La publicación en Madrid, España, por la editorial Visor Libros, en su prestigiosa Colección de Poesía, del volumen Donde todo triste ruido hace su habitación, que reúne la poesía de José Mármol (1960) escrita entre 1984 y 2019, constituye un hito significativo que contribuye a transformar la percepción y la proyección de la poesía dominicana en el ámbito internacional.
En este libro se condensan más de cuatro décadas de trabajo poético marcado por una intensa reflexión sobre la existencia, el lenguaje y la condición humana. La obra de Mármol se caracteriza por una profunda densidad filosófica, una exploración constante de la interioridad y un tono elegíaco que interroga el tiempo, la memoria y la fragilidad de la experiencia humana. La reunión de estos textos en un solo volumen permite apreciar con mayor claridad la evolución de su escritura: desde las primeras búsquedas expresivas hasta la consolidación de una voz madura, rigurosa y de notable coherencia estética.
La edición de Visor no solo legitima la trayectoria del autor dentro del canon poético contemporáneo en lengua española, sino que también sitúa su obra en un circuito de lectura más amplio, junto a algunas de las voces más relevantes de la poesía hispánica publicadas por esta editorial. En ese sentido, el libro funciona como una suerte de cartografía espiritual de su pensamiento poético, donde convergen la meditación metafísica, la conciencia histórica y una sensibilidad que dialoga con la tradición moderna de la poesía latinoamericana y española.
Además, la aparición de este volumen en España tiene un valor simbólico y crítico: abre nuevas posibilidades de recepción para la poesía dominicana en espacios editoriales y académicos internacionales, contribuyendo a visibilizar una tradición literaria que con frecuencia ha permanecido en los márgenes del mercado editorial global.
No se trata únicamente de la reunión de varios libros dispersos en el tiempo, sino de la posibilidad de leer, en una sola respiración histórica y estética, el itinerario de una de las voces más reflexivas y radicales de la generación poética de los años ochenta. El título mismo del volumen —que evoca una resonancia de la tradición cervantina vinculada a Miguel de Cervantes— funciona como una clave simbólica: la poesía aparece como un espacio donde el ruido de la historia, de la memoria y de la conciencia encuentra una morada interior. Ese “triste ruido” no es otra cosa que la experiencia humana transfigurada por el lenguaje. Leer reunida esta obra permite advertir que la poesía de Mármol se ha desarrollado como una interrogación persistente sobre el ser, sobre el lenguaje y sobre la fragilidad de toda certeza. En ese sentido, su escritura contribuyó desde temprano a desplazar ciertos modos dominantes de la lírica dominicana hacia una zona más reflexiva, donde el poema no se limita a expresar una emoción, sino que se convierte en una forma de pensamiento.
El punto de partida de ese recorrido se encuentra en El ojo del arúspice, publicado en 1984, libro que marca el inicio de la trayectoria de Mármol y que, leído hoy en perspectiva, puede considerarse uno de los textos inaugurales de la sensibilidad poética de los años ochenta en la República Dominicana. Es notable que un autor apenas en la veintena haya producido un libro con semejante densidad conceptual. Desde sus primeras páginas se advierte que la escritura de Mármol no se conforma con la transparencia de la emoción lírica tradicional, sino que busca instalarse en una zona de tensión entre el pensamiento y la imagen. La muerte aparece como una temática medular, pero no como simple motivo elegíaco o sentimental. Se trata más bien de un mito del lenguaje, una metáfora radical de la vida misma. En estos poemas el discurso poético disecciona el lenguaje del poeta como si lo sometiera a una autopsia simbólica para convertirlo en pensamiento, y ese pensamiento se derrama luego en una sucesión de fenómenos lógicos y, en otros momentos, en irrupciones visionarias que rompen toda estabilidad temporal o espacial. El poema se vuelve así un territorio donde el ser pierde sus coordenadas habituales y entra en contacto con presencias extrañas, revelaciones súbitas, intuiciones místicas que buscan nombrar aquello que permanece normalmente fuera del lenguaje. La conciencia crítica apenas comienza a insinuarse en este libro, pero ya se percibe la imposibilidad de reconciliación entre el sujeto y el mundo. El poema aparece como una interrogación permanente, una forma de búsqueda que desconfía de las certezas ideológicas y de las estructuras discursivas que pretenden fijar el sentido. En ese sentido, desde este primer libro Mármol manifiesta una sospecha profunda hacia el lenguaje, hacia todas las tramas de poder o de pensamiento que se han construido con él.
fuera de foco nítido abarco el universo aterrador
mi cuerpo habló a los fariseos con tibia voz de tacto
existencia es soledad y ser es existir como un idiota
un instante después lo volvió nada por el aire.
Esa indagación inicial encuentra una ampliación significativa en Encuentro con las mismas otredades I (1985) y Encuentro con las mismas otredades II (1989). Ambos libros pueden leerse como una sola etapa dentro de su evolución poética. En ellos la reflexión sobre el ser continúa, pero el universo del poema comienza a incorporar con mayor claridad elementos de la experiencia cotidiana. La memoria de la infancia, las escenas de la vida diaria, ciertos gestos del mundo inmediato, aparecen ahora como materiales del poema. Sin embargo, estos elementos no funcionan como simples referencias realistas. Su presencia se integra a la estructura reflexiva del discurso y se convierte en una vía para profundizar la interrogación sobre la identidad. En estos textos la poesía de Mármol empieza a desarrollar con mayor claridad lo que podría llamarse una lírica del pensamiento reflexivo. El lenguaje se vuelve más flexible y comienza a combinar, de manera cada vez más visible, registros distintos: la lengua coloquial convive con la lengua literaria, el tono meditativo se entrecruza con momentos de intensidad imaginativa, y el poema se convierte en un espacio donde múltiples connotaciones se superponen. Esta mezcla de registros resulta particularmente significativa dentro del contexto de la poesía dominicana, donde la tradición lírica había privilegiado con frecuencia una dicción más homogénea. Mármol introduce así un modo de escritura que, sin renunciar a la densidad filosófica, permite que la realidad cotidiana ingrese en el poema y dialogue con el pensamiento. De ese modo comienza a configurarse un universo poético en el que lo metafísico y lo cotidiano se encuentran continuamente, produciendo una tensión que define gran parte de su obra posterior.
Ese proceso de maduración alcanza uno de sus momentos más altos con La invención del día, obra en la que el poeta fija una señal decisiva dentro de su trayectoria creativa. Publicado en 1989, este libro mereció el Premio Nacional de Literatura Salomé Ureña y marca un punto de consolidación estética en su obra.
En este poemario se percibe una reflexión particularmente intensa sobre la conciencia, la memoria y la experiencia vital. El poeta recoge aquí las líneas fundamentales de su poética: una escritura contenida, de estructura depurada, donde la distancia reflexiva se convierte en un principio organizador del discurso lírico. Como expresa uno de sus versos: “vuelvo mi caos al caos en el final de la procedencia de donde no se parte. Allí jamás se vuelve”.
Aquí el mundo aparece como una realidad simultáneamente conflictiva y familiar, un espacio donde el sujeto intenta reconstruir su identidad en medio de las fracturas del tiempo y de la historia. El poema ya no se limita a registrar la experiencia; se convierte en una forma de invención, en el sentido profundo de la palabra: inventar el día significa inventar también la mirada que lo percibe y el lenguaje que lo nombra. La escritura alcanza en este libro una notable precisión en el uso de la alusión y de las resonancias simbólicas. Cada imagen parece abrir múltiples direcciones de sentido, y el discurso poético se desplaza entre ellas con una libertad que no pierde nunca su rigor reflexivo. En ese movimiento se advierte con claridad la desconfianza fundamental de Mármol hacia el lenguaje: el poeta sabe que toda palabra es provisional, que toda afirmación está atravesada por discursos previos, por tradiciones y por ideologías. Por eso el poema no busca establecer una verdad definitiva, sino aproximarse a una zona de revelación donde el lenguaje apenas logra rozar aquello que permanece oculto.
En Lengua del paraíso, libro con el que obtuvo en 1992 el Premio de Poesía Pedro Henríquez Ureña, se perfilan ya los rasgos más intensos de su sensibilidad lírica. En estos versos el poeta asume la soledad no solo como experiencia emocional, sino como una forma de acceso a la trascendencia, donde la conciencia del aislamiento humano se convierte también en un camino de conocimiento interior.
La poesía se abre entonces a la indagación ontológica, el lamento, la muerte y el amor desde una perspectiva más desgarrada y abierta. El tono se vuelve elegíaco y nostálgico, atravesado por una sensibilidad meditativa que busca en la experiencia interior el sentido último de la vida. En este registro aparecen temas recurrentes como la soledad, el temor, la duda y la conciencia del tiempo.
Así lo sugieren versos como estos: “Solitario yo, con la soledad de un fruto de rapiña salvo lo profundo de la bestia; Me babea Solitario yo, en ese bar pintado de soledad sonora, Esperando que otro día pase y otro día empiece, tristemente irremediable. Solitario yo.”
En este libro la escritura adquiere además un tono que podría describirse como dialéctico y demostrativo. Mármol no se limita a evocar emociones o escenas; el poema funciona como una especie de argumentación simbólica en la que se examinan las tensiones fundamentales de la cultura occidental. Por eso comienzan a aparecer con mayor claridad referencias a los grandes mitos que han estructurado el imaginario de Occidente. Estos mitos no se presentan como simples citas culturales, sino como estructuras profundas que organizan la experiencia del sujeto contemporáneo. El poeta los revisita, los desmonta y los vuelve a interrogar desde la conciencia crítica del presente. De esta manera, la poesía se convierte en un espacio donde el individuo dialoga con la tradición cultural y al mismo tiempo cuestiona sus fundamentos.
El poema conserva su densidad conceptual, pero adquiere un tono de mayor intensidad emocional, como si el sujeto lírico atravesara una experiencia límite que lo obligara a confrontar de manera directa las zonas más frágiles de la existencia. No desaparece la conciencia del lenguaje que había caracterizado sus libros iniciales; por el contrario, el idioma sigue ocupando un lugar central, pero ahora se convierte en un instrumento para explorar con mayor dramatismo la interioridad del sujeto. En esta obra también continúa desarrollándose una preocupación que ya se había insinuado en textos anteriores: la presencia del otro, la diferencia, la alteridad como espacio de interrogación. El otro no aparece únicamente como figura interpersonal, sino como una dimensión del propio sujeto, como aquello que lo desborda y lo obliga a reconocerse en su propia fractura.
Esa búsqueda alcanza una nueva intensidad en Deus ex machina, libro publicado en 1994, y con el cual obtuviera el Premio de Poesía Casa de Teatro y Accésit al Premio Internacional de Poesía Eliseo Diego. Aquí el tono del discurso cambia nuevamente y adopta una forma más cercana al poema extenso o al texto en prosa poética. El lenguaje se organiza a partir de reiteraciones, de variaciones rítmicas que evocan una especie de letanía moderna donde se repiten los grandes misterios de la existencia: el pecado, la culpa, los demonios interiores, la sensación de una vida desgarrada por fuerzas contradictorias. En este libro parece insinuarse una forma particular de monólogo dramático. El hablante poético se convierte en una voz que dialoga consigo misma y con sus fantasmas, una voz que se despliega como si estuviera representando su propia conciencia en escena. Esa dimensión dramática del discurso otorga a la obra una fuerza particular, porque el poema ya no es solo un lugar de reflexión sino también un espacio de confrontación interior. El yo poético se fragmenta, se multiplica y se examina a sí mismo en una especie de teatro de la conciencia.
La muerte ha tenido vocación de persistencia. Yo no sé si podrán
mis huesos con sus ácidos, mi carne con sus ásperos filos de
pezuña, mi débil pensamiento con su volcán de niebla.
Al mismo tiempo, el libro introduce una perspectiva que podría considerarse cosmológica. Las reflexiones del sujeto no se limitan a la experiencia individual, sino que se proyectan hacia una interrogación más amplia sobre el destino de la cultura y de la historia. El mundo aparece como un escenario profundamente perturbado, casi como un desastre moral y espiritual, y el poema intenta reconstruir, a partir de la memoria y de la imaginación, un sentido posible para esa experiencia de crisis. La poesía de Mármol se vuelve entonces una forma de indagación en los valores fundamentales de la tradición occidental. Los grandes conceptos que han estructurado esa tradición —Dios, la culpa, la redención, el mal— reaparecen aquí transformados por la conciencia moderna, que ya no puede aceptarlos de manera ingenua pero tampoco logra desprenderse completamente de ellos. El resultado es una escritura que oscila entre la nostalgia de lo sagrado y la lucidez crítica del pensamiento contemporáneo.
En Criatura del aire, publicado en 1999, se advierte otro desplazamiento dentro de esta evolución poética. El lenguaje parece adquirir una intensidad más contenida, como si el poeta optara por una tonalidad más baja y reflexiva después de la tensión dramática del libro anterior. Sin embargo, esa aparente serenidad no implica una renuncia a las preocupaciones fundamentales de su obra. Por el contrario, el poema continúa explorando las mismas zonas de incertidumbre y de interrogación, aunque ahora lo hace desde una mirada más íntima y contemplativa.
En este libro reaparecen con fuerza dos temas que atraviesan gran parte de la poesía de Mármol: la presencia de la mujer y la experiencia del amor. Estas figuras no se presentan como simples motivos sentimentales, sino como espacios de revelación donde el sujeto descubre su propia fragilidad. El amor aparece siempre acompañado por una conciencia de pérdida, como si la plenitud afectiva estuviera inevitablemente atravesada por la sombra de la desaparición:
Nada pesas en mis labios, criatura del aire.
Al toque de mi mano te me vuelves fugaz,
temblor desvanecido en un clamor de olas
En Criatura del aire se percibe también una sensibilidad nostálgica que atraviesa buena parte del libro. La memoria se convierte en una forma de conocimiento, pero también en una experiencia dolorosa, porque cada recuerdo revela la distancia que separa al sujeto de aquello que alguna vez fue. Las presencias que aparecen en el poema —personas, lugares, momentos de la vida— adquieren un carácter casi espectral, como si el lenguaje intentara retener algo que inevitablemente se desvanece.
La imaginación funciona entonces como una fuerza capaz de conectar la experiencia personal con los grandes movimientos simbólicos del universo. A través de ese proceso, la poesía busca penetrar en las zonas más profundas de la realidad y del pensamiento, interrogando continuamente el significado de los valores que han sostenido la cultura y examinando, con una lucidez cada vez más intensa, las grietas que atraviesan la condición humana.
Con Torrente sanguíneo —publicado en 2007 y distinguido con el Premio Nacional de Poesía Salomé Ureña— la poesía de José Mármol alcanza una nueva fase de concentración expresiva. Después de las exploraciones metafísicas y lingüísticas de sus libros anteriores, aquí se percibe una condensación del sentir que se transforma en una especie de visión. No se trata de una visión meramente contemplativa, sino de una experiencia intensa donde la sensibilidad se vuelve el eje de una reflexión más profunda sobre el tiempo, la memoria y la existencia.
En este libro reaparecen algunos de los grandes temas que han atravesado su obra —el amor, el hastío, la conciencia de la muerte— pero lo hacen bajo una luz distinta. Ya no aparecen como simples motivos emocionales, sino como fuerzas que atraviesan la experiencia humana y que el poema intenta comprender en su dimensión más radical. La poesía parece trascender esos temas para situarse en una zona donde el mundo revela una pureza secreta, una realidad esencial que solo puede manifestarse a través de la palabra poética.
El discurso se construye entonces como una meditación sobre la vida, sobre la pérdida y sobre la materialidad de la existencia. El olvido, la nostalgia, la carencia y la conciencia de lo efímero se convierten en elementos centrales de la reflexión. Sin embargo, lejos de producir un tono puramente elegíaco, esa conciencia de la pérdida genera una intensidad particular: la poesía busca rescatar el significado profundo de las cosas precisamente en el momento en que parecen desvanecerse.
El poeta aparece en estos textos como un inconforme errante de la vida, una conciencia que se desplaza entre el pasado y el porvenir intentando descifrar el sentido de la experiencia. En uno de los versos más significativos se afirma: “vengo del porvenir incierto, estoy tan lejos hoy y sin embargo…”. Esa declaración resume la posición del sujeto lírico dentro del libro: alguien que habita simultáneamente la distancia y la proximidad, la memoria y la anticipación.
El tiempo adquiere aquí una dimensión particularmente compleja. No se trata simplemente de la nostalgia por lo perdido, sino de una forma distinta de memoria. La memoria se convierte en un rito ceremonial, una fuerza casi mágica que irrumpe en la conciencia del poeta y se instala con una intensidad dolorosa, como si fuese una presencia viva que habita en la médula del sujeto. Ese poder lacerante del recuerdo transforma el poema en un espacio de confrontación con la propia historia personal y con las heridas del mundo.
Por eso el pasado aparece en estos poemas no como un tiempo muerto, sino como un tiempo vivo que continúa actuando sobre la conciencia del sujeto. La memoria se transforma en un territorio donde confluyen las experiencias personales y las fracturas históricas. El universo que emerge de esta escritura es un mundo profundamente atormentado, atravesado por tensiones que el poema intenta comprender sin reducirlas a una explicación simple.
En ese sentido, Torrente sanguíneo puede leerse como una prolongación y al mismo tiempo como una transformación de las búsquedas que habían comenzado en Lengua de paraíso, Deus ex machina y La invención del día. La poesía continúa interrogando el lenguaje, la memoria y la historia, pero ahora lo hace a través de una escritura más concentrada, más intensa, donde cada imagen parece surgir de un viaje interior.
Dentro del desarrollo de la obra poética de José Mármol, el libro Miradas paralelas (2009) introduce una dimensión singular: el diálogo entre la poesía y la imagen fotográfica. El volumen surge a partir de una serie de fotografías del artista español Ángel A. Martínez, y ese origen visual determina en gran medida la estructura y la sensibilidad del libro. La poesía de Mármol se desplaza hacia una contemplación del mundo mediada por la mirada. La luz, el ojo, el eclipse, las sombras y los reflejos se convierten en motivos recurrentes que organizan el universo simbólico del poemario. Las fotografías no funcionan como simples ilustraciones, sino como detonantes de una reflexión poética sobre la percepción, el tiempo y la memoria.
En ese sentido, la concepción de la mirada que atraviesa este libro puede ponerse en relación con las ideas del crítico y ensayista John Berger, quien entendía la mirada como un acto fundamental del arte. Para Berger, ver no es un gesto pasivo sino una forma activa de conocimiento: toda imagen implica una manera de mirar el mundo y, al mismo tiempo, una manera de interpretarlo. La fotografía, según su pensamiento, transforma la mirada en lenguaje, en un sistema de signos que organiza nuestra relación con la realidad visible. Esa perspectiva permite comprender mejor el funcionamiento de Miradas paralelas, donde el poema responde a la imagen fotográfica como si intentara prolongar su sentido o descifrar su misterio.
El eclipse es del ojo; no de la mirada.
Sombra ilusa que cede al ruego de la luz.
Del pretiempo hasta hoy dominan las tinieblas.
Es el ojo el movimiento.
He caminado tanto desde que me hice hombre.
El letargo es del ojo; no de la mirada
Las fotografías —caminos, amaneceres, ciudades, horizontes abiertos— parecen dirigirse al espectador desde una distancia cargada de nostalgia. En ellas la realidad se presenta como una superficie donde se reflejan el olvido, la ilusión y el compás del tiempo. El poema interviene entonces como una segunda mirada, una mirada que no se limita a describir la imagen, sino que la interpreta y la transforma en experiencia interior. La luz adquiere una dimensión casi metafísica, como si el mundo visible estuviera compuesto por signos que el poeta intenta descifrar. De ahí la afirmación de uno de los versos del libro: “está el alfabeto rúnico de la luz y el movimiento”. Esa frase sugiere que la realidad posee una escritura secreta que solo puede revelarse a través de la contemplación poética.
Los objetos que aparecen en las fotografías —la piedra, las puertas, los barcos detenidos, la vegetación, el mar— adquieren una densidad simbólica que remite tanto al paisaje exterior como a la memoria interior del sujeto. Las calles, las callejuelas, los puertos y los horizontes se convierten en escenarios donde el tiempo parece detenerse por un instante. A través de esas imágenes, Mármol vuelve a convocar algunas de las obsesiones fundamentales de su obra: la pasión, el hastío, el deseo, la conciencia del paso del tiempo. Sin embargo, en este libro esas preocupaciones adquieren un tono más contemplativo. El poeta se detiene ante las imágenes con una mezcla de fascinación y melancolía, como si cada fotografía fuera un umbral hacia un horizonte casi imposible.
Un desplazamiento distinto se advierte en Lenguaje del mar (2012), obra distinguida con el Premio Casa de América de poesía americana. En este libro el universo poético de Mármol se orienta hacia una celebración del cuerpo, del deseo y de la sensualidad, siempre en diálogo con el paisaje insular del Caribe. El mar, que ya había aparecido como motivo en libros anteriores, se convierte aquí en el eje simbólico de la experiencia poética. No es únicamente un paisaje natural, sino una metáfora viva de la energía del mundo.
El principal motivo del poemario es el placer entendido como una fuerza creadora. El cuerpo aparece como un territorio donde confluyen el deseo, la memoria y la imaginación. El juego amoroso, el coqueteo y el erotismo recorren muchos de los poemas, creando una escritura donde la sensualidad se manifiesta con imágenes directas y vibrantes. El paisaje caribeño —el mar, el viento, la luz, los sabores— funciona como trasfondo de esa celebración. La poesía se llena de temperaturas, aromas, colores y texturas que transforman el poema en una experiencia sensorial:
Qué sería de un cuerpo si no fuera tocado.
Qué sería del mar si no fuese mirado y temido por tus ojos,
en su soleada erupción vegetativa.
Sin embargo, esa dimensión sensorial también puede leerse a la luz de la imaginación poética tal como la pensaba Gaston Bachelard. En sus reflexiones sobre la imaginación material, Bachelard sostenía que los elementos naturales —el agua, el fuego, el aire, la tierra— poseen una capacidad particular para despertar los sueños y las imágenes profundas de la conciencia. En una de sus observaciones más conocidas sobre el agua afirma que “el agua es el elemento que sueña”, sugiriendo que los paisajes acuáticos activan una dimensión onírica de la imaginación. Esta idea ilumina el funcionamiento simbólico del mar en el libro de Mármol: el mar no es solo una presencia física, sino una fuente de imágenes y de sueños que movilizan la sensibilidad del poeta.
El erotismo que atraviesa estos poemas puede comprenderse entonces como una energía imaginativa que conecta al sujeto con el movimiento profundo de la naturaleza. El deseo no se limita al cuerpo humano, sino que se expande hacia el mundo natural: el mar, el viento, los sabores, los recuerdos de la infancia. Todo parece participar de una misma pulsión vital. De ese modo la poesía construye un universo sensorial amplio y exuberante, donde el placer se convierte en una forma de conocimiento.
Así, tanto Miradas paralelas como Lenguaje del mar amplían el horizonte de la poesía de José Mármol. En el primero, la mirada se transforma en un instrumento de interpretación del mundo visible, en diálogo con la concepción del arte desarrollada por John Berger; en el segundo, la imaginación sensual del mar se vincula con la dimensión onírica de la materia que había explorado Gaston Bachelard. Ambos libros revelan la capacidad del poeta para integrar distintos lenguajes —la imagen fotográfica, la reflexión filosófica, la experiencia sensorial— dentro de una escritura que continúa interrogando la relación entre la realidad, el deseo y la imaginación.
En Casa de sombra, publicado en 2013, Mármol vuelve a establecer un diálogo entre la poesía y la fotografía, esta vez en colaboración con el fotógrafo dominicano Herminio Alberti. El libro surge a partir de una serie de imágenes que documentan un lugar cargado de memoria histórica, la Casa de caoba, residencia asociada a los episodios más oscuros del régimen de Rafael Leónidas Trujillo, espacio que durante la dictadura se convirtió en escenario de abusos, violaciones y actos de violencia vinculados al ejercicio del poder absoluto. A partir de esas fotografías, la poesía de Mármol construye una “geografía moral” del horror, una cartografía del dolor donde la memoria histórica se convierte en materia del poema.
Las imágenes funcionan como detonantes de una reflexión ética sobre la violencia del poder dictatorial. El poeta no se limita a describir el espacio físico, sino que intenta penetrar en las capas de significado que lo rodean: los rumores, las leyendas, las voces de las víctimas, los silencios que la historia oficial intentó borrar. De este modo, el libro transforma un lugar concreto en un símbolo de la degradación moral que produce el autoritarismo. La casa se convierte en una metáfora de la sombra que el poder despótico proyecta sobre la sociedad.
En este contexto, la escritura adquiere un tono más sombrío y vehemente que en otros libros del autor. El poema se vuelve un espacio de denuncia donde el lenguaje intenta dar forma a la experiencia del sufrimiento. La memoria de las víctimas aparece como una presencia insistente que recorre las páginas del libro. Mármol introduce imágenes intensas que sugieren la violencia latente en ese espacio: “el avance del suplicio para la recién llegada; hay orgía de pantera en la mirada del oro, un llanto lacerado en la costa de su uña; hay un dolor que apesta en sus maquinaciones”. Estas imágenes condensan el clima moral del libro: un universo donde el poder se manifiesta como depredación, como dominio brutal sobre los cuerpos y las vidas de los otros.
La poesía asume entonces una función testimonial. Sin abandonar su dimensión simbólica, el poema se convierte en una forma de memoria crítica. La casa que aparece en las fotografías deja de ser un simple edificio para transformarse en un espacio cargado de significaciones históricas. En sus muros parecen resonar las voces de quienes padecieron la violencia del régimen. El poeta recorre ese espacio con una mirada que mezcla indignación y lucidez, intentando rescatar del olvido las huellas de un pasado que todavía pesa sobre la conciencia colectiva.
En ese sentido, Casa de sombra representa una de las intervenciones más explícitamente políticas dentro de la obra de Mármol. Aquí la poesía se coloca frente a la historia y la examina desde una perspectiva ética. El poema se convierte en un acto de resistencia frente al silencio y la impunidad. La rabia, la ira y la indignación atraviesan el discurso poético, pero esas emociones se transforman en un lenguaje que busca comprender las raíces del mal histórico.
La dictadura de Rafael Trujillo, que durante más de tres décadas marcó profundamente la vida dominicana, aparece en el libro no solo como un episodio del pasado, sino como una herida abierta en la memoria nacional. Al recorrer ese espacio de sombras, el poeta parece preguntarse por las condiciones que hicieron posible ese sistema de violencia y por las consecuencias que todavía se proyectan sobre el presente. De este modo, la poesía se convierte en una forma de conciencia crítica que examina los mecanismos del poder y denuncia la degradación moral que produce el autoritarismo.
Así, en Casa de sombra la escritura de José Mármol alcanza una dimensión ética particularmente intensa. La mirada poética ya no se dirige únicamente hacia la introspección metafísica o la contemplación de la naturaleza, sino hacia la historia concreta de la violencia y del sufrimiento humano. El poema se convierte en un espacio donde la memoria, la indignación y la reflexión se entrelazan para afirmar la necesidad de recordar, de nombrar y de enfrentar las sombras del pasado.
En A través de mis ojos (2014), Mármol vuelve a colaborar con el fotógrafo dominicano Herminio Alberti, continuando el diálogo entre poesía e imagen que había iniciado en Casa de sombra. El libro se estructura como una serie de meditaciones poéticas provocadas por imágenes que funcionan como detonantes del pensamiento. A diferencia de otros libros del autor, donde predominaba la exploración interior o la experiencia sensorial, aquí la escritura adquiere un tono reflexivo que se aproxima a la forma del ensayo poético. Cada texto se abre hacia interrogaciones sobre el pensamiento, el alma, el tedio, el naufragio de la conciencia moderna, la incertidumbre ante el porvenir y las múltiples crisis que atraviesan la civilización contemporánea.
El poeta observa el mundo desde una mirada crítica que registra fenómenos como el consumismo, el dominio del mercado, el deterioro del medio ambiente y la creciente depredación de la naturaleza. La poesía se convierte así en una forma de pensamiento que examina las contradicciones de la modernidad. El paisaje que emerge de estos textos es el de una civilización que parece avanzar hacia un estado de desastre moral y ecológico.
En este sentido, la reflexión de Mármol puede ponerse en relación con el pensamiento del filósofo alemán Martin Heidegger, quien consideraba que el arte y la poesía poseen la capacidad de revelar una verdad más profunda sobre el mundo. Heidegger afirmaba que “el lenguaje es la casa del ser”, sugiriendo que en la palabra poética se abre un espacio donde el ser humano puede volver a encontrarse con el sentido de su existencia. Esa idea ilumina la actitud de Mármol en este libro: frente al ruido del mercado y a la dispersión de la vida contemporánea, la poesía aparece como un lugar donde el pensamiento puede recuperar su dimensión esencial.
Las imágenes que acompañan los textos —paisajes, rostros, objetos, fragmentos de la realidad cotidiana— se convierten en puntos de partida para una reflexión que atraviesa distintos niveles de la experiencia humana. El poeta observa el mundo como si cada imagen fuese un signo que revela la precariedad de nuestra condición. De este modo, A través de mis ojos se configura como una especie de cuaderno filosófico donde la poesía se convierte en una forma de pensamiento crítico frente al desorden del presente.
Esa dimensión reflexiva se prolonga y se transforma en Yo, la isla dividida, publicado en 2019 por Visor Libros de España. En este libro la escritura de Mármol adquiere una intensidad más íntima y dramática. El título mismo sugiere una metáfora central: la identidad del sujeto aparece dividida, fragmentada, como si el poeta reconociera en su propia experiencia las tensiones y fracturas de la historia caribeña. La isla se convierte en símbolo de la conciencia individual y colectiva, un espacio donde convergen la memoria, el deseo, la historia y la incertidumbre del presente.
En estos poemas reaparecen temas fundamentales de su obra: la infancia, el mar, la memoria del origen, la fuerza erótica de la vida. Sin embargo, todos esos elementos están atravesados por una conciencia más aguda de la fragilidad humana. El poeta observa la existencia con un dramatismo que proviene de la certeza de que la vida individual se sostiene sobre una base precaria. La poesía se convierte entonces en una forma de cuestionamiento de las creencias que solemos considerar firmes: las certezas culturales, religiosas o biológicas que nos hacen suponer que existe un orden estable que garantiza el sentido de nuestra existencia.
En uno de los versos más reveladores del libro el poeta escribe: “el mundo es un fluido escenario de dolor, almas mendigando la piedad que han denegado, y en su mano un racimo de pájaros llorando”. Esta imagen resume el tono del poemario: un universo donde el sufrimiento humano aparece como una presencia constante, pero donde la poesía intenta encontrar una forma de comprensión y de testimonio.
El movimiento de estos poemas es particularmente significativo. El lenguaje no se detiene en una contemplación estática del recuerdo; por el contrario, se mantiene en un estado continuo de búsqueda. La memoria avanza y retrocede en el tiempo, se interroga, duda, afirma, niega, canta, llora, reflexiona. El poema se convierte en un espacio dinámico donde la conciencia del poeta intenta reconstruir su propia experiencia. En lugar de fijar un momento preciso, el lenguaje permanece en un proceso perpetuo de construcción.
De este modo, Yo, la isla dividida puede leerse como una síntesis de muchas de las preocupaciones que atraviesan toda la obra de José Mármol. La infancia, el mar, la memoria, el deseo, la historia y la conciencia crítica se entrelazan en una escritura que nunca se conforma con una respuesta definitiva. El poema se convierte en una forma de exploración continua donde el sujeto intenta comprender aquello que comparte con los otros: el lenguaje, la memoria, el dolor, la esperanza y la incertidumbre de existir.
Leídos en conjunto, estos libros muestran a un poeta que ha llevado su escritura hacia una dimensión cada vez más reflexiva. La poesía deja de ser únicamente un espacio de expresión estética para convertirse en una forma de pensamiento que examina el destino del individuo y de la sociedad contemporánea. En ese proceso, la obra de José Mármol reafirma una convicción que atraviesa toda su trayectoria: que el poema no es solo un acto de belleza, sino también un acto de conciencia, una manera de interrogar el mundo y de intentar comprender, a través del lenguaje, la complejidad de la experiencia humana.
En definitiva, la publicación de estos trece libros por la prestigiosa editorial Visor constituye no solo un reconocimiento a la solidez y permanencia de esta obra poética, sino también una confirmación de su lugar dentro del horizonte mayor de la poesía en lengua española. Que una casa editorial de tan alta tradición acoja y proyecte estos libros significa que la voz que los sostiene ha alcanzado una madurez y una resonancia capaces de dialogar con lectores de muy diversos contextos culturales.
Por eso celebro con profunda alegría este logro de mi querido amigo y compañero de ruta literaria, el poeta José Mármol. La aparición de estos textos en el catálogo de Visor no es solo un acontecimiento editorial: es también un motivo de legítimo orgullo para nuestras letras y para todos aquellos que hemos seguido, admirado y acompañado su trayectoria creadora. Recibe, pues, querido Jochi, mis más cálidas felicitaciones por este hito luminoso de tu vida literaria, que honra tu perseverancia, tu rigor estético y la fidelidad con que has sabido escuchar las voces más hondas del espíritu y de la lengua.
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Plinio Chahín. Poeta, crítico y ensayista. Autor de diversos libros de ensayo, narrativa breve y poesía. Narración de un cuerpo es su poesía reunida hasta el 2011. Con ¿Literatura sin lenguaje? Escritos sobre el silencio y otros textos, obtuvo el Premio Nacional de Ensayo 2005 y con Hechizos de la hybris el Premio Internacional de Poesía de Casa de Teatro del año 1998.