Discurso de la mano vacía
Mi mano vacía finge ser una mano vacía,
las preguntas de mi sombra fingen ser preguntas
de otra sombra. Los jardineros de la noche se han quitado
el compromiso con su máscara y se asoman desnudos frente a otro resplandor
de esos que sobreviven
en el invierno.
El país que recorremos descubre que todos sus habitantes son sepultureros de la última palabra,
traficantes subterráneos, pactos probables.
Al fin y al cabo ya no sé quién habita los pantanos del asombro.
Parece la palabra de otro cuerpo
que se hunde,
mi mano vacía que se hunde
y ya no puedo resistir el adiós.
No estoy de paso por esta oscuridad
A veces pienso que el dolor es mi respiración de turno.
Un tiempo de cenizas que pulsa en esta cicatriz
de espuma que me lleva.
Mis pies cumplen por un momento, el ritual de la arena,
hundidos en la penumbra que va quedando del recuerdo.
La angustia se cuelga en la puerta de la casa
¿Será colgar la sangre del cuerpo y la esperanza sólo un instante
parecido a la nostalgia?
Conozco el apoyo de la cuerda floja
debajo del salto,
me impulsa con frecuencia a otras comarcas.
Mi cuerpo a la intemperie no deja de apostar por el salto,
de invocar el salto, de ser el salto prohibido que me salva.
Qué dulce, pero qué dulce saberme viva y eterna
en el tránsito ambiguo de la luz y de la sombra.
Saber que en la multiplicidad de mis brazos
también puede acunarse el universo.
No estoy de paso por estas latitudes,
también las poseo y me escribo en sus abismos.
Mis vísceras sin código preciso, mis actos, sin código preciso,
Desaparecen en el rompecabezas de mis ojos,
Me miro descalza y hace frío.
Habito la fila de lo inhabitable
Y dejo atrás todo lo que augure
el equilibrio.
—-
Carmen Rojas Larrazabal nació en Venezuela. Realizó estudios de Licenciatura, posgrados y doctorado en Terapia Ocupacional con especialización pediátrica en la rehabilitación de niños con Autismo y Parálisis Cerebral en Estados Unidos y en Hungría. Posee especializaciones de postgrado en Literatura inglesa, chicana y afroamericana.