La crítica literaria, oficio, que, con toda franqueza podría considerarse género mayor por sí solo, abraza funciones que van más allá del acto de reseñar libros, de emitir juicios estéticos o establecer taxonomías. Ella acarrea una solemne obligación de decidida naturaleza ética: el advertir al lector sobre lo que debe leerse y cómo debe leerse, el entablar vínculos que amplíen y complejicen nuestro “mapa de la sensibilidad” al interpretar de forma fidedigna la obra en cuestión, y, sobre todo, el construir un juicio sobre la expresión literaria preguntándose si ella contribuye (y cómo contribuye) a la condición humana, a las con mucho amenazadas y menguadas reservas de la inteligencia moral contemporánea. En semejante proceso, la crítica deberá asumir el firme papel de guía y orientadora del lector a fin de facilitarle la comprensión del texto como sujeto íntegro gracias a la precisión, al deleite y al pavor que las palabras pudiesen provocar en él.
La actual banalización del libro, resultado de los grandes intereses de los grandes intereses empresariales de la página a manos de plumas asalariadas e ideológicamente sesgadas, la pretensión de que cualquier obra y cualquier autor sean dignos de estudio o reconocimiento, los dudosos estándares por los que se descalifican o defienden publicaciones hiperbólicamente y sin criterio analítico alguno, y la prevalencia de lo políticamente correcto en ciertos círculos académicos, entre múltiples otras razones, han conllevado a lo que hoy muchos catalogan como la agónica condición del crítico literario.
Estos comentarios ya habían sido expresados seis décadas atrás por George Steiner, el lúcido y prematuro ensayista y filósofo franco-angloestadounidense que llegará a ser considerado uno de los más grandes críticos occidentales de la modernidad. Un arquetípico pensador de la estirpe humanista grecolatina quien antes de cumplir los treinta años ya había plasmado en su pionero ensayo Tolstoi o Dostoievski (1959) una imperecedera afirmación sobre el oficio de reseñar libros: “La crítica debe surgir de una deuda de amor”.
Será aquella idea acaso, el detonante del trabajo aquí discutido, la motivación por la cual el reconocido poeta, teórico y crítico Plinio Chahín haya replicado el sentir de Steiner acogiendo uno de sus más contundentes y paradigmáticos alegatos: el que “todo acto crítico genuino nace del agradecimiento y de la admiración hacia las obras del espíritu humano”. Porque, en efecto, escribir ―y escribir con y desde el corazón― sobre la trayectoria literaria de José Mármol es justamente hacer loor a todo lo referente a la condición humana hecha frase, aforismo, párrafo o verso. Es reconocer y celebrar el talento, la persistencia y coherencia con la que Mármol ha edificado una robustísima trayectoria intelectual y literaria, dice el también académico; es reseñar con sobrada justeza al autor que ha hecho de la lectura, la reflexión y la escritura una manera de entender el mundo y de dialogar con su tiempo.
En José Mármol: la escritura como destino (2026) la probada destreza de la pluma chahiniana nos transporta a través de 160 páginas hacia un texto fundamental que adentra al lector interesado y también al conocedor de la obra de Mármol en sus distintos rostros a decir de nuestro autor: “El vate que disecciona la emoción y la belleza de la palabra; el ensayista y teórico que reflexiona sobre la literatura y la cultura; el pensador que dialoga con la filosofía; el lector apasionado que encuentra en los libros una forma permanente de aprendizaje, y el ser humano cuya sensibilidad atraviesa toda su escritura”. Veintiún artículos que trazan el lienzo de la dimensión creativa del celebrado poeta, su unificada voz como creador que interroga la realidad, la memoria, el deseo, el lenguaje y cuanto asunto relacionado a la condición humana merezca considerarse.
De acuerdo con Chahín, nuestro Premio Nacional de Literatura 2013 es poseedor de una férrea voluntad de permanente estudio, de una rigurosa disciplina creativa en la que la filosofía y el logos ocupan un lugar privilegiado evidenciado ello en su ensayística y, notablemente, en su obra poética. Una que transmuta desde la emoción al pensamiento explorando el tiempo, el ser, el acontecer místico y fenomenológico, hasta arribar a los territorios de la filosofía reciente para, al final, construir el poema como un espacio donde pensar y crear serán ejercicios inseparables.
No se olvide, eso sí, la perenne preocupación de Mármol por lo referente al cuerpo, por lo corporal como lugar donde acontece la gesta lúdica, inventiva, gozosa y poiética del hombre que él ha depositado en incontables estrofas y particularmente en Torrente sanguíneo (2007). En sus páginas el lector encontrará los que a mi ver constituyen sus más liricos versos sobre ese cuerpo, morada de los asuntos del corazón, de la aventura erótica y, por supuesto, del odio también; cosas sobre las que el vate homenajeado nos advierte sin vacilaciones: En el centro no de las ingles diagonales./ Allí, la desmesura donde habita tu sexo./ (…) En el centro no, de los pechos macerados./ (…) En el odio no. Tampoco en el amor. No en vano Chahín establece que este poemario es una ruta, un viaje del poeta por el mundo de la memoria y el cuerpo, la apoteosis de este último, no solo como reto ante el porvenir y la muerte, sino, como discurso rebelde del deseo.
Un rasgo notable del libro que comentamos es la formidable maestría crítica exhibida por el autor en la conformación de una panorámica del dilatado recorrido de José Mármol; en él se profundiza en los detalles de su estilo y en sus originales aportaciones a la literatura nacional y latinoamericana empleando un lenguaje elegante, y, a la vez, despojado de tecnicismos o acotaciones pseudo académicas. Salvo raras excepciones, en nuestro país no abundan publicaciones de esta naturaleza en las que se plasme el estudio exhaustivo de un autor vivo en el parnaso de la literatura nacional actual. Así, desde el fundador poemario El ojo del arúspice (1984) hasta el más reciente ensayo de Mármol publicado en España, Otras angustias de la posmodernidad. Aceleración, descontento y luchas identitarias (2025), los textos de Chahín que conforman este libro, muchos de ellos inéditos, se han aproximado a una gran parte, si no a casi toda la producción escritural de nuestro admirado Jochi. Comentaremos brevemente sobre estos dos últimos.
El ojo del arúspice, volumen fundacional de la poética dominicana de las décadas finales del pasado siglo, aparece en un momento histórico premonitorio, en un tiempo donde país, literatura, y el pensar mismo se encuentran asomados en el introito de la posmodernidad. La media isla, apenas recuperada tras veinte años de vértigos políticos hervía entre acuerdos con el FMI y una galopante inflación; la Union Carbide y el isocianato de metilo asesinaban miles en la India; recién se descubría el bicho culpable del VIH, y, aunque la primera página web estaba aún por nacer, los medios iniciaban la desacralización del pudor. La imagen, empujada por las hiperverdades de la tecnología de comunicación de masas adquiría vestimenta pornográfica en la que ideología era desplazada por apariencia y utopía por inmediatez. Mientras tanto, el joven Mármol se preguntaba en este libro “¿Hacia dónde van los hacia dóndes de mi jardín de furias y de penas?”, es decir, ¿hacia dónde nos llevará ese rio heracliteano que indefectiblemente arrastra vida hacia la muerte?
Como expresión vivencial del acontecer atribulado y el de su propio existir, el poeta presagia en esta tempranísima obra. Sacerdote curioso, ve indicios mientras en ejercicio nerudiano se detiene en la nada “sin ver ni morir”. Desde allí, otea paisajes de la realidad cotidiana invitándonos a sacudir su aparente certeza, a crear formas del tiempo que en la dimensión del universo poético conformen estaciones del andar: …de olvidar vienen los hombres porque de conocer se van como las bestias. El existir está entonces en la palabra, todas las cosas están en la palabra de Mármol: Dios, el mar, Nietzsche, el amor-cuerpo, la pasión de buscar para nada hallar, los sueños, Sísifo sucumbiendo bajo el peso de la piedra…y Cavafy, desnudo, mostrándonos sus muslos.
En la publicación aquí comentada, a su vez, Plinio Chahín preconiza en sus páginas que El ojo del arúspice instaura una nueva sensibilidad en la poesía dominicana, el principio de una “nueva órbita textual” donde la muerte como temática medular es el mito de la imagen, que no es más que la vida misma. Mito transubstanciado ―acota Chahín― a través de un discurso que diseca el cuerpo del poema como pensamiento, para dejarlo fluir en un vitalismo unas veces fenomenológico y otras existencial que destruye lo tempo-espacial del ser. Se trata de sacudimientos, en suma, en los que el objeto principal de la contemplación, lo que engloba la multiplicidad del mundo es el ser en todas sus manifestaciones y carencias que en este primer trabajo de José Mármol se revelan a plenitud.
Por otra parte, en el ensayo Otras angustias de la posmodernidad. Aceleración, descontento y luchas identitarias, nuestro celebrado bardo se lanza a la configuración de una bitácora ilustrativa de cada una de las angustias, como él llama a los accidentes del vivir que en el hoy sacuden el existir del Homo sapiens: desde la pandemia del COVID, inédita peste de la modernidad tardía; desde los dilemas y peligros de la realidad virtual, la tecnología cibernética y el universo digital; desde la filosofía, el poder y las identidades, hasta el devenir de lo creado o imaginado en las orillas del arte y la literatura. Un libro que Chahín ha catalogado certeramente como testimonio lúcido de la fragilidad contemporánea.
En efecto, nuestro autor afirma que en él no solo se traza una cartografía del descontento más allá del presente, sino una que interroga las raíces filosóficas de una época que parece haber renunciado al humanismo y a la trascendencia poética. Mas, allí donde todo parece reducirse a la lógica de la eficiencia y el cálculo, en palabras de Plinio, el poema afirma su gratuidad e irreductible vitalidad; por ello vincula el ideario de José Mármol a la visión del arte no solo como refugio, sino como instrumento catalizador de transformaciones. De tal forma, sentencia que “la fidelidad a la filosofía, unida a la persistencia de la poesía, se convierte en un acto político y ético”, uno que recupera el sentido frente a la neutralidad anestésica, que preserva lo humano frente al algoritmo cultivando el pensamiento crítico frente a la mediocridad.
En una conversación sostenida hace unos meses cuestioné a José Mármol sobre la posibilidad de que la reflexión humanista se impusiera sobre la ceguera moral y consumista que amenaza todo lo que nos rodea; y entre un pesimismo realista y un optimismo posible me confesó, que, en efecto, podía apostarse a la supervivencia del acto de pensar y a la inagotabilidad del espíritu crítico del sujeto bienpensante.
En esa tesitura, finalizo estas líneas citando una vez más a Plinio Chahín cuando afirma que “en una obra tan atormentada como la de Mármol, la utopía de la inocencia y de la reconciliación no es nada raro, y hasta puede ser previsible: funciona como el pasaje de la realidad al deseo, como la proporción entre el medio y el fin, como el punto (quizás alquímico) en que todos los contrarios se fusionan y resuelven en una unidad mayor”. En esa unidad resultante de la necesaria sacudida del estado de cosas, diría yo, una sacudida que nos empuje hacia la responsabilidad ética y humanista como única posibilidad futura de la especie.
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Jochy Herrera, es escritor y cardiólogo, Premio Nacional de Literatura 2024. Autor de Carne y alma. Imágenes de la corporalidad (Huerga & Fierro, Madrid 2025).