleja, tecnológica y cambiante.

Desde El ojo del arúspice hasta sus libros más recientes, desde Ética del poeta hasta sus aforismos, Mármol ha construido una obra fundada sobre una sospecha esencial: que detrás de la apariencia existe siempre otra cosa. El poema intenta encontrarla. El ensayo intenta comprenderla. El aforismo intenta herirla. Y la crítica intenta revelar aquello que la obra mantiene todavía oculto.

En continuidad con su pensamiento crítico sobre la sociedad y la cultura, en 2019 Bartleby editores, en Madrid, España, publica Modernidad, identidad y poder digital: las nuevas estrategias de vida y sus angustias, un libro que marca un giro significativo en el pensamiento de Mármol. Aquí su reflexión se desplaza hacia las transformaciones producidas por la sociedad líquida, la aceleración de la vida contemporánea y las nuevas formas de relación que surgen en el ámbito digital. Mármol examina la libertad, el cuerpo, el lenguaje, la modernidad y la cibercultura, tratando de comprender cómo estos fenómenos modifican la experiencia individual y colectiva y cómo producen nuevas formas de identidad, de poder y de subjetividad.

En este desplazamiento hacia lo digital, Mármol no abandona su preocupación por el pensamiento crítico, sino que la lleva hacia un territorio decisivo de la contemporaneidad: la transformación de la vida por la tecnología. El mundo digital no constituye simplemente un nuevo espacio de comunicación, sino una estructura que modifica nuestras maneras de percibir, relacionarnos, consumir, recordar y construirnos como sujetos. La identidad se vuelve cada vez más performativa y cambiante, mientras la exposición permanente convierte la intimidad en espectáculo y los dispositivos tecnológicos comienzan a mediar buena parte de nuestra experiencia del mundo. De ahí que el libro explore las paradojas de una época que promete autonomía y conexión, pero que simultáneamente genera nuevas formas de dependencia, vigilancia y control.

Así, Modernidad, identidad y poder digital: Las nuevas estrategias de vida y sus angustias, representa una ampliación de su proyecto ensayístico: de la crítica de la cultura y de la literatura pasa a interrogar directamente las condiciones contemporáneas del vivir. La sociedad líquida, la aceleración, la cibercultura, el cuerpo y el lenguaje aparecen como síntomas de una transformación profunda de la subjetividad. El libro se convierte, entonces, en una reflexión sobre el presente y sus contradicciones: sobre un sujeto que busca libertad mientras habita estructuras cada vez más sofisticadas de control, y sobre una modernidad que, al mismo tiempo que multiplica las posibilidades de comunicación y conocimiento, produce nuevas incertidumbres, nuevas soledades y formas de poder.

Como parte de la formación académica de Mármol, la editorial española Visor Libros publica en 2020 su tesis doctoral, Identidad en la modernidad líquida globalizada: una lectura de Zygmunt Bauman, una investigación que profundiza en uno de los problemas centrales de la contemporaneidad: la crisis y transformación de las identidades en un mundo marcado por la movilidad, lo fugaz, lo instantáneo, lo líquido, la incertidumbre y la aceleración. A partir del pensamiento de Bauman, establece una lectura crítica de las nuevas formas de construcción del sujeto y de las relaciones que este establece con un presente cada vez más cambiante y difícil de aprehender.

La identidad deja de aparecer como una estructura estable, fija y definitiva para convertirse en un proceso abierto, provisional y constantemente negociado. La globalización, los nuevos lenguajes y las transformaciones culturales modifican las maneras en que el individuo se reconoce y es reconocido por los demás. En este contexto, la pregunta ¿qué somos? adquiere una dimensión filosófica fundamental, porque obliga a pensar al sujeto desde la fragilidad de sus certezas y desde la permanente necesidad de reconstruirse frente a un mundo que cambia antes de que podamos comprenderlo plenamente.

La tesis aborda también el riesgo, la incertidumbre y la sospecha de la singularidad, elementos que atraviesan la experiencia del individuo contemporáneo. La posibilidad de ser uno mismo se encuentra tensionada por modelos culturales, discursos sociales y nuevas formas de interacción que tienden a producir identidades múltiples, intercambiables y, en ocasiones, contradictorias. La ambivalencia se convierte así en una característica esencial de la cultura contemporánea: aquello que promete libertad puede generar inseguridad; aquello que amplía las posibilidades de elección puede producir también desorientación y angustia.

En este sentido, Identidad en la modernidad líquida globalizada no constituye solamente una lectura de Bauman, sino una reflexión sobre nuestra propia condición histórica. La tensión entre identidad y diferencia, orden y transformación, estabilidad y cambio, atraviesa toda la investigación. El sujeto contemporáneo aparece situado frente a un mundo en el que las antiguas estructuras de pertenencia se debilitan y las nuevas formas de identidad todavía no terminan de consolidarse. La tesis convierte esa incertidumbre en objeto de pensamiento y muestra cómo, en la modernidad líquida, la identidad ya no puede entenderse como una esencia, sino como una búsqueda permanente de sentido.

En 2021 aparece publicado El concepto de poder en Nietzsche, tesis de licenciatura escrita en 1984 por José Mármol cuando apenas contaba con una veintena de años. La obra significó un giro importante dentro del panorama filosófico que venía desarrollándose en el ámbito académico de la Universidad Autónoma de Santo Domingo, tanto por la juventud de su autor como por la manera incisiva en que abordaba el pensamiento de Nietzsche y, particularmente, la noción de poder. La tesis generó críticas y suscitó un debate intelectual significativo, pero también obtuvo el reconocimiento académico correspondiente, convirtiéndose en un trabajo que anunciaba desde temprano la vocación reflexiva y crítica que caracterizaría posteriormente su pensamiento.

Desde una lectura incisiva, crítica y lúcida, el autor se adentra en el pensamiento nietzscheano para examinar las tensiones entre fuerza, voluntad, ruptura e impugnación de los valores establecidos. La tesis aborda la modernidad y la manera en que Nietzsche, desde un discurso deliberadamente asistemático y lleno de contradicciones productivas, somete a cuestionamiento los fundamentos morales, culturales y filosóficos sobre los que se había construido Occidente.

El concepto de poder en Nietzsche anticipa preocupaciones que atravesarán buena parte de su pensamiento posterior: la crítica de los valores establecidos, la relación entre poder y subjetividad, la crisis de la modernidad y la necesidad de someter a examen las estructuras que pretenden presentarse como verdades definitivas. Por eso, más que una simple tesis académica, puede entenderse como uno de los primeros momentos de un pensamiento que encontrará en la filosofía un instrumento permanente de cuestionamiento, ruptura y libertad intelectual.

Otras angustias de la posmodernidad. Aceleración, descontento y luchas identitarias, publicado en España por la editorial Huerga & Fierro en 2025, prolonga y profundiza las inquisiciones críticas de José Mármol sobre la sociedad contemporánea. El libro reúne artículos publicados originalmente en el diario El Día, pero su condición periodística no limita su alcance filosófico: cada texto funciona como una intervención sobre las contradicciones del presente. La identidad, la ética, el reconocimiento de la dignidad humana y las nuevas formas de conflicto cultural aparecen como síntomas de una época atravesada por la incertidumbre. Mármol examina la complejidad ética de la identidad y plantea la necesidad de recuperar el imperativo de lo humano frente a discursos que, en nombre de la diferencia o del reconocimiento, pueden terminar fragmentando la experiencia común.

Uno de los ejes más incisivos del libro es la crítica a la aceleración contemporánea y a la sociedad del espectáculo digital. La posverdad, las redes sociales y la cultura del selfie revelan un sujeto cada vez más preocupado por exhibirse que por comprenderse, seducido por el mercado y sometido a una permanente necesidad de aprobación. La imagen sustituye a la experiencia y la exposición sustituye a la intimidad. En este escenario, las redes sociales aparecen como un dilema: instrumentos capaces de ampliar la comunicación y, simultáneamente, dispositivos que favorecen la banalización, la polarización y nuevas formas de dependencia. Mármol observa así una sociedad que corre cada vez más rápido mientras parece perder la capacidad de detenerse a pensar hacia dónde se dirige.

 

Otras angustias de la posmodernidad es una crítica a la vida contemporánea: crítica de sus excesos, de su superficialidad y de la pérdida de referentes humanistas, pero también reconocimiento de la complejidad y de las posibilidades que todavía contiene el presente. Mármol escribe contra la mediocridad entendida como renuncia al pensamiento y propone, frente a ella, rescatar el humanismo, la dignidad, la contemplación y la capacidad de interrogar la existencia. Y detrás de todas estas preocupaciones permanece la poesía como horizonte de pensamiento: no como ornamento, sino como una forma de resistencia ante la banalización del lenguaje y como posibilidad de devolverle profundidad a la experiencia humana. La poesía funciona, así como el trasfondo secreto de todo el libro: allí donde la filosofía pregunta, la crítica impugna y la sociedad se contradice, el poema conserva todavía la posibilidad de mirar de otro modo.

De ahí que la obra ensayística de Mármol sea indispensable para comprender su poesía. En ella encontramos formuladas de manera conceptual muchas de las preguntas que sus poemas expresan mediante imágenes.
El poeta y el ensayista, en realidad, son el mismo escritor ante dos formas distintas de conocimiento.

Cuando Mármol escribe poesía, el pensamiento se vuelve imagen. Cuando escribe ensayo, la imagen se convierte en pensamiento. Cuando escribe aforismos, el pensamiento se concentra hasta adquirir la intensidad de una imagen. En este sentido, toda la obra de Mármol puede ser entendida como una teoría del lenguaje, del poema, del poder, de la sociedad, de la ética, de la vida, de la filosofía. El poeta mira el mundo; el ensayista mira la literatura; el aforista mira las contradicciones de la sociedad. Cambia el objeto, pero permanece la actitud: mirar críticamente. Esta mirada es inseparable de una ética.

Mármol ha hecho de la palabra una forma de pensamiento y del pensamiento una forma de poesía. Su trayectoria puede entenderse como un desplazamiento constante desde la palabra herida hacia la palabra reflexiva, desde la fractura sintáctica hacia la construcción de una sintaxis del pensamiento, desde la experiencia cotidiana hacia la metafísica, desde el cuerpo hacia el misterio, desde la memoria hacia el tiempo y desde el tiempo hacia la nada.

En última instancia, toda su poesía parece regresar a una misma pregunta: ¿qué puede hacer la palabra frente a aquello que desaparece? La respuesta de Mármol no es una teoría, sino una obra. La palabra puede no salvar al hombre de la muerte, ni al cuerpo del tiempo, ni al deseo de su fracaso, ni a Dios de su silencio; pero puede convertir esa experiencia de pérdida en conocimiento sensible. Puede hacer del vacío una forma. Puede convertir la incertidumbre en belleza. Puede transformar la imposibilidad de alcanzar el ser en una búsqueda interminable.

Y ahí reside, quizá, la verdadera grandeza de José Mármol: haber comprendido que la poesía no consiste en poseer respuestas, sino en llevar las preguntas hasta el límite donde el lenguaje comienza a convertirse en revelación.

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Plinio Chahín. Poeta, crítico y ensayista. Autor de diversos libros de ensayo, narrativa breve y poesía. Narración de un cuerpo es su poesía reunida hasta el 2011. Con ¿Literatura sin lenguaje? Escritos sobre el silencio y otros textos, obtuvo el Premio Nacional de Ensayo 2005 y con Hechizos de la hybris el Premio Internacional de Poesía de Casa de Teatro del año 1998.