Salomé Ureña se destacó como madre, poeta y maestra, por lo que es hoy uno de los símbolos más altos de la dignidad nacional. A más de un siglo de su muerte aún concita la preferencia entre de los poetas dominicanos por el valor cualitativo de su obra.
Salomé Ureña Díaz nació a las “seis de la mañana” del 21 de octubre de 1850, en la casa de su abuela materna situada en la calle del Comercio, nombre que fue sustituido en 1924 por el de Isabel La Católica. Fueron sus padres Nicolás Ureña de Mendoza (1822-1875) y doña Gregoria Díaz de León (1819-1914). En la actualidad esta casa está marcada con el número 84, en el sector de Santa Bárbara, colindante con la que habitaron Juan José Duarte y Rodríguez (1768-1843) y doña Manuela Díez Jiménez (1786-1856), padres del Fundador de la República.
La ciudad en la que tuvo lugar el nacimiento de Salomé era pequeña y ofrecía rasgos de su agónico pasado colonial, pocos años después de haberse proclamado la República Dominicana y cuando ya se sentían los devastadores efectos de las disidencias políticas de la primera República.
Salomé Ureña tuvo una niñez precoz y según refiere doña Silveria Rodríguez de Demorizi “su madre la enseñó a leer y a los cuatro años leía de corrido”. Su infancia transcurrió en las aulas de dos pequeñas escuelas de primeras letras, únicas permitidas a las mujeres. De su madre heredó la responsabilidad que la caracterizó.
Por otra parte, el padre de Salomé, periodista y poeta de reconocido prestigio intelectual, político y abogado de profesión, se inscribe entre los escritores que junto a Félix María Del Monte (1819-1899), los Guridi y otros, sentaron las bases de la nueva concepción literaria dominicana, tras el advenimiento de la primera República.
Por su condición de hombre de letras, Salomé Ureña encontró en su padre la oportunidad de satisfacer sus deseos de saber, por lo que fue apasionada lectora desde su infancia, lo que la distinguió entre sus contemporáneas. Siempre siguió en este aspecto las orientaciones de su padre quien la indujo, además, a la lectura de algunos clásicos de la literatura española.
Fue así como comenzó a escribir versos a muy temprana edad, los que firmaba con el seudónimo de Herminia, para evadir así los prejuicios sociales que prevalecían en su época, situación que también afectó a su predecesora más reconocida, Josefa Antonia Perdomo y Heredia (1834-1896). Esta se amparó en el seudónimo de Laura. Salomé se destacó desde sus primeros ejercicios poéticos por el contenido y originalidad de su poesía cargada de aliento cívico y moral, y en la que el sentido de la patria predomina en sus versos, por lo que muy pronto asumió el liderazgo femenino en el parnaso dominicano.
La joven Salomé Ureña se escudó en el seudónimo de Herminia hasta 1874, fecha en la que otra Herminia aparece firmando un artículo en prosa en el periódico El Centinela. En ese artículo, escrito probablemente en Europa, se habla de “invierno, de estufas y de pieles”, según anota doña Silveria Rodríguez de Demorizi en su citada obra.
En fecha 12 de febrero de 1874 se publicó en El Centinela una nota aclaratoria en la que se expresa: “El artículo intitulado Los dos Calendarios, que publicamos en el número 3 de El Centinela, firmado por Herminia, no pertenece a la brillante pluma de nuestra inspirada poetisa, que –como todos sabemos– oculta modestamente su nombre bajo ese seudónimo de Herminia”. Como resultado de esta publicación periodística, desde entonces Salomé Ureña firmó con su nombre su producción poética, lo que le proporcionó de inmediato el reconocimiento público por la calidad de sus versos que ofrecían un nuevo estilo de hondo contenido moral y humano, centrados en la “paz y el progreso”.
Se ha advertido cierta ligereza bibliográfica en algunos de los estudiosos de la vida y de la obra de Salomé Ureña, pues se ignora el hecho de que, en 1874, el mismo año en que se publicó el artículo de El Centinela, se editó en la Imprenta de García Hermanos Lira de Quisqueya, Poesías Dominicanas Escogidas y seleccionadas por José Castellanos, con notas bibliográficas de sus autores.
En el juicio valorativo acerca de Salomé Ureña, el autor de la Lira de Quisqueya se expresa:
Nació esta inspirada poetisa el 21 de octubre de 1850.
Amiga entusiasta de las letras, ha cultivado siempre el gusto por el estudio, al cual se consagró desde su infancia.
Amante de lo bello, ella canta cuando necesita dar expansión a su alma, tierna i sensible como lo es su pluma.
Algunas de sus composiciones se han publicado en varios periódicos del país i de Santiago de Cuba.
El seudónimo, sigue diciendo Castellanos, con que ha ocultado su nombre esta inteligente hija del Ozama, es el de Herminia.
Quizás sea esta la primera opinión acerca de Salomé en una antología.
El 20 de febrero del mismo año de 1874, el Secretario de Estado en el Despacho de Interior, Policía y Agricultura de Santo Domingo, autoriza el derecho de propiedad de la obra Lira de Quisqueya al señor José Castellanos, en la que se consigna el nombre de Herminia a uno de los poetas seleccionados. Podría decirse, por lo tanto, que para esa fecha el nombre de la poetisa Salomé Ureña era conocido por amplios sectores de la vida cultural y social dominicana. Seis años después de la Antología de Castellanos, la Sociedad Amigos del País (1880) editó una compilación de las poesías de Salomé con prólogo de Fernando Arturo de Meriño (1833-1906). Dos años antes de la publicación de Amigos del País, se le confirió, por suscripción popular, una medalla de oro como reconocimiento a su devoción patriótica y a sus servicios en pro de los mejores intereses nacionales.
Cierto es que el contenido de la producción poética de Salomé la situó como la “poetisa de la Patria”; su presencia y consideración en el ámbito cultural en la capital de la República, especialmente su presencia en la Sociedad Cultural Amigos del País, se debió a la admiración que sintió por ella desde que la conoció el Dr. Francisco Henríquez y Carvajal. Este tenía una amplia influencia en la directiva de ese prestigioso centro cultural existente en la capital de la República. Es imperativo valorar que el prestigio de Salomé Ureña se debió, en gran parte, a la devoción de don Pancho, quien en 1878 llegó a considerarla “genio fecundo”, “digna poetisa”, al valorar su poema “La Fe en el Porvenir”, dedicado por la autora a la Sociedad Amigos del País.
Entre los años 1878 y 1879, Salomé Ureña se dedicó a ampliar su educación científica y literaria bajo la dirección del Dr. Francisco Henríquez y Carvajal, con quien se casaría el 11 de febrero de 1880. Con posterioridad a este enlace, el Dr. Henríquez y Carvajal le dedicó varios artículos tanto en vida como después de su muerte.
A Salomé Ureña se le reconoce como símbolo femenino antillano de la creación poética de factura femenina, solo comparable con Gertrudis Gómez de Avellaneda (1814-1873), claro está, sin los devaneos románticos de esta última, celebrada en sus días y hoy olvidada autora, en su etapa juvenil, del drama de Hernán Cortés y que anticipa el indigenismo con la novela histórica Guatimozin, último Emperador de México (1846). Su obra poética se publicó en Madrid en 1845, con prólogo de Juan Nicasio Gallego (1777-1853). Extraña coincidencia: este es el mismo poeta al que se refiere Don Marcelino Menéndez y Pelayo (1856-1972), cuando cita a Salomé Ureña en el tomo I de su Historia de la Poesía Hispanoamericana, publicada por disposición de la Real Academia Española de la Lengua, en ocasión de conmemorar el IV Centenario del descubrimiento de América.
El sabio autor de Santander se refiere a Salomé Ureña como un exponente de la verdadera poesía en Santo Domingo. La denomina “egregia poetisa Salomé Ureña de Enriquez (sin h) (Herminia), que sostiene con firmeza en sus brazos femeniles la lira de Quintana, (Manuel José) (1772-1857) y de Gallego”, el citado prologuista de la Avellaneda.
Para la fecha en la que don Marcelino emite esta opinión de la poesía dominicana, ya Salomé Ureña se situaba en nuestro país en el más alto nivel de valoración por la originalidad de su creación poética centrada en la exaltación de los valores nacionales, expresados en poesías como “La Gloria del Progreso” y “La Fe en el Porvenir” que son, a juicio de Max Henríquez Ureña, “poesías de aliento, de estímulo, de progreso, de civilización; pero al mismo tiempo poesías consagradas al porvenir”.
Así se expresa la poetisa cuando se siente estremecida por el destino de la patria:
¡Patria desventurada! ¿Qué anatema cayó sobre tu frente?
Levanta ya de tu indolencia extrema:
La hará sonar de redención suprema
Y ¡ay! si desmayas en la lid presente.
Para Salomé Ureña servirle a la patria y a la “juventud fue el mayor anhelo de su vida” como poetisa, propósito que la posteridad le ha reconocido en forma sostenida con gran admiración y respeto.
En 1880, el admirado arzobispo de Santo Domingo, Fernando Arturo de Meriño (1833 1906) asumió la Presidencia de la República, hecho que fue recibido jubilosamente por la población, en el entendido de que el ilustre prelado sería garante de la paz y de la seguridad del país. Salomé le profesaba una gran amistad, por ser su confesor y, además, porque su esposo fungía como Secretario Privado del máximo ejecutivo de la nación.
Sin embargo, el draconiano decreto de San Fernando (1880) silenció la pluma de Salomé Ureña. Este hecho produjo en ella uno de los desalientos más grandes de su vida, pues hería doblemente su sensibilidad como poetisa y como ciudadana. Ante su desaliento escribió su poesía “Sombras” que se considera como una de sus mejores creaciones poéticas.
Durante esos años de turbulencia política llega al país, en marzo de 1879, Eugenio María de Hostos (1839-2003), procedente de Santiago de Chile, donde, siguiendo las huellas del humanista venezolano Andrés Bello (1781-1865), había realizado una innovadora labor educativa. Incorpora la educación científica de la mujer, según consta en el discurso leído en la Academia de Bellas Letras de Santiago de Chile, en la que requiere reconstruir la personalidad de la mujer, cuando expresa: “instruyamos su personalidad ante sí misma, ante el hogar, ante la sociedad: y para hacerlo, establezcamos la ley de la naturaleza, acatemos la igualdad moral de los dos sexos, devolvamos a la mujer el derecho de vivir racionalmente; hagámosla conocer este derecho, instruyámosla en todos sus deberes, eduquemos su conciencia para que ella sepa educar su corazón. Educada en su conciencia, será una personalidad responsable: educada de corazón, responderá de su vida con las amables virtudes que del vivir una satisfacción moral y corporal tanto como una resignación intelectual”.
Desde su llegada por segunda vez al país, Hostos contó con la amistad del Dr. Henríquez y Carvajal, activo promotor cultural y educativo, y fue él quien, con muy escasas dudas, puso a su esposa en contacto con el célebre educador, circunstancia que le sirvió a Salomé Ureña, entonces sumida en un evidente letargo moral, para recabar la experiencia pedagógica del educador domínico-puertorriqueño, porque por sus venas corría sangre de ambas islas.
Salomé Ureña se levanta de su letargo poético e, inspirada en el reclamo de Hostos, decide ofrendarles nueva vez a sus compatriotas el entusiasmo de su acendrada fe en el porvenir de su país. Así nace, el 3 de noviembre de 1881, bajo la inspiración de Hostos, el Instituto de Señoritas, del que el Dr. Henríquez y Carvajal fue un activo colaborador en su fase inicial. La nueva institución no estuvo exenta de inconvenientes de orden estructural y económico, los que fueron superados por la voluntad de su creadora, quien asumió desde entonces la dirección del novedoso plantel, la que mantuvo hasta 1893 cuando fue clausurado debido al estado de su salud.
Bajo la dirección de su fundadora el Instituto, luego de superar los inconvenientes operativos iniciales, pudo celebrar el 17 de abril de 1887 la investidura de las seis primeras maestras normales, entre las que no solo hubo destacadas educadoras, sino también escritoras de mérito. Salomé Ureña, cuya producción poética fue visiblemente escasa, en vez de un discurso alusivo al histórico acto, reafirmó sus acendrados sentimientos cívicos, y escribió el poema “Mi Ofrenda a la Patria”, en el que reitera el tema central de toda su producción poética.
En 1886 se produjo un hecho que alteraría el comportamiento de Salomé Ureña: la salida de su esposo hacia Francia en viaje de estudios. Su labor pedagógica desde el Instituto, la ausencia de su esposo y el cuidado de sus tres hijos, mermaron sus condiciones físicas y su estado de ánimo, como lo revela en los versos del poema “Tristezas”, dedicado a su esposo:
Nuestro dulce primogénito
Que sabe sentir y amar,
Con tu recuerdo perenne
Viene mi pena a aumentar.
En “Angustias” (1888), dedicado también a su esposo ausente, Salomé Ureña con su segundo hijo, Pedro, muy enfermo, reclama de su esposo y dice: “¡Acaba, llega! ¡Que el sin calma / es de mis penas íntimas remedo / que tiemblo por los hijos de mi alma! / ¡Que la vida sin ti me causa miedo!”.
En un tono de mayor pasión se refiere Salomé en algunas de las cartas que se enviaron durante la prolongada ausencia del amado esposo en París. Mientras esto sucedía, la salud de la poetisa y maestra se debilitaba de manera visible, no solo por la fatiga que le generaba la dirección del Instituto, sino también, y aún más, por el cuidado de sus tres hijos, sin el auxilio de su progenitor al que le reclamaba persistentemente su presencia.
Con gran esfuerzo moral y físico, Salomé continuó dirigiendo las labores del Instituto, por lo que en diciembre de 1888 tuvo lugar la investidura del segundo grupo de maestras normales; pero cuando su amado esposo regresa de Europa, el 6 de julio de 1891, encontró a Salomé Ureña tan “desmejorada de salud y agotadas sus fuerzas” que a requerimiento suyo decidieron clausurar las labores del Instituto, doloroso hecho que para Salomé y sus discípulos se produjo en el mes de diciembre de 1893.
La celebrada institución permaneció cerrada hasta el mes de enero de 1896, cuando, por la voluntad afectiva de sus primeros egresados, con Luisa Ozema y Eva Pellerano Castro a la cabeza, la venerada institución abrió nuevamente sus puertas, y luego de la muerte de su fundadora le pusieron el nombre de Instituto de Señoritas Salomé Ureña.
Poco después, cuando parecía que nuevos alicientes de vida mejorarían su deteriorada salud con el regreso de su esposo, las circunstancias políticas, una vez más, volverían a perturbar la vida de Salomé Ureña, según relata su hijo Max en el libro Mi Padre. En 1891, como profesional de la medicina, consciente o inconscientemente, el Dr. Francisco Henríquez y Carvajal asistió “al joven letrado” José María Cabral y Báez. Este hecho parece que no fue del agrado del férreo dictador Ulises Hereaux, lo que al parecer le creó al esposo de la poetisa una situación que lo obligó a refugiarse, poco tiempo después, en Cabo Haitiano. Debido a la delicada situación en la que ya se encontraba Salomé Ureña, el 26 de agosto de 1891, por gestiones de su esposo ella embarca hacia Puerto Plata, en procura del restablecimiento de su salud. Se aloja en la casa de la familia de José Dubeau, donde permanece hasta finales de octubre de este año, al tiempo que la situación política de su esposo se hacía cada vez más conflictiva, por lo que el 27 de marzo de 1884 se le expide pasaporte al Dr. Henríquez y Carvajal para trasladarse nuevamente a Haití, donde sigue explorando las posibilidades de establecerse en Cabo Haitiano.
Lo extraordinario del drama de Salomé y Henríquez y Carvajal, en sus relaciones de pareja, es que se advierte una cadena de vicisitudes. A pesar del deterioro de la salud de Salomé Ureña, dada la situación política y profesional que afrontaba su esposo este finalmente se vio obligado a establecer residencia en la ciudad haitiana ya mencionada. En esas condiciones nace, el 9 de junio de 1884, su hija Salomé Camila (1894-1973). Como prueba de esta situación la poetisa “evocando el trance de muerte en que se vio y el advenimiento del último producto del amor que sintió por su esposo”, escribió la poesía “Umbral Resurrexit”.
Acierta doña Silveria Rodríguez de Demorizi en su opúsculo sobre la vida de la poeta cuando afirma: “La vida de Salomé Ureña de Henríquez se resume en dos hechos esenciales: soñó con el bien de su patria y dedicó sus versos a encaminarla hacia la paz y el progreso; después creyó que eso no le bastaba y se dedicó a la educación de la mujer. Hay dos momentos culminantes de su vida: el día en que se le entrega una medalla costeada por suscripción pública, como homenaje a la cantora ideal de una patria mejor; el día en que se graduaron sus primeras discípulas, prenda de algo que ayudaría a hacer mejor el destino de la patria. Su vida es corta; cuando va a gozar del necesario descanso, enferma para morir; y ese final inesperado conmueve a toda la República”.
Agotada física y moralmente, Salomé Ureña de Henríquez, grande por su amor a la patria que la vio nacer, desde su poesía hasta la educación, es pues, en fin, un ejemplo de civismo y amor por la patria. Diezmada de salud y de corazón, murió el 6 de marzo de 1897, a los cuarenta y siete años de edad; hoy se diría que murió en plena juventud. Ella, sin embargo, murió rodeada del aprecio de todos sus conciudadanos, lo que le permitió decir a Eugenio María de Hostos, con quien compartió la inclusión de la mujer dominicana al sistema de educación formal: “Salomé Ureña de Henríquez vivió así: nació entre las guerras civiles que precedieron a la anexión de Santo Domingo a España”. Para concluir expresando: “La descripción del entierro de la poetisa quisqueyana enternece, estimula y edifica: casi se pudo haber soportado la vida, con tal de morir entre corazones tan amigos”.
Las expresiones de condolencias de Eugenio María de Hostos llegaron en carta dirigida desde Chile a su esposo: “¡Hay que llorarla! Son muchos los que estaban interesados en su vida: la patria, que no tuvo corazón más de devoto; su discipulado, que no tuvo mayor luz; la mujer quisqueyana, que no ha tenido reformadora más concienzuda de la educación de la mujer”.
En efecto, en su sepelio se vio por primera vez en el país a la mujer dominicana desfilar en un acto de contenido cívico, lo que coincide con el alto aprecio y estimación que el ilustre educador le dispensó a la poetisa y maestra dominicana, pues al referirse a este doloroso suceso se expresa con igualdad de sentimiento en varias cartas dirigidas desde Chile a su esposo y también a varios de los relacionados más directos con la insigne poetisa, digna madre y esposa.
En el último verso que escribió para completar el contenido del difundido poema “Mi Pedro”, trazó, proféticamente, la imagen de quien se convertiría en uno de los humanistas más acabados de Hispanoamérica, hasta alcanzar la cátedra Charles Eliot Norton de la Universidad Harvard, privilegio que no se le había conferido antes a ningún humanista de lengua española.
Es así, y a pesar del tiempo transcurrido, que la imagen de la autora de “Mi Ofrenda a la Patria y Fe en el Porvenir”, se mantiene en la estimación de los dominicanos que ven en ella un paradigma de virtudes dignas de emular.
Síntesis de la bibliografía consultada
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Lugo, Américo: Bibliografía. Santo Domingo. Imp. La Cuna de América (SF).
Menéndez y Pelayo, Marcelino: Historia de la Poesía Hispanoamericana. Tomo I. Santo Domingo. IV. Págs. 294 al 327. Madrid. Librería General de Victoriano Suárez.
Coiscou Henríquez, Máximo: “Salomé Ureña de Henríquez”. En Escritos Breves. Impresora Dominicana. Ciudad Trujillo, D. N., 1958. Págs. 165-170.
Sánchez, Rafael Augusto. “Salomé Ureña de Henríquez”. Analectas. Volumen IV, Núm. 12. Santo Domingo, R. D. Junio 24 de 1934. 22
Nivar, Consuelo: Sistema Educativo en la República Dominicana. Librería Dominicana. Ciudad Trujillo, R.D., 1952
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Penson, César Nicolás: Reseña Histórico-Crítica de la Poesía en Santo Domingo. Notas y adiciones de Vetilio Alfau Durán. Editora Taller. Santo Domingo, República Dominicana, 1980.
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- de Rodríguez Demorizi, Silveria: Salomé Ureña de Henríquez. Buenos Aires, 1944. Esta obra contiene, además, una abundante bibliografía.
Contín Aybar, Pedro René: Antología Poética Dominicana. Segunda Edición, Librería Dominicana. Ciudad Trujillo, R. D., 1951. Acerca de Salomé Ureña dice el autor, quien realizó en su época una amplia labor como crítico literario, que “un severo juicio crítico posterior, ha podido encontrarla falta de esa virtud poética, necesaria para la supervivencia por el solo mérito de la propia poesía. Los temas por ella tratados, –el hogar, la patria, la escuela–, circunscriben demasiado su poesía a los límites nacionales, aunque su tradicionalismo hispánico la sitúa entre los poetas peninsulares del ochocientos, sin ningún intento de dominicanización, como realizaba José Joaquín Pérez, por ejemplo”. Con esta valoración Contín Aybar se coloca en el lado opuesto del conjunto de los críticos que han estudiado el contenido de la producción poética de la venerada Salomé Ureña de Henríquez.
Castro Ventura, Santiago: Salomé Ureña. Jornada Fecunda. Editora de Colores, S. A. Santo Domingo, República Dominicana, 1998.
Rueda González, Manuel: “Salomé Ureña de Henríquez”. Dos Siglos de Literatura Dominicana (S. XIX XX) Poesía (1) Selección, Prólogo y Notas… Colección Sesquicentenario de la Independencia Nacional. Volumen X. 1996.
Gutiérrez, Franklin: “Salomé Ureña” en el Diccionario de Literatura Dominicana. Bibliografía y terminología. Ministerio de Cultura, 2010.
Ureña de Henríquez, Salomé. Poesías Completas. Biblioteca de Clásicos Dominicanos. Volumen VII. Prólogo y Notas adicionales de Diógenes Céspedes. Ediciones Fundación Corripio, Inc. Santo Domingo, 1980.
Rodríguez Demorizi, Emilio: Salomé Ureña de Henríquez y el Instituto de Señoritas. Para la historia de la espiritualidad dominicana. Impresora Dominicana, Ciudad Trujillo, R. D. 1960.
Familia Henríquez Ureña. Epistolario. 2 Tomos. Secretaría de Estado de Educación, Bellas Artes y Cultos. Santo Domingo, R. D., 1996.
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Jorge Tena Reyes (1927 – 2025) fue historiador, investigador literario, catedrático, político y figura destacada en la cultura dominicana.