Cara A. Historia de un homenaje

 

Justo cuando la República Dominicana respiraba las últimas bocanadas de aquellos difíciles doce años vividos por toda una generación de jóvenes dominicanos y dominicanas, un 28 de agosto de 1976 seremos testigos de la primera aparición pública en la escena musical de un capitaleño de apenas 19 años, quien, guitarra en mano, se dispuso a musicalizar junto a Luis Tomás Oviedo emblemáticos poemas de nuestros más grandes vates. Ese atrevido era Juan Luis Guerra Seijas, quien, cobijado en Casa de Teatro aquella noche estival, hizo del poema Forever de Fabio Fiallo la más hermosa declaración de amor que un mozalbete jamás imaginaría.

Transcurrirá casi una década de flirteo con la poesía, el rock and roll, el jazz, y hasta con la Academia para que nuestro homenajeado retornara al panorama artístico algunos años después, esta vez armado de destrezas creativas refinadas en el Berklee College de Boston, y debutara en la televisión junto a tres amigos fundadores del ya mítico grupo 440, a nuestro ver la más grande aventura musical vivida por la República Dominicana en toda su trayectoria de nación.

Si no me equivoco, creo que fue en 2005 cuando, en una reseña publicada en la Oxford Encyclopedia of Latinos and Latinas in the USA, nos atrevimos a afirmar que había sido el merengue a manos de Juan Luis, y casi ninguna otra cosa, por bien o mal, lo que había posicionado al país ante la sorprendida mirada del mundo en el atardecer del milenio que moría. La suya era una música de características y composición sin precedentes, donde predominará una íntima conexión con el paisaje cultural y social de la República Dominicana de la época, y en la que la incursión de coros, guitarra, e instrumentos metálicos, llevarán el merengue más allá de su contagiosa y particular naturaleza rítmica y ancestral representante del ser dominicano, para constituirse en zapata de una renovada identidad de un pueblo, que desde siempre fue paradigmáticamente alegre y cumbanchero.

No caben en estos brevísimos comentarios con pretensión de semblanza la narración y contextualización históricas de nuestra música autóctona ante el espejo del huracán Juan Luis Guerra; eso lo hará la autorizada voz de Pedro Delgado Malagón quien, hace ya dos lustros en su acostumbrada elegantísima prosa nos había regalado un texto que él caracterizó como “ojeada metafísica del merengue”. En aquel artículo, que publicásemos en la revista del Ministerio de cultura, Pedro nos habló del merengue como preeminente miembro del catálogo nacional junto a la afición por los gallos, el sancocho, “y el dejar para mañana lo que podía hacerse hoy”. Nos contó del acordeón de Ñico Lora y de la invasión del Big Band de Luis Alberti; de los saltos ingrávidos del Negrito del batey, de los boleros-merengues de Babín Echavarría y hasta de las sinfónicas rapsodias de nuestro eterno Bienvenido Bustamante.

Pero, cuidado, que no se ignore aquí a la bachata, ese bolero brotado de la marginalidad exaltada y crecido en el lienzo de la realidad coloquial, del piropo y la sensualidad sin reparos como afirmaba José Rafael Lantigua; un derroche de compases que, teñido de rosa en las manos de un Juan Luis envenenado por José Manuel Calderón, trascenderá estratos sociales y falsas fronteras para instalarse por siempre en Palma de Mallorca, en las playas de Fukuoka o en las cuerdas congolesas de Diblo Dibala.

Esta noche habrá también que hablar de poesía, porque no solo es música lo que brota desde las piezas de Juan Luis; eso lo sabe Soledad Álvarez como hacedora de la magia de las palabras que nombran y renombran las cosas, es decir, como la poeta que hurga en los símbolos ocultos tras las calles de esta ciudad y el paisaje insular; tras las vicisitudes, picardías y alegrías que nuestra gente canta en el lenguaje vernáculo en su sempiterna construcción del ethos nacional.

En este contexto, recordemos que los estudiosos han afirmado con certera veracidad que, en la configuración social de los pueblos, más allá de costumbres, espiritualidad, geografía o quehacer económico, la música, y las artes en general, representan un eslabón esencial como reflejo de valores. Como catalizadoras de afinidades y dinámicas históricas que fortalecerán el patrimonio cultural inmaterial de una nación para el bien común de sus ciudadanos por tiempos a venir. He aquí, pues, a nuestro ver, la verdadera razón de ser del merecidísimo reconocimiento que hoy nos ha reunido y que como panelistas nos honra profundamente.

Sobre el alcance de nuestro homenajeado allende el terruño que le vio nacer, nos hablará la autorizada voz de César Muñoz; nos recordará cuán enriquecedor para esta media isla nuestra ha sido la “internacionalización” de los bailes, lamentos, y perspicacias que inspiraron a Juan Luis. Ello así porque en tanto semejante acontecimiento representa, proyecta (y vende, en el mejor sentido del término) el abanico de la dominicanidad, también se constituye en importantísimo agente de intercambio dinamizador de nuestra idiosincrasia. En valioso fenómeno integrador en tiempos donde penosamente la globalización fragmenta identidades y donde la palabra cultura parecería haber perdido toda relevancia.

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Vinilo Fogaraté, de Juan Luis Guerra, 1994

Cara B: Epílogo

Fue quizás el magno pensador Franklin Mieses Burgos, temprano estudioso del perfil de la dominicanidad, el primero en trasladar al poema la significación del merengue en la vida del país tal cual ilustra su imperecedero texto “Paisaje con un merengue a fondo” en el que dice Por dentro de tu noche/ solitaria de un llanto de cuatrocientos años,/ por dentro de tu noche caída entre estas islas/ como un cielo terrible sembrado de huracanes/ (…) frente a la vieja herida violeta de tus labios/ por donde gota a gota como un oscuro río/ desangran tus palabras,/ lo mismo que dos tensos bejucos enroscados/ bailemos un merengue/ un furioso merengue que nunca más se acabe.

Hay en estos versos una desgarradora y sentida narración de nuestra historia colonial –para el poeta, álgida y solitaria– y de toda la posterior epopeya que significó la construcción de una nación, que, a pesar del asedio de recurrentes vicisitudes climáticas, intrigas políticas, y pobreza material, logró alcanzar una adultez merecedora del interminable merengue que significa la felicidad y dignidad de sus gentes. En esa tesitura, pienso que Juan Luis Guerra, quizás sin proponérselo, persiguió los mismos objetivos de Mieses Burgos tal como ejemplifican sus canciones, las cuales, con frecuencia, no son más que versos pensables (y pensamientos bailables, por supuesto).

En las piezas de Juan Luis, el amor ausente, herido, o ansiado permea cada ritmo con los que se construyen merengues, boleros, o bachatas a veces obligándonos a pausar durante el baile a fin de percibir el pálpito deambulando entre los entresijos del pecho; o quizás para rememorar nuestras propias historias personales de almas sensibles sacudidas, literalmente de pies a cabeza. Amor como Norte y propósito cuando susurra: canta corazón con un ancla imprescindible de ilusión; amor como festín de la naturaleza: y acariciarte en la mañana/ y arroparte con el sol./ Y desvestir a los guandules pa’alimentar el amor…; o como el querer del amargado, trágica víctima del desamor: dime si mastico el verde menta de tu voz/ o le pego un parcho a mi alma.

¿Y qué decir de la preocupación social tan raramente plasmada en la música bailable del continente? Las frases de nuestro cien veces premiado artista lo dicen casi todo cuando hablan de orígenes e Historia: Somos un agujero en el medio del mar y el cielo 500 años después/ una raza encendida, negra blanca y taína ¿pero ¿quién descubrió a quién?; cuando narran ilusiones y migraciones forzadas: buscando visa para un sueño/ para naufragar/ carne de la mar, pues ya no hay visa para un sueño; o cuando cuentan endémicas precariedades materiales: El costo de la vida sube otra vez/ y las habichuelas no se puen’ comer y la democracia no puede crecer/ si la corrupción juega ajedrez…  

Jochy Herrera –moderador – y los panelistas Pedro Delgado Malagón, Soledad Álvarez y César Muñoz

Es de toda justicia indicar en estas líneas que cuando el equipo gestor de este evento nos solicitó una brevísima descripción de quien considerábamos era nuestro homenajeado, escogí estas veinte palabras dentro del infinito abecedario que podría tipificarle: “Cantor de peces y amaneceres, sembrador de suspiros y futuros. Cómplice de piernas y caderas”. Eso es Juan Luis Guerra.

Y sin infladas caracterizaciones o falsas loas, debo cerrar agradeciendo al poeta merenguero a nombre de los panelistas y de todos los presentes por tanta emoción y tanto corazón entregado a este país; gracias, Juan Luis por tu talento y bonhomía, por tantos “aguaceros de yuca y té para que no sufran los conucos”; gracias por tus sentidas súplicas para que nuestros niños puedan cantar en el campo aguardando en promisorios amaneceres por el café hecho lluvia. Gracias por hacernos soñar y creer en una mejor República Dominicana.

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Jochy Herrera es cardiólogo y escritor. Premio Nacional de Ensayo de la República Dominicana 2024, autor de Carne y Alma. Imágenes de la corporalidad (Huerga & Fierro, Madrid 2025).