Hace mucho que se ha convertido en un tópico, cuando se habla de la obra de Julio Cortázar, empezar por situarla en relación con su precursor más inmediato: Borges. Así parece haberlo sentido el mismo Cortázar cuando ya por los años 70, en una entrevista, dio a entender que le estaban empezando a cansar las inevitables preguntas sobre Borges. Sin embargo, a pesar de la profusión de comentarios sobre el tema el asunto no ha sido lo suficientemente elucidado.

Existen numerosos trabajos que estudian aspectos específicos de las obras de los dos escritores, es como si el tema de la relación entre los escritos de ambos se resistiera a ser tratado de manera comprehensiva y desde una perspectiva histórico-literaria y analítica.

Nunca ha faltado quien haya querido calificar a Julio Cortázar de mero discípulo de Borges. Hace tiempo que el prolífico novelista César Aira hizo estallar el debate de nuevo con sus declaraciones –primero al suplemento cultural de Clarín, y luego repetidas y puntualizadas en entrevistas posteriores–: “Bien leído, Cortázar no existe, no es un escritor en serio. El mejor Cortázar es un mal Borges. […] El resto de Cortázar puede llegar a ser horrible”.

Además del juicio personal sobre el valor estético de la obra cortazariana, aquí se desata, a todas luces, otro episodio de la eterna querella entre las generaciones literarias. Aun así, en Cortázar no faltan señales de una particular afinidad o “receptividad borgesiana” ya desde sus primeros comienzos como escritor.

Hacia mediados del siglo XX, Cortázar era un joven porteño de gustos literarios refinados y eclécticos, que publicaba ocasionalmente en la revista Sur; hacía de traductor y de ensayista, amén de ser poeta “modernista” y autor de varios cuentos fantásticos. El primer libro que apareció con su nombre legítimo fue una reelaboración del mito del laberinto; para más remate, Borges –que era director de la revista Los Anales de Buenos Aires– fue uno de sus primeros editores. Uno bien podría preguntarse si en tales circunstancias pudo crearse espacio suficiente para que Cortázar saliera de la sombra de su precursor.

Según la versión menos benévola de estos eventos, Cortázar no encontró otra alternativa que la fuga al exilio parisiense para salvarse del impacto de Borges. La otra versión de esta historia es la que divulgó el mismo Cortázar, casi borgesianamente, a través de una larga serie de entrevistas y charlas:

El choque que me produjo a mí la escritura de Borges fue sin duda el más grande que yo había recibido hasta ese momento. […] Encontrar en la Argentina […] a un hombre que ha pulido, que ha limado el lenguaje reduciéndolo casi al nivel de aforismo, de apotegmas, de frases lapidarias era una experiencia que un joven escritor sensible tenía no solamente que recibir, sino que aceptar y seguir. Seguir sin imitar. Ese es el asunto. Eso es lo que hizo que, a mí, por suerte, no me tocara ser un borgista. Porque usted ve lo que pasó con los que, en vez de seguir la lección del maestro, lo imitaron. El resultado fue una plaga de borgistas de los cuales nadie se acuerda hoy.

En la misma entrevista, Cortázar puntualizaría además que la principal lección que recibió de Borges no fue una lección temática, ni de contenidos, ni de mecánicas. Fue una lección de escritura. La actitud de un hombre que, frente a cada frase, ha pensado cuidadosamente, no qué adjetivo ponía, sino qué adjetivo sacaba. Cayendo después en cierto exceso que era el de poner un único adjetivo de manera que usted caiga un poco de espaldas. Lo que a veces puede ser un defecto. Pero, originalmente, la actitud de Borges frente a la página es la actitud de una severidad extrema frente a la escritura y de no dejar más que lo medular.

De este modo se pasa al otro extremo en comparación con la versión anterior que insiste en la sofocante presencia de Borges en Cortázar. La versión cortazariana, tan benévola, sobre los efectos de la influencia que los transforma en una “lección” privada de toda “ansiedad” no puede sino despertar sospecha. Tanto más cuanto que, a primera vista, lo menos borgesiano en Cortázar es precisamente la actitud frente a la hoja en blanco. Cortázar fue una “máquina de escribir”, lo cual se refleja en el ritmo que estructura sus textos: avanza en un continuo fluir casi sin que se note que el texto está hecho de párrafos y de frases; mientras que el elemento básico de Borges es precisamente la frase: manuscrita, pulida, epigramática, “lapidaria”, y casi sin solución de continuidad rítmica. A nivel temático, en cambio –y en cierta medida en el aparato narrativo (las “mecánicas”)–, se distinguen claramente repercusiones de figuras borgesianas en la obra de Cortázar.

A Borges se le debe –al menos así es como parece a primera vista– la versión antologizada de su primer encuentro con Cortázar.

Ocurrió a mediados de la década del 1940, en una oficina de la Diagonal Norte, Buenos Aires: Hacia mil novecientos cuarenta y tantos, yo era secretario de redacción de una revista literaria [Los Anales de Buenos Aires], más o menos secreta. Una tarde, una tarde como las otras, un muchacho muy alto, cuyos rasgos no puedo recobrar, me trajo un cuento manuscrito. Le dije que volviera a los diez días y que le daría mi parecer. Volvió a la semana. Le dije que su cuento me gustaba y que ya había sido entregado a la imprenta. Poco después, Julio Cortázar leyó en letras de molde Casa Tomada con dos ilustraciones a lápiz de Nora Borges. Pasaron los años y me confió una noche, en París, que ésa había sido su primera publicación. Me honra haber sido su instrumento.

Un punto importante es que “Casa tomada” no fue la primera publicación de Cortázar; ya que anteriormente había publicado tanto poemas como ensayos y cuentos, incluso un poemario bajo seudónimo. Llama la atención las circunstancias que rodean a la anécdota. Las palabras finales del párrafo arriba citado nos explican por qué Borges de repente la empezó a recordar, por los años 60, convirtiéndola luego en topos de charlas y entrevistas: los recuerdos del primer encuentro en Buenos Aires, 1946, fueron despertados por el segundo, en París, 1964; fue Cortázar quien le otorgó el sentido narrativo a los recuerdos que sin su confesión no hubieran sido más que un detalle circunstancial. Por lo demás, los pormenores que convierten los recuerdos en una anécdota de cierto interés narrativo llevan la inconfundible impronta de Borges. Tal impresión es corroborada por la confesión de Cortázar, en una carta de 1967, que no le había entregado personalmente a Borges el manuscrito de “Casa tomada”, sino a través de una amiga, y que “no conocía a Borges entonces”

Collage de Romina Cazón

La versión borgesiana del primer encuentro parece deber mucho a las exigencias narrativas y contener poca evidencia histórica. Así como el encuentro en la secretaría de Los Anales resultó en la primera publicación de “Casa tomada”, el encuentro en 1964 en París trajo como consecuencia una reedición del mismo cuento. Al año siguiente, Borges lo incluyó en la segunda edición de la Antología de la literatura fantástica. Más tarde en 1984, como editor de la antología Cuentos, redactó un prólogo en el que narra la anécdota del primer encuentro –de allí procede la versión arriba citada– y presenta una evaluación sucinta de la obra cuentística de Cortázar.

Otra versión del mismo texto había aparecido primero en el diario el Clarín del 5 de abril de 1984, con el título “Fuera de la ética, la superficialidad”, y luego como prólogo a la antología Cartas de mamá (1992). El título “Fuera de la ética, la superficialidad” proviene de las palabras finales del texto, donde Borges hace alusión a las diferencias políticas que lo habían distanciado de Cortázar durante la época final de su vida: “Julio Cortázar ha sido condenado, o aprobado, por sus opiniones políticas. Fuera de la ética, entiendo que las opiniones de un hombre suelen ser superficiales y efímeras”.

En varias ocasiones anteriores, Borges se había pronunciado sobre el mismo tema de una forma menos suave, dando a entender que le era imposible mantener lazos de amistad con un “comunista”.

Por la misma época deja también caer algunos comentarios críticos sobre la calidad literaria de las novelas de Cortázar, género notoriamente más politizado y experimental en su obra: “He’s trying so hard on every page to be original that it becomes a tiresome battle of wits, no?”.

Con el golpe de Videla en 1976, el apoyo público de Borges al Gobierno Militar hizo que la situación se volviera aún más complicada. Como consecuencia, cuando Borges visitó París en 1977 –por primera vez en muchos años– Cortázar no quiso asistir al almuerzo que le brindaron sus editores franceses de Gallimard. La que sí estuvo presente, fue la pareja de Cortázar de aquella época, Ugné Karvelis, quien trabajaba para la misma editorial francesa. Ella declara, años más tarde, que Cortázar “me encargó de decirle a Borges que seguía siendo un gran admirador del escritor y de su obra, pero le resultaba imposible encontrarlo por razones que ciertamente él comprendería. Transmití el mensaje y Borges estaba contento”.

A pesar de la distancia inevitable, por lo visto seguía habiendo un aire de mutuo respeto y simpatía: Aurora Bernárdez, primera mujer y heredera de Cortázar, le asegura a Miguel Herráez que Cortázar “jamás le habría negado el saludo a Borges”. Con el último viaje de Cortázar a Buenos Aires, a fines de 1983, se produjo un desencuentro final. Borges lo comenta de la siguiente manera: “Después […] como él se hizo comunista se dio un alejamiento. Cuando estuvo en Buenos Aires no me vino a ver”.

Hay encuentros en la literatura que parecen orquestados por una mano secreta, por un azar demasiado inteligente para ser casual. El de Jorge Luis Borges y Julio Cortázar pertenece a esa categoría de encuentros que no suceden del todo en la vida, sino en la literatura. No fue una amistad; no fue siquiera un intercambio frecuente. Fue una corriente subterránea de reconocimiento, un lazo silencioso entre dos visiones del mundo que se oponen y se atraen con la misma fuerza.

Ambos escritores representan, cada uno a su modo, dos formas de entender el misterio: Borges, desde la razón, el símbolo, el espejo y el laberinto; Cortázar, desde el juego, la improvisación, la música y el vértigo de lo cotidiano. Si Borges es la geometría del infinito, Cortázar es su respiración humana. Pero entre esas dos orillas, la literatura argentina halló un equilibrio que la definió para siempre.

Cortázar, jamás negó su deuda. Siempre habló de Borges con respeto, aunque no con devoción. Decía que Borges le había enseñado “una lección de poda”, una manera de escribir que consistía menos en añadir que en quitar. Para Cortázar, Borges fue un maestro del silencio, alguien que entendía que el poder del lenguaje no está en lo que se dice, sino en lo que se insinúa.

En sus primeras obras, esa influencia es visible: la economía verbal, el rigor de la frase, la estructura impecable. Pero mientras Borges se movía en el terreno de lo conceptual, del mito y de la paradoja filosófica, Cortázar pronto comenzó a dejar entrar en su literatura el caos del mundo, el jazz, el humor, el amor, la improvisación. Borges era el bibliotecario; Cortázar, el flautista. Uno escribía desde el orden; el otro, desde la libertad.

Y, sin embargo, ambos perseguían lo mismo: romper la realidad. En Borges, esa ruptura se da por exceso de inteligencia: el universo se convierte en un sistema infinito de espejos. En Cortázar, se da por irrupción del misterio en lo cotidiano: un teléfono que suena en la madrugada, una grieta en el piso, un cronopio que interrumpe la realidad. Ambos querían mostrar que el mundo no es lo que parece.

El punto más fascinante de su diálogo no está en sus encuentros personales –que fueron pocos–, sino en sus coincidencias literarias. Borges publicó “La casa de Asterión”, un relato breve y deslumbrante donde el Minotauro cuenta su propia historia desde dentro del laberinto. Cortázar, poco después, publicó “Los reyes”, una obra poética que retoma el mito desde la mirada de Teseo y Ariadna.

Borges hace hablar al monstruo; Cortázar, al héroe y a la mujer. Ambos desarman el mito, lo humanizan, lo vuelven espejo de nuestras propias prisiones. En Borges, el laberinto es una metáfora del pensamiento; en Cortázar, del deseo. Borges busca la salida en la razón; Cortázar, en el amor y la rebelión. Y, sin embargo, el eco es el mismo: todos habitamos un laberinto y somos, a la vez, el monstruo y el buscador.

En los años sesenta, sus caminos se separan por motivos más ideológicos que literarios. Borges, con su ironía conservadora y su rechazo a las revoluciones, se volvió una figura distante del fervor latinoamericano. Cortázar, exiliado en París, comprometido con Cuba y con las luchas sociales, representaba la otra cara de la intelectualidad del continente.

La crítica, muchas veces, quiso enfrentar a ambos: el “Borges del orden” contra el “Cortázar de la rebeldía”. Pero esa dicotomía simplifica. Borges desconfiaba de los sistemas políticos tanto como de los religiosos; su anarquismo espiritual lo alejaba de todo dogma. Y Cortázar, aunque apasionado, jamás convirtió su obra en panfleto. En el fondo, los dos compartían algo más hondo que una ideología: una ética de la imaginación.

Borges nunca negó el talento de Cortázar. En 1984, poco antes de morir, escribió en Clarín un texto breve titulado “Fuera de la ética, la superficialidad”, donde habló con admiración del autor de Bestiario. Elogió su “precisión constructiva”, su “capacidad de atraernos a su terrible mundo” y su dominio del cuento fantástico.

Aun así, con su ironía habitual, Borges confesó que Rayuela lo fatigaba. Le parecía un ejercicio excesivo de originalidad. Borges era enemigo de lo que llamaba “la desesperación de ser moderno”. Y, sin embargo, en los cuentos –en “La noche boca arriba”, en “Final del juego”– veía una herencia directa de su propio rigor narrativo.

El Borges que había abierto las puertas de la modernidad argentina encontraba, en Cortázar, a quien se había atrevido a cruzarlas y caminar más lejos. Tal vez no lo hubiera hecho del mismo modo, pero reconocía en Cortázar al escritor que había llevado su legado al caos fértil de la segunda mitad del siglo XX.

Cortázar, por su parte, hablaba de Borges como de un “maestro de precisión”, un “gran orfebre del lenguaje”. Pero también señalaba que Borges representaba una literatura “demasiado pura, demasiado cerebral”, mientras él buscaba una “literatura encarnada”.

Sin embargo, en cartas y entrevistas, Cortázar nunca dejó de mostrar respeto. En una carta a Fernández Retamar escribió: “Borges no es mi enemigo; es un ser de otro mundo.” Y en una entrevista de los setenta, afirmó: “Si uno escribe en español y no ha pasado por Borges, está perdido.” Era una forma de reconocer que Borges había sido, para todos, una puerta inevitable.

En el centro de sus obras hay una preocupación compartida: el tiempo. Borges lo concibe como un laberinto circular, un tejido de repeticiones, un jardín de senderos que se bifurcan. Cortázar, en cambio, lo entiende como un flujo discontinuo, un jazz existencial donde el pasado y el presente improvisan juntos.

En El Aleph, Borges busca el punto donde todo el tiempo y el espacio convergen. En Rayuela, Cortázar busca el punto donde el lector se libera del orden y participa del juego. En ambos, hay un mismo anhelo: romper la linealidad del mundo. La diferencia está en el método. Borges ordena el infinito; Cortázar lo deja respirar.

Esa dualidad –el arquitecto y el músico– define una tensión esencial en la literatura del siglo XX. Borges nos enseña que la realidad puede ser descifrada; Cortázar, que puede ser reinventada. Borges construye un universo donde todo encaja; Cortázar, uno donde todo puede desarmarse para volver a empezar.

Hoy, al mirar sus trayectorias, entendemos que no hay Borges sin Cortázar ni Cortázar sin Borges. El primero trazó los mapas; el segundo se atrevió a romperlos. Borges ofreció la geometría; Cortázar, la respiración. Borges pensó el mito; Cortázar lo habitó.

Ambos abrieron para la literatura hispanoamericana una nueva conciencia del relato fantástico, más allá del mero sobrenatural. Borges lo llevó a la esfera metafísica; Cortázar, a la experiencia emocional. Juntos crearon una tradición que influiría en generaciones posteriores –desde García Márquez hasta Bolaño–, una tradición donde la realidad se volvió materia maleable, espejo, sueño, juego.

Si pudiéramos imaginar una última escena entre ellos, sería quizá en una biblioteca sin tiempo. Borges, entre sombras, recita un verso de El hacedor; Cortázar, con su eterna sonrisa irónica, le responde con una melodía de jazz. Ambos se reconocen: no como adversarios, sino como compañeros de ruta en el misterio del lenguaje.

Porque más allá de sus diferencias, los dos compartieron una misma fe: la fe en la palabra. Esa convicción de que la literatura puede abrir puertas donde la razón solo ve muros. Borges lo hizo desde el espejo; Cortázar, desde el juego. Pero ambos nos enseñaron que la literatura es una forma de salvarse del tiempo.

Quizá por eso, cuando uno cierra un libro de Borges, siente que ha comprendido el universo; y cuando cierra un libro de Cortázar, siente que ha vivido otro.

Y entre ambos, en ese punto invisible donde se cruzan la inteligencia y el sueño, sigue latiendo el corazón secreto de la literatura Latinoamericana.

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Juan Carlos Toral. (Barahona 1966), es Doctor en Medicina, especialista en Pediatría y Neonatología en Georgetown University Hospital en Washington, DC (1998-2001). Autor de múltiples libros: Un Laberinto en el Armario (Norma, 2006), La Rosa, microrrelatos (2009), Adela ya sabe Volar (2014), El Libro sin fin: Borges para niños y jóvenes. Guia (2025), entre otros. Creador y presidente de LeaRD y Ediciones Toral. Presidente y organizador de la Feria Internacional del Libro Infantil y Juvenil y Festival del Libro Cristo Rey. Escribe para Instagram, Facebook y Twitter en El Librero RD.