Pasaporte
¿Mujer de ideas? No, nunca he tenido una.
Jamás repetí otras (por pudor o por fallas nemotécnicas).
¿Mujer de acción? Tampoco.
Basta mirar la talla de mis pies y mis manos.
Mujer, pues, de palabra. No, de palabra no.
Pero sí de palabras,
muchas, contradictorias, ay, insignificantes,
sonido puro, vacuo cernido de arabescos,
juego de salón, chisme, espuma, olvido.
Pero si es necesaria una definición
para el papel de identidad, apunte
que soy mujer de buenas intenciones
y que he pavimentado
un camino directo y fácil al infierno.
Ninguneo
En la tierra de Descartes, junto a la estufa –ya que nieva y tirito–,
no pienso, pues pensar no es mi fuerte; ni siento,
pues mi especialidad no es sentir sino sólo
mirar, así que digo
(pues la palabra es la mirada fija):
¿Qué diablos hago aquí en la Ciudad Lux,
presumiendo de culta y de viajada
sino aplazar la ejecución de una
sentencia que ha caído sobre mí?
La sentencia que dicta: “No existes”. Y la firman
los que para firmar usan el Nos
mayestático: el Único que es Todos;
los magistrados, las cancillerías,
las altas partes contratantes, los
trece emperadores aztecas, los poderes
legislativo y judicial, la lista
de virreyes, la Comisión de Box,
los institutos descentralizados,
el Sindicato Único de Voceadores y…
…y, solidariamente, mis demás compatriotas.
Límite
Aquí, bajo esta rama, puedes hablar de amor.
Más allá es la ley, es la necesidad,
la pista de la fuerza, el coto del terror,
el feudo del castigo.
Más allá, no.
Nota roja
En página primera
viene, como a embestir, este retrato
y luego, a ocho columnas, la noticia:
asesinado misteriosamente.
Es tan fácil morir, basta tan poco.
Un golpe a medianoche, por la espalda,
y aquí está ya el cadáver
puesto entre las mandíbulas de un público antropófago.
Mastica lentamente el nombre, las señales,
los secretos guardados con años de silencio,
la lepra oculta, el vicio nunca harto.
Del asesino nadie sabe nada:
cara con antifaz, mano con guantes.
Pero este cuerpo abierto en canal, esta entraña
derramada en el suelo
hacen subir la fiebre
de cada Abel que mira su alrededor, temblando.
El encerrado
Cara contra los vidrios, fija, estúpida,
mirando sin oír.
Aquí afuera sucede lo que sucede: algo.
Relampaguea una nube, se alza un ventarrón,
sube una marejada
o una llanura queda quieta bajo la luz.
Las especies feroces devoran al cordero.
El látigo del fuerte
chasquea sobre el lomo del miedo y la cadena
del opresor se ciñe a los tobillos
de los que nunca ya podrán danzar.
Uno persigue a otro, lo alcanza, lo asesina.
Y tú presencias todo,
maravillado, ajeno, sin preguntar por qué.
Monólogo en la celda
Se olvidaron de mí, me dejaron aparte.
Y yo no sé quién soy
porque ninguno ha dicho mi nombre; porque nadie
me ha dado ser, mirándome.
Dentro de mí se pudre un acto, el único
que no conozco y no puedo cumplir
porque no basta a ello un par de manos.
(El otro es el espacio en que se siembra
o el aire en que se crece
o la piedra que hay que despedazar.)
Pero solo… Y el cuerpo
que quisiera nacer en el abrazo,
que precisa medir su tamaño en la lucha
y desatar sus nudos
en un hijo, en la muerte compartida.
Pero solo… Golpeo una pared,
me estrello ante una puerta que no cede,
me escondo en el rincón
donde teje sus redes la locura.
¿Quién me ha enredado aquí? ¿Dónde se fueron todos?
¿Por qué no viene alguno a rescatarme?
Hace frío. Tengo hambre. Y ya casi no veo
de oscuridad y lágrimas.
El ausente
Estaba en mi memoria –como en arca cerrada
una piedra preciosa–.
Resplandecía en lo interior, oculto,
iluminando el rostro opaco de las cosas.
Desde donde venimos lo traía,
en las entrañas de mi corazón
como adentro del fruto la semilla.
Allí, como promesa,
la eternidad, la vida.
Pero, ay, los caminos
¿adónde van si no es a la traición,
si no es al olvido?
He aquí mi mejilla sin tatuaje,
lisa como el guijarro del fondo de los ríos.
Memorial de Tlatelolco
La oscuridad engendra la violencia
y la violencia pide oscuridad
para cuajar en crimen.
Por eso el dos de octubre aguardó hasta la noche
para que nadie viera la mano que empuñaba
el arma, sino sólo su efecto de relámpago.
Y a esa luz, breve y lívida, ¿quién? ¿Quién es el que mata?
¿Quiénes los que agonizan, los que mueren?
¿Los que huyen sin zapatos?
¿Los que van a caer al pozo de una cárcel?
¿Los que se pudren en el hospital?
¿Los que se quedan mudos, para siempre, de espanto?
¿Quién? ¿Quiénes? Nadie. Al día siguiente, nadie.
La plaza amaneció barrida; los periódicos
dieron como noticia principal
el estado del tiempo.
Y en la televisión, en el radio, en el cine
no hubo ningún cambio de programa,
ningún anuncio intercalado ni un
minuto de silencio en el banquete.
(Pues prosiguió el banquete.)
No busques lo que no hay: huellas, cadáveres,
que todo se le ha dado como ofrenda a una diosa:
a la Devoradora de Excrementos.
No hurgues en los archivos pues nada consta en actas.
Ay, la violencia pide oscuridad
porque la oscuridad engendra el sueño
y podemos dormir soñando que soñamos.
Mas he aquí que toco una llaga: es mi memoria.
Duele, luego es verdad. Sangra con sangre.
Y si la llamo mía, traiciono a todos.
Recuerdo, recordamos.
Ésta es nuestra manera de ayudar a que amanezca
sobre tantas conciencias mancilladas,
sobre un texto iracundo, sobre una reja abierta,
sobre el rostro amparado tras la máscara.
Recuerdo, recordemos
hasta que la justicia se siente entre nosotros.
—–
Rosario Castellanos (1925-1974) fue una escritora, poeta, narradora y diplomática mexicana. En el ámbito de la poesía, su obra ha sido considerada como una de las más relevantes del siglo XX. Escribió también novelas y obras de teatro, incluyendo Balún Canán (1957), Oficio de Tinieblas (1962), Mujer que sabe latín (1973), entre otros. Su trabajo frecuentemente explora la opresión de las mujeres y de los pueblos indígenas en la sociedad mexicana.