Cuando era apenas un imberbe estudiante de primer año de literatura en la Universidad Mayor de San Marcos compré la edición clásica de la poesía reunida de Blanca Varela, esa breve pero hermosa poesía titulada con el nombre homónimo de una colección de 1978: Canto villano. Sí, ese mismo tomo que venía con un óleo de un perro de Goya en la portada. Por ese tiempo escribí una monografía —hoy perdida— a la cual intitulé con un verso enigmático para mí y que poco tenía que ver con mi trabajo escolar: “hoy llueve fuego sobre la vieja Bagdad”.
Han pasado cerca de treinta años desde entonces y no recuerdo con precisión qué analizaba en ese escrito. Lo que sí recuerdo es la sensación de estar frente a una poesía mayor, algo que por entonces parecía confirmarse con el reconocimiento casi unánime de la crítica y los premios internacionales que comenzaban a rodear la obra de Varela. A fines de los noventa, entre los poetas jóvenes del Perú se profesaba una suerte de culto bifronte entre Jorge Eduardo Eielson y César Moro. Aunque la poesía de Moro me parecía más potente, frente a Eielson yo prefería a Varela.
Recuerdo también que un profesor me hizo una pregunta cuando insistí en seguir trabajando una monografía sobre la autora de Luz de día: si creía que Varela iba a pasar al siglo XXI tal como la leíamos a fines de los noventa. En ese momento dudé. Hoy, tras releer su poesía reunida —esta vez en la edición de la UNAM titulada El suplicio comienza con la luz—, creo que la respuesta es afirmativa.
La obra de Varela atraviesa ciertos registros del parasurrealismo y del absurdo, pero no para entregarse al sueño o a la irracionalidad pura, sino para alumbrar la conciencia. En Ese puerto existe escribe: “Despierto. / Primera isla de la conciencia: / un árbol”. Esa materialidad es radical. Tan real como ese verso perturbador donde aparece “un magro trozo de celeste cerdo”. La conciencia en Varela no surge de la abstracción sino del choque con la materia: el cuerpo, los animales, la carne, la luz.
Quizá por eso uno de los poemas que más me persigue de su libro Ejercicios materiales es “Ternera acosada por tábanos”. No sé por qué esa imagen vuelve siempre a mi memoria. Cada relectura del poema me deja perplejo. Se suele decir que Varela es una poeta contenida, que administra las palabras con una economía casi ascética. Pero en esa contención se esconde una violencia que desmitifica cualquier sentimentalismo. La escena es brutalmente simple: un animal acosado por insectos. Sin embargo, lo que queda grabado no es el animal mismo sino la experiencia de su sufrimiento.
El poema termina con un verso que no deja de inquietarme:
“a mi lado
coronada de moscas
pasó la vida”.
La vida aparece aquí bajo una forma paradójica: luminosa y oscura a la vez, humana y animal al mismo tiempo. No es la vida idealizada de la tradición lírica, sino una vida material, vulnerable, acosada por fuerzas minúsculas y persistentes. La imagen de los tábanos remite incluso a resonancias bíblicas: insectos que hostigan, plagas que recuerdan la fragilidad del cuerpo ante la naturaleza. En Varela, sin embargo, no hay moral ni redención; hay simplemente la constatación de que la vida se manifiesta en su forma más elemental y, a la vez, más dolorosa.
Esa tensión entre materia y trascendencia aparece también en el poema “Crónica”, que cierra Ejercicios materiales. Allí, después de recorrer figuras de la tradición bíblica —Adán, Noé, Abraham, David, Cristo—, aparece de pronto un verso que durante años me resultó misterioso:
“hoy llueve fuego sobre la vieja Bagdad”.
Hoy sabemos que esa imagen se relaciona con un acontecimiento histórico muy preciso: los bombardeos sobre Bagdad durante la guerra del Golfo. A comienzos de los años noventa el mundo asistió, a través de la televisión, a las primeras imágenes casi espectaculares de una guerra tecnológica: misiles cayendo sobre una ciudad milenaria, una civilización antigua iluminada por explosiones nocturnas.
El verso de Varela condensa ese contraste brutal: la historia larga de la humanidad —desde los relatos bíblicos— y la violencia contemporánea que cae desde el cielo en forma de bombas. No se trata solo de un comentario político. Es la constatación de que la historia humana continúa produciendo destrucción material. Si el libro se llama Ejercicios materiales, es porque la poesía se enfrenta precisamente a esa materia del mundo: el cuerpo, la carne, los animales, pero también la guerra.
Así, la ternera acosada por tábanos y la ciudad bombardeada pertenecen al mismo horizonte simbólico. Ambos muestran la exposición radical de la vida frente a fuerzas que la exceden. En un caso son insectos que rodean a un animal indefenso; en el otro, la maquinaria bélica que cae sobre una ciudad antigua. En ambos casos, lo que aparece es la vulnerabilidad de lo vivo.
Tal vez por eso, releída después de tantos años, la poesía de Blanca Varela sigue produciendo la misma impresión que tuve en mis primeras lecturas: la sensación de estar ante una obra que no busca complacencia ni facilismos. Su poesía no abandona lo espiritual, pero lo enfrenta siempre con la materia del mundo: el hambre, el cuerpo, la violencia, la historia. Como si cada poema fuera, en efecto, un ejercicio material donde el lenguaje intenta mirar de frente aquello que más nos inquieta: la vida misma pasando, coronada de moscas, bajo una herida que al mismo tiempo ilumina y hiere.
(Este ensayo forma parte del Homenaje a Blanca Varela a 100 años de su nacimiento, publicado por la revista argentina en línea Plebella Nube, Varela – Plebella nube)
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Paul Guillén (Ica-Perú, 1976). Es poeta, ensayista y editor. Doctorado en Literaturas Hispánicas por la Universidad de Pittsburgh. Dirige el blog y editorial Sol negro (www.sol-negro.blogspot.com). Actualmente, se desempeña como catedrático en la Universidad Científica del Sur.